Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

miércoles, 24 de febrero de 2021

Didion, Gornick y el feminismo profético


Hace diez años las librerías se llenaron de ensayos de Stéphane Hessel y Edgar Morin sobre la indignación juvenil. La entrada en escena de la juventud del siglo XXI catapultó la reflexión sobre la importancia de salir a las calles y demandar pacíficamente derechos básicos. Hessel y Morin, dos viejos socialistas que pasaron por todas las izquierdas posibles, ponían su esperanza en la juventud globalizada del nuevo milenio. 
 Hace unos días, Álex Vicente hablaba en El País de un boom de ensayistas norteamericanas en el mundo editorial hispanoamericano. Aunque usó el término “ensayistas” tenía en mente a escritoras de no ficción como Joan Didion y Vivian Gornick, rescatadas editorialmente por varias casas en España y América Latina. Didion ha sido traducida y publicada por Random House y Gornick por Sexto Piso. 
 Nacidas en los 30, en los extremos geográficos de Estados Unidos, una en Sacramento; la otra en el Bronx, Didion y Gornick pertenecen a la generación de mujeres liberadas de la segunda ola feminista. Gornick estuvo vinculada a la asociación New York Radical Feminists, que encabezaron Shulamith Firestone y Anne Koedt, y Didion se interesó en las guerrillas centroamericanas de los años 70 y 80 y cuestionó muy severamente la política de Estados Unidos en esa región. 
 Pero el renovado interés en ambas, en el mercado iberoamericano, no tiene tanto que ver con sus miradas hacia América Latina o sus cercanías con la izquierda de la Guerra Fría. A Didion y a Gornick se les lee, en buena medida, como memorialistas del dolor de las mujeres bajo la opresión machista del último medio siglo. Una memoria del duelo femenino que dice mucho a la nueva generación de mujeres hispanoamericanas. 
 Lo primero que se advierte en libros como la novela Una liturgia común (2007) y el testimonio El año del pensamiento mágico (2006) de Didion, así como en textos de no ficción de Gornick como Apegos feroces (2017) y Mirarse de frente (2019), es que esa opresión de género posee una diferencia sustancial con el machismo sistémico del siglo XIX y la primera mitad del XX. El de las últimas décadas sigue siendo un machismo sistémico, pero que se reproduce luego de que el mensaje feminista logró alcanzar su mayor resonancia. 
 La forma en que Didion y Gornick le hablan a sus hijas, a través de sus libros, es muy reveladora de ese feminismo profético. La hija de Didion, Quintana Roo Dunne, adoptada por la escritora y su esposo, el también escritor John Gregory Dunne, murió muy joven. El dolor de la madre se trasmite por medio de un sentimiento de mutilación, ligado a la imposibilidad de ver la realización de la hija como mujer. La misma temática, con la hija presente, recorre Apegos feroces de Gornick. 
 Es probable que las nuevas generaciones de mujeres hispanoamericanas lean a Didion y a Gornick como arquetipos de la madre feminista. En muchos casos, tal vez, como la madre feminista que no tuvieron. En todos, seguramente, como voces de un presente que resume las enseñanzas no aprendidas del pasado. Gornick y Didion son leídas como textos que confirman una profecía revelada pero no cumplida. En estos oleajes de la lectura iberoamericana pesa el género; no sólo el femenino sino el de la prosa. 
 Estas son mujeres que se manejan con soltura en una no ficción que reflexiona a través de la experiencia. Algo muy distinto al ensayo hispanoamericano tradicional, en el que destacaron grandes escritoras, de muy distinta fisonomía como María Zambrano, Victoria Ocampo, Lydia Cabrera o Fina García Marruz. En algunas de las últimas narradoras latinoamericanas, como Guadalupe Nettel, Valeria Luiselli, Nona Fernández, Alejandra Costamagna, Mariana Enríquez o Pola Oloixarac, se lee una familiaridad con esa no ficción femenina. También, por supuesto, en escritoras estadounidenses más recientes como Rebecca Solnit y Jia Tolentino que certifican la solidez de esa tradición estilística.

martes, 16 de febrero de 2021

Los marxistas y la censura





La historia de los socialismos reales del siglo XX registra una serie de estados que ejercieron sistemáticamente la censura. No la censura religiosa o moralista, tan característica de muchos estados modernos, sino la censura dictada por una ideología de Estado. En la Unión Soviética de Stalin, la China de Mao o la Cuba de Fidel Castro se practicó ese tipo de interdicción por décadas. 
     Esas prolongadas experiencias de restricción de la libertad de expresión crearon una cultura censora que sigue viva hoy, a pesar de las flexibilizaciones que, de manera oscilante, se han producido en esos tres países, Rusia, China y Cuba, desde los 90. Pero no únicamente en esos países; también en parte considerable de la comunidad internacional que justifica el autoritarismo por razones ideológicas, geopolíticas o mezcla de ambas. Me refiero a la peligrosa tesis de que “en todos lados hay censura”. 
     Algo que merecería mayor atención es que esa censura es ejercida por regímenes que, al menos en dos casos, todavía reclaman para sí la identidad comunista. Lo cual entra en contradicción con la propia tradición intelectual del marxismo y de los fundadores del comunismo, en el siglo XIX, que dedicaron buena parte de sus obras a combatir la censura bajo monarquías europeas del siglo XIX, como las de Prusia, Francia y Rusia. No sólo Marx, también Engels, Lafargue, Plejanov, Kautsky, Lenin, Luxemburgo o Gramsci, escribieron contra la censura. No sé si ya exista, pero muy fácilmente podría armarse una antología de marxistas contra la censura entre el Marx de la Gaceta Renana y el Gramsci de Avanti, en Turín. 
     Pero concentrémonos, por ahora, en los más conocidos textos de Marx en Colonia a principios de la década de 1840. Marx comprendió que en las monarquía europeas provenientes del periodo absolutista, la interdicción tenía fuertes motivos religiosos y conservadores. Pero advirtió que aquellos regímenes comenzaban a acercarse a una censura ideológica de Estado, que se manifestaba claramente en contra del movimiento obrero. A los socialistas se les censuraba, eventualmente, por defender el ateísmo o llamar a la violencia. Poco a poco, sin embargo, la censura se volvía más doctrinal, conforme la propia teoría socialista se desarrollaba. 
     Para Marx la censura no era una mera prohibición, sino la imposición de un discurso. La censura, decía, es la “crítica oficial” o, lo que es lo mismo, un acto del pensamiento. Por tanto, el Estado era la institución menos autorizada para poner en cuestión el derecho a la crítica. Con cada avance de la legislación de imprenta, planteada en los términos del jusnaturalismo universal, la censura se revelaba ilegal e inconstitucional. 
     En aquellos escritos juveniles, Marx vislumbraba el tema de nuestros días, captado por George Orwell en 1984: la postverdad. El abuso de la censura frustraba la búsqueda colectiva de la verdad y sometía al periodista “al más espantoso de los terrorismos, el tribunal de la sospecha”. Un periodista, un escritor o un artista censurado pasaba a ser un sujeto estigmatizado por sus ideas. El censurado, según Marx, no era penalizado por sus actos o su escritura. La prohibición de que un texto circulase se colocaba más allá de los hechos. “No se trata de hechos”, dice Marx, se trata de un reino salvajemente hipotético en que lo que cuentan son las intenciones ocultas o lo que el historiador ruso-francés León Poliakov llamó la “causalidad diabólica”. 
     Desde un punto de vista político, la crítica de Marx a la censura en la Gaceta Renana se enfoca directamente contra la burocracia: “la esencia de la censura descansa, en general, en la arrogante confianza que al Estado policiaco le merecen sus propios funcionarios”. En el siglo XXI la censura se reproduce desde la diversidad de medios de la era digital. Pero la crítica de Marx sigue siendo válida para cualquier Estado que ejerza censura desde su aparato burocrático.

martes, 26 de enero de 2021

Chesterton y la decadencia americana





Estos días de ceremonias republicanas en Estados Unidos, en medio de la crisis de la más vieja democracia del planeta, dejan ver lo mejor y lo peor de esa nación. Lo mejor tiene que ver con la reafirmación de una serie de normas y rituales de la república (división de poderes, alternancia, sucesión presidencial, rendición de cuentas…), sin los cuales no serían concebibles las democracias reales. Lo peor tiene que ver con una acendrada mentalidad providencial y mesiánica, ligada al culto a la pureza de la democracia estadounidense y a su supuesto liderazgo mundial. 
 El joven socialista cubano Raúl Escalona Abella hizo recientemente una relectura de G. K. Chesterton en busca de claves para pensar las tensiones entre herejía y ortodoxia en la isla. Cuando lo leí recordé inmediatamente a José Lezama Lima, uno de los grandes lectores del escritor londinense. En su ensayo Analecta del reloj (1953), Lezama sostenía que la narrativa policiaca de Chesterton, donde figuraba lo mismo un cura detective (el padre Brown) que un inspector metafísico (Aristide Valentin), debía ser asimilada junto con los ensayos del escritor católico, que cuestionaban la democracia y el liberalismo.
 Desde su ensayo Ortodoxia (1908), Chesterton se había percatado de que la idea conservadora del siglo XIX, de que los liberales y los masones, los judíos y los socialistas, eran “herejes” o “malos cristianos” y, por tanto, debían ser expulsados de la comunidad, estaba equivocada. Más a tono con la Rerum novarum de León XII que con la Cuanta cura y el Syllabus (1864) de Pío IX, Chesterton defendía, en palabras de Lezama, “una dilatación del catolicismo en profundidad y comprensión”, que “redujera los otros campos”. Una democracia debía evitar métodos inquisitoriales. 
 Por eso insultó tanto, al escritor inglés, el formulario del consulado de Estados Unidos en Londres, antes de su primer viaje. La primera pregunta era: “¿es usted anarquista?”. A lo que Chesterton hubiera querido responder: “¿y eso a usted qué diablos le importa. Es usted ateo?”. Luego le preguntaban: “¿está usted a favor de subvertir el gobierno de Estados Unidos por la fuerza?” o “¿es usted polígamo?”. Dice Chesterton al inicio de Lo que vi en América (1922) que le hubiera gustado responder esas preguntas después del viaje. 
 Desde antes de zarpar a Boston y Nueva York se hizo una idea de la democracia americana como nuevo tribunal del Santo Oficio, que confirmó en su recorrido por Estados Unidos. Había virtudes indiscutibles, a su juicio, en la cultura americana como la candidez, el igualitarismo, la energía, el entusiasmo –“no se avergüenzan de su emoción, como los ingleses”-, pero también detectaba vicios como el exacerbado nacionalismo cívico que llevaba a los americanos a pensarse como modelo o paradigma y a postular la democracia como "una inquisición”. 
 El escritor inglés creía, sin embargo, que ese sistema político estaba en decadencia. Aquella “eterna juventud del mundo”, que según Thomas Jefferson había arrancado con los ideales republicanos del siglo XVIII, estaba envejeciendo. Si eso decía Chesterton hace un siglo, qué podríamos decir nosotros hoy, después de Trump y el asalto al Capitolio. Pero no habría que olvidar que Chesterton usaba el argumento de la decadencia americana como un tópico conservador o específicamente antiliberal. 
 Valga el recordatorio para concluir que el diagnóstico de la “decadencia americana” no lo inventaron los fascistas y los comunistas sino los conservadores y los reaccionarios del siglo XIX. Y valga también para sugerir que una lectura de Chesterton, desde el siglo XXI, que recorra sus ironías contra la democracia y la república, puede ser estimulante. Pero si esa lectura soslaya ciertos elementos distintivos, como el conservadurismo, el racismo y, especialmente, el antisemitismo, del gran escritor católico, nunca será una lectura completa.

martes, 19 de enero de 2021

Timothy Snyder: un historiador contra el golpe





El profesor de la Universidad de Yale, Timothy Snyder, ha demostrado en días recientes cuán importante puede ser la voz de un historiador en una crisis política nacional. Autor de un par de libros sumamente críticos del naciente gobierno de Donald Trump, On Tyranny (2017) y The Road to Unfreedom (2018), Snyder publicó un artículo certero en The New York Times Magazine, “The American Abyss”, conversó con Amy Goodman y Juan González en National Public Radio y concedió entrevistas a varias televisoras estadounidenses. En todas sus intervenciones llamó a pensar la crisis política actual como historiador. 
    No duda en definir como “intento de golpe de Estado” el asalto al Capitolio por grupos de supremacistas blancos, con un rol visible en las bases electorales de Trump. No fue aquello una “insurrección”, como sostiene la clase política bipartidista, en su comprensible defensa del orden institucional de la democracia estadounidense. En la práctica, lo que intentaron hacer los asaltantes fue impedir que el Congreso confirmara la elección de Joe Biden. 
    Para Snyder eso no puede entenderse sino como amago de perpetuación en el poder. Lo más terrible, dice el historiador, es que lo que ha sucedido era previsible desde hace cuatro años. Trump no ocultó su simpatía por nuevos autoritarismos como los de Vladimir Putin en Rusia, Recep Tayyip Erdogan en Turquía o Rodrigo Duterte en Filipinas. Su tendencia a doblegar las instituciones se manifestó lo mismo en la relación con las dos cámaras del congreso que con la Corte Suprema. Desde un inicio, dejó claro que controlar políticamente ambos poderes, para limitar su función de contrapesos, era su prioridad. 
     Snyder es un historiador político que no descuida la dimensión social de los conflictos. El desconocimiento de los resultados de la elección presidencial y las constantes acusaciones de fraude, sin pruebas, no cayeron en el vacío. Millones de trumpistas asumieron esas mentiras y las reprodujeron en las redes sociales. ¿Qué significaba esa socialización de la mentira, se pregunta el historiador? Ni más ni menos que una visión excluyente de la sociedad norteamericana, ya que el voto por Trump era entendido como una seña de identidad política de hombres blancos, heterosexuales y cristianos, que sienten amenazada su hegemonía. 
     Cuando Trump y sus seguidores decían que había que contar únicamente los “votos verdaderos” sugerían una partición del país que evocaba inevitablemente la Guerra de Secesión y las leyes Jim Crow, que a partir de 1876 oficializaron la segregación racial. El desfile de banderas de la confederación, por los salones del Capitolio, escenificó una orientación simbólica bastante extendida en las bases del trumpismo. Decenas de legisladores republicanos, con Ted Cruz y otros a la cabeza, intentaron consumar el golpe por medio de la obstrucción del triunfo de Biden. 
     Según Snyder no se debe pensar el trumpismo como un fenómeno reducido al líder y una turba de fieles extremistas. El trumpismo es ya un movimiento con un sustrato demográfico bastante extendido, aunque no asimilable a la totalidad de los 74 millones que votaron por Trump. Ese movimiento tiene, también, un pie en el Partido Republicano, pero no puede decirse que todo el partido o la mayoría de su clase política haya sido colonizada por su flanco más reaccionario. El “abismo americano” es un escenario que no agencian únicamente Trump y sus huestes. 
    La crisis de la democracia en Estados Unidos tiene orígenes precisos en el agotamiento de una estratificación y hegemonía sociales que ejercen resistencia al multiculturalismo desde los años 90 y que, tras la última crisis económica y la persistencia del patrón neoliberal, potencian el trumpismo. Los enemigos de Estados Unidos quisieran su colapso y alientan el liderazgo de Trump. La salida, dice Snyder, no es otra que una reforma política profunda.