Libros del crepúsculo

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sábado, 8 de febrero de 2020

George Steiner: la nostalgia del moderno



Ha muerto George Steiner, en los mismos días que Gran Bretaña abandona la Unión Europea, y es inevitable relacionar ambos ocasos. En Steiner, un judío nacido en Francia, familiarizado desde niño con el alemán, el inglés y el italiano, y con  prolongadas residencias en Nueva York, Londres y Cambridge, la idea de Europa tomó cuerpo. Desde sus primeros estudios sobre Tolstoi y Dostoievski, la tragedia antigua y Shakespeare, el lenguaje y el silencio, Heidegger y las religiones, Steiner hizo suya la idea de que las mejores herencias del europeísmo humanista fueron confrontadas, tras la Primera Guerra Mundial, por el ascenso del totalitarismo fascista o comunista.
            Como tantos judíos exiliados por la ocupación nazi de Francia, Steiner pensó los totalitarismos como una arremetida profunda contra los valores de la modernidad. Esa certeza lo llevó a valorar altamente el siglo XIX, como último suspiro de una brillante tradición que arrancaba en la Grecia antigua. El crítico leyó aquella centuria de punta a cabo, de Hugo a Baudelaire, de Stendhal a Flaubert, de Marx a Nietzsche, de Gogol a Chejov, de Byron a Wilde. Eran aquellas las lecturas de un heredero, de un discípulo que cuidaba el legado de una cultura, amenazada por poderosas corrientes nihilistas que, a su juicio, no se agotaron con el suicidio de Hitler y la muerte de Stalin.
            Tan celosa de la idea europea era la obra de Steiner que, en plena Guerra Fría, el crítico dedicó una serie editorial a reconstruir el pensamiento reaccionario: Maistre, Stirner, Gobineau… Aquellos doctrinarios del racismo, en el siglo XIX, habían sido los maestros de los fascistas del siglo XX. Algo que, a juicio de Steiner, no podía afirmarse de la lectura de Marx por Stalin. El socialismo real del siglo XX terminó siendo, según el profesor de Cambridge, una “teología sustituta”, cuando Marx era un pensador moderno. Un “romántico prometeico”, dirá Steiner, aquejado por la nostalgia de la grandeza de Occidente, lo mismo la griega que la napoleónica. La mayor divergencia de Steiner con el comunismo del siglo XX fue que, a su entender, esa izquierda retuvo lo profético de Marx, mientras renegó de su nostalgia y su pesimismo.
            Podría hacerse la prueba, pero probablemente no haya un gran ensayo de Steiner que no desemboque, por el tronco o las ramas, en algún apunte sobre aquella nostalgia. En textos como el así titulado, Nostalgia del absoluto (1974), es evidente, pero en otros como En el castillo de Barba Azul (1971), Después de Babel (1975), Errata (1997), Gramáticas de la creación (2001) o Los logócratas (2003), más sutil. En este último la idea emerge en un pasaje final de su ensayo sobre Walter Benjamin, cuando asegura que la vida y la obra del del suicida de Portbou, con las de  Franz Kafka y Paul Celan, simbolizan la “pérdida y la desolación” ¿Pérdida de qué? De un “mundo reducido a cenizas, de una civilización aniquilada, por una brutalidad y una injusticia para siempre irreparables”.