Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

viernes, 3 de julio de 2020

Edith Wharton y la enésima versión de Calibán

Es conocida la tradición ensayística latinoamericana, entre Rubén Darío y José Enrique Rodó en el siglo XIX y Roberto Fernández Retamar y Aimé Césaire en el XX –pasando por Aníbal Ponce, Manuel Gálvez y tantos otros- que hizo de los personajes de La Tempestad (1611) de William Shakespeare (Ariel, Próspero y Calibán) alegorías civilizatorias, morales y geopolíticas. La teórica feminista Silvia Federici, en su ensayo Calibán y la bruja (2004), propuso pensar la figura de Calibán más allá del símbolo descolonizador y llamó a sacar de su marginalidad el personaje de la bruja, en la obra de Shakespeare, como clave de la ideología de género.
Pero los usos de Ariel, Próspero y Calibán parecen ser inagotables, como sostiene el profesor de la Universidad de Buenos Aires Francisco Naishtat. Las reconstrucciones de esas líneas interpretativas muchas veces dejan fuera, en una suerte de venganza histórica, a la propia tradición europea que va Ernest Renan a George Steiner. La contraposición simbólica entre Ariel y Calibán no sólo ha servido para distinguir a Estados Unidos y América Latina sino para diferenciar Europa y América.
Un uso de este último de tipo, de las alegorías de Ariel y Calibán, se encuentra en la novela The Costum of the Country (1913) de la escritora estadounidense Edith Wharton. Como Henry James y otros escritores de principios del siglo XX, Wharton estaba muy interesada en explorar las diferencias culturales entre Estados Unidos y Europa. Ella misma, como tantos personajes de sus novelas, vivió entre Nueva York y París, y tuvo residencias en la campiña francesa.
En aquella novela de Wharton, unas veces traducida como Las costumbres del país, otras como Las costumbres nacionales, se cuenta la vida y el fracaso de una pareja de clase alta de Nueva York. Undine Spragg y Ralph Marvell se casan y tienen un hijo muy jóvenes, en un medio obsesionado con el ascenso social y la exhibición del status. Las diferencias entre ambos eran más culturales que económicas, pero estallan de manera inclemente.
Ralph era un abogado con ambiciones literarias que disfrutaba los viajes a Siena y la Toscana italiana. Undine era una muchacha jovial y afable que prefería París a cualquier excursión a sitios históricos. La sociabilidad de Undine tenía como reverso una frialdad y un egoísmo que, en un momento de la novela, Wharton asocia con Ariel. Undine poseía una “distancia propia de Ariel”, que no se debía “tanto al retraimiento por ignorancia como a la frialdad del elemento del que tomaba su nombre”: el aire.
Mientras avanza la novela, y se precipita la ruptura del matrimonio, Ralph se aferra a Nueva York y Undine pasa la mayor parte del tiempo en Francia. Sin embargo, en varios pasajes de la novela, Wharton identifica el personaje masculino con un espíritu europeo y el femenino con las costumbres más propiamente americanas. Así la novela va conformando una antítesis entre Europa y América en la que Calibán es más un símbolo europeo, por la fuerza de la pasión, y Ariel es una metáfora americana por la frivolidad y el desamor.
La contraposición se establece no sólo en términos de “costumbres nacionales”, especialmente entre Estados Unidos y Francia, sino a nivel de género. En la novela Wharton, Ariel es la mujer y Calibán es el hombre, pero no en los términos que tradicionalmente se atribuye a esos símbolos. La escala de valores aparece invertida y Ariel representa el egoísmo y Calibán el amor. Wharton se adelantó, por tanto, a muchos que creyeron haber dado con la antinomia perfecta.
La propia vida de la novelista personifica aquel choque simbólico. Fuertemente involucrada en la realidad francesa, desde los años previos a la Gran Guerra, Wharton cambió virtualmente de país. Prestó servicios en la Cruz Roja, defendió el imperialismo francés, el gobierno de Raymond Poincaré le concedió la Orden Nacional de la Legión de Honor y está enterrada en Versalles.

lunes, 15 de junio de 2020

El principio de humildad

Aprendimos, en la magnífica serie de historia de la filosofía, coordinada por Yvon Belaval y editada en Siglo XXI, que, entre otros orígenes, el humanismo renacentista surgió de la reacción cultural a la peste negra de los siglos XIV y XV. La vuelta al hombre y el impulso utópico de pensadores como Cusa, Campanella, Erasmo y tantos otros, nacieron de la devastación y la muerte de cientos de millones de personas en Europa.
En su gran estudio sobre la cultura del Renacimiento italiano, Jacob Burckhardt sostenía que aquella revolución espiritual partió de un descubrimiento doble: del mundo y del hombre. Frente a la sujeción del individuo en la sociedad teocrática, el Renacimiento impulsó la doctrina del libre albedrío. Pero acotaba Burckhardt que la libertad renacentista encontraba límites varios, en la moral, la religión o la astrología, que luego la modernidad quebró.
 El miedo a Dios fue reemplazado por un enaltecimiento de la naturaleza o, más específicamente, de las estrellas, que afianzó la humildad del hombre. Burckhardt lo ilustraba con las palabras que el Dante hacía decir a Marco Lombardo sobre la “contienda entre las estrellas y los actos”. Aquel individuo renacentista estaba muy lejos del Prometeo moderno, que domina la técnica y avasalla la naturaleza.
Ante la gran plaga del siglo XXI, la respuesta de la mayoría de los gobiernos ha carecido de la humildad que postulaban los filósofos renacentistas. La pandemia ha demostrado la ignorancia de la sociedad contemporánea, pero también su incapacidad para hacer frente a la sucesión de catástrofes (colapso financiero, crisis económica, empobrecimiento, racismo, desigualdad, estallidos sociales), largamente incubadas, que el virus activa.
Ese abandono del principio de humildad es lo que reprochaba no hace mucho Aaron Ben-Zeev a Martha Nussbaum, en LA Review of Books, a propósito del más reciente libro de la filósofa norteamericana, The Cosmopolitan Tradition (2019). Recordaba el reseñista que en éste, lo mismo que en libros anteriores de Nussbaum como Anger and Forgiveness (2016) y The Monarchy of Fear (2018), el concepto básico es la “dignidad humana”.
La filosofía moral de Nussbaum, claramente deudora de Kant, gira mayormente en torno a la necesidad de crear un sistema de satisfacción de garantías universales, sin los desequilibrios comunes entre derechos económicos y políticos, civiles y sociales. Sólo a través de esa articulación podría crearse un orden cívico que coloque la dignidad de la persona en el centro de las políticas públicas.
Ben-Zeev cuestiona que Nussbaum, en su elocuente y necesario alegato por la dignidad, deje a un lado otro valor indispensable en el caos contemporáneo: la humildad. ¿Es menos importante la humildad que la dignidad?, se pregunta con razón. En la escalada de desigualdad que se nos viene encima, la dignidad sin humildad puede ser contraproducente, ya que no todos alcanzarán la síntesis de derechos propuesta por Nussbaum.
El reseñista apunta un hecho fundamental, también señalado por Amartya Sen, Thomas Piketty y otros pensadores contemporáneos: el disparejo acceso a derechos y oportunidades crece en el mundo y en cada nación. Puede reducirse la pobreza, como sucedió en América Latina en la primera década de este siglo, sin que la desigualdad deje de crecer. Ser humildes es, en buena medida, ser conscientes de esa inequidad constitutiva.
El imperativo de la humildad vale para la política social y económica de cualquier gobierno, pero también para el funcionamiento interno de las democracias y las relaciones internacionales. La arrogancia del unilateralismo hegemónico o de las alternativas que se le enfrentan desde otros intereses geopolíticos son negaciones de la humildad. El aplastamiento de las oposiciones legítimas desde poderes supuestamente democráticos, que admiten la norma de la alternancia, también lo es.
        

jueves, 11 de junio de 2020

Norman Mailer y el 2020

Estos son días de releer las crónicas de Norman Mailer, en Harper’s Magazine  y otros medios, sobre las convenciones republicanas y demócratas de 1968 y 1972. Miami y el sitio de Chicago (1968) y St. George and the Godfather (1972) parecen libros de la mayor actualidad, ya que el personaje central de aquellos textos es Richard Nixon, presidente de la “ley y el orden” que Donald Trump está asumiendo como modelo en su campaña de reelección.
         Mailer era un escritor astuto y perspicaz que, a pesar de no ocultar su apoyo al partido demócrata, podía escribir retratos amables de algún republicano, como Nelson Rockefeller, el gobernador de Nueva York, candidato en las primarias de 1968. Su adhesión a Robert Kennedy, asesinado en junio de aquel año, era conocida, pero no le impidió hacer semblanzas favorables de George McGovern, tanto en las primarias de 1968 como en las elecciones de 1972, en las que ese senador de Dakota del Sur ganó la nominación.
         En la convención republicana de Miami, en 1968, Mailer advirtió la fuerza que podía alcanzar un discurso autoritario y conservador en medio de la fractura de la sociedad norteamericana frente a la guerra de Viet Nam, la lucha por los derechos civiles y la emergencia de una juventud libertaria, nucleada en torno a las comunidades hippies o a las bases del Youth International Party: los yippies de Paul Krassner, Tom Hayden y Abbie Hoffman, que cercaron la convención demócrata de Chicago en 1968.
         Mailer no escondía su desprecio por Reagan (“su aspecto era el de alguien que teme por su esternón, como si su plexo solar fuera frágil y un golpe pudiera derribarlo como a un pescado en el suelo”) y se burlaba de la falta de simpatía de Nixon, quien semejaba un “misionero repartiendo biblias entre los urdu”. Pero no subestimaba la persuasión de la religiosidad política de la derecha en un momento en que, al decir de John Updike, Estados Unidos era “abandonado por Dios”.
         Los asesinatos de Martin Luther King, Malcolm X y Bobby Kennedy, la guerra de Viet Nam y la represión de los movimientos negro y hippie, habían propiciado un imaginario apocalíptico. Los republicanos, a juicio de Mailer, podían vender una recuperación de la “fe en América”. El vendedor de biblias podía vencer en la contienda, sobre todo, si se reparaba en la profunda división que fragmentaba a las izquierdas.
         En la convención demócrata de Chicago, Mailer constató que Hubert Humphrey, ex vicepresidente y candidato presidencial, era una marioneta de Lyndon B. Johnson, quien se veía más interesado en perder que en ganar. En su primera intervención dijo, a propósito de la guerra de Viet Nam, que no “venía a repudiar al presidente de Estados Unidos” y que el “gran obstáculo para la paz no estaba en Washington sino en Hanoi”. Eugene McCarthy y George McGovern eran mucho más claros en su oposición a la guerra, pero el establishment ya había endosado a Humphrey.
         A aquella división contribuían también los hippies y los yippies. Mailer simpatizaba con el Manifiesto de Lincoln Park, típico de la Nueva Izquierda, donde se demandaba, además del fin de la guerra y la liberación del black panther Huey Newton, la legalización de la marihuana y todas las drogas psicodélicas, el desarme generalizado, la abolición del dinero, el fin de la contaminación y el amor libre. Pero concluía que los yippies no se percataban de que su “entrada a toda máquina en la utopía”, sonaba como “locura al buen americano medio”.
         El fracaso de los demócratas se reeditó en 1972, a pesar de contar con la candidatura más sólida de McGovern. El padrino de la mafia conservadora venció al San Jorge de la Capadocia liberal. Medio siglo después, puede repetirse la historia. La pesadilla de una reelección de Donald Trump desvela el sueño americano. Que no suceda depende de la unidad de los demócratas, la cual sólo sería posible si el programa de Joe Biden logra reconstruir una alianza electoral parecida a la de Barack Obama. No será fácil porque Biden y los demócratas parecen reticentes a abrirse a las demandas más radicales de quienes pueden decidir la contienda en noviembre.     

viernes, 5 de junio de 2020

El vicio de contar muertos

Una de las peores prácticas, en la opinión pública y las redes sociales, en estos días de pandemia, es comparar el desempeño de cada gobierno y cada nación por el número de muertos. En esos ejercicios se produce, de entrada, una confusión entre el país y el Estado, que Elías Canetti, en Masa y poder (1960), vio como una de las perversiones afines a las guerras y las epidemias.
Canetti observaba que desde la Primera Guerra Mundial la prensa europea incurrió en ese equívoco fatal, cuando los periódicos alemanes y franceses contaban muertos para dirimir quién iba ganando la contienda. La guerra y las epidemias eran vistas como variantes atroces de las olimpiadas. Quien más sobrevivientes acumulaba se coronaba con laureles.
Hoy, en los medios y las redes, abundan esas comparaciones obscenas, puestas en función de las pequeñas o grandes batallas geopolíticas del siglo XXI. Ahí están los influencers que contraponen los cuatro mil y tantos decesos en China a los más de 30 000 en Italia. O los que, casi diariamente, muestran las bajísimas estadísticas de Venezuela y Cuba, frente a los números desorbitados de Estados Unidos, como señal de la superioridad de esos gobiernos “bolivarianos” o de la decadencia -el “abismo”, Chomsky dixit- del imperio.
Celebrar las muertes del rival, en tiempos de guerra, era, según Canetti, una de las mayores perversiones de la moral nacionalista en el siglo XX. Se daba por hecho, entonces, que el que más bajas causaba al contrario era el más patriota, el más valiente, cuando no el de “raza suprema”. Pero muchas veces, anotaba el escritor búlgaro, la cantidad de bajas tenía que ver con el volumen demográfico o la tecnología bélica.
Hoy sucede más o menos lo mismo. Como admite la OMS, todos los gobiernos se enfrentaron a una plaga desconocida y debieron actuar a tientas. La epidemia se propagó inicialmente en las zonas altamente globalizadas del planeta. De ahí el débil impacto inicial de la Covid 19 en algunas de las naciones más pobres y aisladas de América Latina o África.
En el área latinoamericana, estados como Argentina y Perú decretaron rígidas cuarentenas y obtuvieron resultados diferentes. Perú, al igual que Chile y Colombia, aplicó pruebas masivas y con ello se multiplicaron los casos de contagio pero se controlaron las muertes. Brasil también ha aplicado cientos de miles de pruebas, a diferencia de México, pero en ambos países el confinamiento ha sido más laxo. Hoy son esos dos países, junto a Estados Unidos, donde avanza más rápidamente el virus.
Los usos políticos de la plaga han permitido constatar lo lejos que estamos de haber trascendido aquella perversión nacionalista de que hablaba Canetti. Nada más hay que abrir los principales diarios de la región para leer, cada vez con menos inhibición, un conteo de muertos que hace de las víctimas de Covid 19 meros peones de las reyertas de gobiernos y oposiciones o de viejos conflictos bilaterales, de los que sólo se sale negociando. 
            

        

martes, 19 de mayo de 2020

Otra periodización de Cuba

Cuba es un país que ofrece muchas dificultades para ser estudiado desde el espacio de las ciencias sociales latinoamericanas. Esas dificultades son diversas y tienen que ver con el entramado institucional de la isla y sus relaciones culturales y educativas con la región. Pero tienen un trasfondo innegable en el peso de lo afectivo y lo ideológico en la mayoría de los análisis sobre la situación cubana.
       Para muchos, Cuba no es un país, sino un mito, cuando no un emblema teológico. Una encarnación del bien o del mal, que aparece en el debate público como modelo o alternativa, no sólo a Estados Unidos o Europa, al imperialismo o a la globalización, sino a toda América Latina y el Caribe. De acuerdo con buena parte de la prensa occidental, especialmente de derecha, Cuba es el origen de todos los males del hemisferio.
       Hay, sin embargo, inteligencias que eluden ese torbellino pasional y logran estudiar a Cuba desde la metodología y el lenguaje de las ciencias sociales latinoamericanas. Podría poner varios ejemplos de académicas o académicos, residentes dentro o fuera de la isla, que lo han logrado. Me centraré sólo en uno, el politólogo Juan Valdés Paz.
       Valdés Paz pertenece a una brillante generación de marxistas cubanos, que emergió en el centro o la periferia del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y la revista Pensamiento Crítico en los años 60. En aquella revista fundada por Fernando Martínez, en colaboración con otros intelectuales como Jesús Díaz, Aurelio Alonso y Thalía Fung, y donde se tradujo a marxistas críticos como André Gorz, Louis Althusser, Robin Blackburn y Perry Anderson, se encuentran las lecturas formativas de Valdés Paz.
       La obra de este académico, desde que se incorporó al Centro de Estudios sobre América (CEA), en los años 80, ha transitado por rumbos muy conocidos en las ciencias sociales latinoamericanas. Durante un tiempo, Valdés Paz se dedicó al tema del desarrollo rural, cuestión central en una región donde desde mediados de siglo, en buena medida por el impacto del México cardenista y postcardenista, se vivieron diversas experiencias de reforma agraria.
       Luego Valdés Paz estudió la “transición socialista” y el “sistema político” de la isla, en sendos libros aparecidos entre los años 90 y 2000. Aquellos trabajos son de referencia obligada para las nuevas generaciones académicas de la isla porque desplazan el análisis del caso cubano a la perspectiva de las instituciones y los actores. En un campo intelectual tan saturado de legitimación ideológica y culto al líder, ese enfoque incrementa su valor.
       Su proyecto más reciente es una historia del poder en Cuba, en dos volúmenes, que retoma la línea institucionalista. Valdés Paz entiende por poder “un tipo de relación asimétrica entre individuos o grupos sociales que sirve de soporte a relaciones de subordinación, dominación y explotación establecidas”. Uno de los principales obstáculos para estudiar el poder en Cuba ha sido, justamente, el tópico propagandístico de que en la isla es el pueblo, sin normas ni mediaciones, quien lo detenta.
       Este análisis sincrónico y diacrónico de la evolución del poder en Cuba aporta muchas cosas. Pero hay una que merece la mayor atención: su propuesta de periodización histórica. A diferencia de tanto relato histórico, a favor o en contra, que ve la historia contemporánea de Cuba en bloque, bajo conceptos difusos como “Revolución” o “Castrismo”, Valdés Paz la subdivide en cinco periodos: 1959-63, 1964-74, 1975-91, 1992-2008 y 2009-18.
       Esta periodización responde, fundamentalmente, a las mutaciones del marco jurídico e institucional, pero también a las relaciones de poder entre el Estado y la sociedad. La evolución del poder en la Revolución Cubana (2019), en dos tomos, editado por la Fundación Rosa Luxemburgo, es una de las mayores contribuciones a los estudios históricos sobre Cuba de los últimos años.    

miércoles, 13 de mayo de 2020

Pellicer en Jerusalén

Al antisemitismo católico se han dedicado muchos estudios como el de Jean Meyer en La fábula del crimen ritual (2012) y, más recientemente, en su análisis de la revista curial La Civilità Cattolica. Las ramas española y mexicana de aquel antisemitismo también han sido estudiadas. Gonzalo Álvarez Chillida lo hizo para la derecha falangista y franquista, que dominó la península casi todo el siglo XX. En México, Olivia Gall, Daniela Gleizer, Claudio Lomnitz y Pablo Yankelevich, entre otros, han explorado las aristas de un racismo que también tiene que ver con la ideología del mestizaje y el control migratorio.
            Pero como en toda tendencia vale la pena fijarse en las excepciones, en las líneas de quiebre o desvío que se abren, a veces, desde el corazón de una doctrina. Buen ejemplo sería la fascinación con la cultura judía y el resuelto apoyo al proyecto del estado de Israel que plasmó Carlos Pellicer en su obra literaria y diplomática. Un volumen recientemente compilado por el investigador Alberto Enríquez Perea y editado por El Equilibrista, en su colección Pértiga, da cuenta de la pasión judía del poeta tabasqueño.
            Tierra Santa. Invitación al vuelo (2018) recuerda los cuatro viajes de Carlos Pellicer a Israel en 1926, 1927, 1929 y 1966. Los tres primeros, viajes de joven peregrino, y el cuarto, como veterano embajador cultural del México postrevolucionario, invitado por el Instituto Cultural Mexicano-Israelí. Entre 1926 y 1929, Pellicer vivió en París con una beca otorgada por el Secretario de Educación José Manuel Puig Casauranc para realizar “estudios especiales de mecánica”. El tabasqueño aprovechó la estancia para viajar por el Mediterráneo y visitar Egipto y Tierra Santa. Uno de esos viajes fue en compañía de José Vasconcelos y, por lo visto, desde entonces se selló una amistad entre ambos escritores católicos, que sobrevivió a la muerte del segundo en 1959.
            En un poema dedicado a Alfonso Reyes, que lo había recibido en París en 1926, Pellicer contaba la poderosa impresión que le causó Palestina. Por los caminos de Jerusalén decía “haber pedido limosna a los luceros” y haber “callado, orado y llorado” en los mismos olivares, montes y desiertos por los que anduvo Jesús. Ya desde aquel poema, Pellicer establecía una asociación entre Cristo y Bolívar que volverá a aparecer cuarenta años después, en los documentos de su última visita a Jerusalén. Estar en Tierra Santa era, para el poeta, volver sobre la mirada y los pasos de Cristo en el monte Tabor, Nazaret y Cafarnaúm, revisitar cada estación del Viacrucis hacia el Calvario.
            En carta a Vasconcelos, Pellicer dice que en Jerusalén el viajero olvida de donde viene: París, Roma o Florencia. La ciudad sagrada es una patria universal y el repoblamiento judío, que se intensifica, justamente, en la década de 1920, le parece una confirmación de la universalidad de la “más importante de todas las tradiciones históricas del mundo: la tradición judía”. Desde aquellos primeros viajes, Pellicer se hace una idea positiva de la Declaración de Balfour (1917), que alentaba la repatriación de la diáspora hebrea, pero, curiosamente, entiende el nacimiento del Estado de Israel como un acto anticolonial, contra el imperio británico.
            “Mientras haya colonias, mientras haya mandatos tutelares de potencias sobre naciones pequeñas, no habrá relativa paz en el mundo”, dice Pellicer. En su conferencia sobre Israel, en Jerusalén, en 1966, vuelve a repetir que lo mejor de la cultura occidental está ligado a la obra de tres grandes judíos (Marx, Einstein y Freud) y exalta los valores comunitarios del kibutz y el moshav. Recuerda otra vez a su amigo Vasconcelos y a su héroe Bolívar, en una asociación intrigante entre judaísmo y latinoamericanismo. Meses después estallaba la “Guerra de los Seis Días” entre Israel y las naciones árabes. No sabemos qué pensó Pellicer de aquella tragedia, pero podemos imaginarlo.
           
           

martes, 28 de abril de 2020

Después del apocalipsis americano

Lionel Shriver es una escritora cosmopolita, nacida en North Carolina, que gracias al periodismo ha vivido en ciudades tan distintas como Nairobi, Belfast, Bangkok y Londres. Se puede haber vivido siempre en Estados Unidos, como Ray Bradbury o Philip K. Dick, y desarrollar una mirada distópica sobre esa nación. Pero a Shriver la distancia le refuerza una perspectiva orwelliana sobre su país, que es de agradecer en tiempos narcisistas.
         Ya en novelas anteriores como Tenemos que hablar de Kevin (2005), llevada al cine por Lynne Ramsay, o Big Brother (2014), Shriver había dejado entrever una vocación mordaz, que desarmaba el idilio de la familia americana. En su más reciente, Los Mandible. Una familia: 2029-2047 (Anagrama, 2017), la escritora lleva esa vocación al extremo de una perfecta antiutopía americana, que vislumbra los estragos de la pandemia.
         Corre el año 2029 y Estados Unidos es gobernado por un presidente de origen hispano, de apellido Alvarado, como el célebre gobernador de Yucatán en tiempos de la Revolución Mexicana. A Alvarado le toca enfrentar una serie de catástrofes: hackeo total de los servicios de internet por potencias extranjeras, crac financiero, devaluación del dólar y ascendente apreciación del “báncor”, una “falsa divisa artificial”, creada por los “líderes que envidian el poder, el prestigio y el éxito de la gran nación americana”.
         La debacle, en el centenario redondo de la gran depresión de 1929, hace que Estados Unidos se precipite en el Tercer Mundo en unos meses. El “báncor” comienza a desplazar al dólar en las grandes transacciones financieras, la fuga de capitales se desata y, primero las grandes familias ricas del país, y luego la clase media y trabajadora, comienzan a emigrar. Unos a Europa; otros a China o Japón; los más pobres a México y América Latina.
         Es el mundo al revés y algunas familias, como los Mandible, persisten en mantener a flote sus redes afectivas y liturgias civiles, aunque con no pocas restricciones. Confinados en el espacio doméstico, las charlas se han vuelto centralmente económicas. En el desayuno o la cena de lo que se habla es de la caída de la bolsa, la desdolarización, los rastros del Madicaid y el Madicare, el desplome de la Reserva Federal y Wall Street, la hiperinflación y la escasez.
         En una de aquellas reuniones familiares, alguien, medio en broma y medio en serio, sugiere que un negocio lucrativo, a la altura del desastre, sería ofrecer asesorías para la emergencia. Por ejemplo, asesorar a quienes “quieren proteger su carrera de la destrucción del mundo tal como lo conocemos”. Ayudarlos a “elegir fondos mutuos que inviertan con la vista puesta en el Día del Juicio, la inundación de todas las ciudades costeras del planeta, a causa de la subida del nivel mar, la guerra nuclear y una plaga incurable”.
         Dos décadas después de esa segunda y fulminante depresión de 2029, los hijos de aquella generación desgarrada por la ruina y el éxodo comienzan a recuperar algo de lo mucho que perdieron. Algunos logran reconquistar los apartamentos en que nacieron, en Manhattan o East Flatbush, Brooklyn, tras acreditar que cuentan con un empleo solvente. El país ha dado vueltas y vueltas desde 2029: los republicanos se han radicalizado hasta el fascismo y los demócratas hasta el socialismo. En algún momento, ambas corrientes se han vuelto intercambiables.
         La economía empieza a reconfigurarse a partir de cero, luego de que un “nuevo dólar”, revalorizado por el “báncor”, logra estabilizar las finanzas. La nación parece reconstruirse lentamente, pero algo hace sospechar que el riesgo está a la vuelta de la esquina. Entre el tedio y la inseguridad, algunos prefieren emigrar internamente, hacia el Estado Libre de Nevada, que se ha independizado de Washington. Allí el impuesto fijo, en 2064, ha subido a un 11%, pero el mundo está peor: Indonesia ha invadido Australia y Rusia ha anexado Alaska.
          

miércoles, 15 de abril de 2020

Breve teoría del aburrimiento

Se atribuye a Hesíodo la frase de que el “ocio es la mayor de las vergüenzas” y Giacomo Leopardi dejó escrito que el “tedio es la más estéril de las pasiones humanas”. Los dos, Hesíodo y Leopardi, eran poetas y difícilmente podrían comprenderse las culturas de la antigüedad griega y del romanticismo italiano, a las que perteneció cada uno, sin aquello que en la Grecia clásica o la Italia del XIX llamaban “ocio creador”.
         Thorstein Veblen, un importante sociólogo estadounidense que ya nadie lee, escribió un estudio titulado Teoría de la clase ociosa (1899) que, como tantos libros valiosos del pasado siglo, tradujo y editó el Fondo de Cultura Económica. Veblen sostenía lo contrario de Leopardi: el ocio no era estéril sino sumamente útil, sobre todo en la ardua tarea de construir reputaciones sociales. La reputación moderna, según el sociólogo, no se basaba únicamente en el trabajo, sino en la capacidad de consumo y la disposición de tiempo libre de cada quien.
         Ocio y consumo eran, al decir de Veblen, dos formas del derroche. El primero, un derroche de tiempo; el segundo, un derroche de bienes. El ocio, así entendido, no era exactamente lo mismo que el tedio creador, ni lo mismo que el aburrimiento, que se asocia generalmente con la parálisis y la abulia. No es el tedio o el ocio, sino el aburrimiento, el gran mecanismo de control social de las sociedades modernas.
         En una de las pocas cosas que atinó Francis Fukuyama, en su mal leído ensayo El fin de la historia y el último hombre (1992), fue en la sospecha de que un mundo sin revoluciones ni utopías, perpetuamente regido por la democracia liberal, depararía “siglos y siglos de aburrimiento”. Pero no es en Fukuyama o Shopenhauer donde habría que encontrar las más profundas reflexiones sobre el aburrimiento. Es en la novela El legado de Humboldt (1973) de Saul Bellow donde se lee algo cercano a una teoría del hombre aburrido.
         Aquella novela de Bellow contaba la historia de un poeta norteamericano de mediados del siglo XX, Von Humboldt Fleisher, que al morir deja la misma herencia a su viuda y a su discípulo, el escritor y crítico Charles Citrine, narrador de la historia. El legado es un guión que cuenta el triste y solitario final de un escritor de éxito, abandonado por su esposa y su amante, en el momento de mayor reconocimiento literario. La historia del guión de Humboldt se repite en la vida de Citrine.
         Es en aquella desolación que Citrine formula su teoría del aburrimiento. A partir de lecturas de Stendhal, Flaubert y Baudelaire, Citrine llega a la conclusión de que los periodos más duraderos y estables de regímenes absolutistas y totalitarios, como las monarquías borbónicas, el zarismo ruso o los comunismos soviético y chino, se basaron en el aburrimiento de las masas. El terror requería de “edificios aburridos, incomodidades aburridas, supervisión aburrida, burocracia aburrida, prensa insípida, educación insípida, mercancías insípidas y trabajos forzados”.
         Las revoluciones eran, justamente, lo contrario del aburrimiento, lo opuesto del totalitarismo. Una revolución como la francesa  de 1789, en la que Mirabeau y Sade entraban y salían de la cárcel, sin aburrirse, u otra como la rusa de 1917, en la que los artistas construían escaleras al cielo, en forma de espirales, eran la apoteosis del “interés radiante”. Cuando Trotski formuló su teoría de la “revolución permanente”, según Bellow, pronosticaba el aburrimiento futuro.
         Aquel aburrimiento totalitario, agregaba el escritor norteamericano, no estaba desligado de la opulencia, como había advertido Veblen. A partir del valiente libro del marxista yugoslavo Milovan Djilas, La nueva clase (1957), Bellow describía los banquetes nocturnos de doce platos, que daba Stalin en el Kremlin, como el sumun del aburrimiento. Tan aburridos llegaban a estar los subalternos, bromeaba Bellow, que algunos preferían ir al gulag a la mañana siguiente.

viernes, 3 de abril de 2020

El virus y los filósofos

Recordaba Louis Althusser que Lenin declinó una invitación de Máximo Gorki, en Capri, para debatir temas filosóficos con los otzovistas, porque, a juicio del bolchevique, “la filosofía divide mientras la política une”. Althusser cambió la fórmula y sostuvo que no era la política sino la ciencia la que podía unir a los hombres.
         En estos días de pandemia comprobamos que tanto la filosofía como la política dividen. Todos, filósofos y políticos, llaman a la unidad y la solidaridad, a la acción coordinada y fraterna contra una plaga que no distingue entre clases, razas, género o nacionalidad. Pero por debajo del tono salvador, unos y otros usan el virus para hacer avanzar sus teorías o sus prioridades de gobierno u oposición.
         El italiano Giorgio Agamben, autor de clásicos del pensamiento contemporáneo como Homo sacer (1998) y Lo que queda de Auschwitz (2000), ha visto el coronavirus como subterfugio para la normalización del estado de emergencia. El francés Jean-Luc Nancy, amigo de Jacques Derrida, y, como Agamben, pensador de la comunidad y la soberanía, rechazó la lectura del italiano en un texto para el blog Antinomie.
         Pareció a Nancy que Agamben minimizaba la letalidad del Covid-19, que equipara a cualquier gripa. El francés advertía a su colega que aún no existe cura para el coronavirus y aprovechaba para cuestionar la premisa filosófica de la biopolítica. Terció entonces en la polémica otro filósofo italiano, Roberto Esposito, que en su obra dialoga constantemente con ambos, Agamben y Nancy.
         Según Esposito, Nancy carga con prejuicios contra la biopolítica heredados de Foucault y, sobre todo, de Derrida, pero coincide con él en que hay que comprender la pandemia en su especificidad global, sin analogías fáciles con epidemias previas. La plaga es real, no una invención, y las cuarentenas, las restricciones de movimiento y el monitoreo digital de infectados nada tienen que ver con campos de concentración.
         En otra latitud del pensamiento, la neomarxista, el virus también divide. Slavoj Zizek no ve la pandemia como una amenaza que contribuirá a normalizar el estado de excepción sino como un “golpe tipo Kill Bill al capitalismo” que, luego de una reacción nacionalista y xenófoba, despertará el comunismo dormido de la juventud pro Bernie.
         No excluye de ese golpe a ningún capitalismo, el americano o el europeo, el chino o el ruso, con lo cual se coloca más allá de tanto “socialista” latinoamericano que ve a Beijing y Moscú como garantes del bloque bolivariano. En su respuesta a Zizek, el surcoreano afincado en Berlín, Byung-Chul Han, sostiene que no hay que esperar tal revolución viral.
         Han sabe de lo que habla y llama a abandonar esos reflejos apocalípticos y utópicos, que anuncian el desplome del capitalismo. Nada más hay que ver las reacciones de los estados para sospechar que saldremos de esta con más autoritarismo y más capitalismo –esa mezcla es el siglo XXI-, aunque con algunas vueltas a Keynes.
        

miércoles, 25 de marzo de 2020

Los nueve monstruos











Un amigo me recuerda este poema de César Vallejo, en 1937, que alguna vez comentamos aquí a propósito de los equívocos que ha provocado el verso "y crece con la res de Rousseau, con nuestras barbas". No creo que haya otro poema, en nuestra lengua, más apropiado para estos días. Recordemos con Judith Butler que la pandemia no hace desaparecer los otros monstruos -la guerra, la pobreza, el hambre, la desigualdad o las dictaduras-, sino que los aviva y libera:


Los nueve monstruos
Y, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato,
crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,
y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces
y la condición del martirio, carnívora, voraz,
es el dolor dos veces
y la función de la yerba purísima, el dolor
dos veces
y el bien de ser, dolernos doblemente.
Jamás, hombres humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tanta cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
Jamás, señor ministro de salud, fue la salud
más mortal
y la migraña extrajo tanta frente de la frente!
Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,
el corazón, en su cajón, dolor,
la lagartija, en su cajón, dolor.
Crece la desdicha, hermanos hombres,
más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece
con la res de Rousseau, con nuestras barbas;
crece el mal por razones que ignoramos
y es una inundación con propios líquidos,
con propio barro y propia nube sólida!
Invierte el sufrimiento posiciones, da función
en que el humor acuoso es vertical
al pavimento,
el ojo es visto y esta oreja oída,
y esta oreja da nueve campanadas a la hora
del rayo, y nueve carcajadas
a la hora del trigo, y nueve sones hembras
a la hora del llanto, y nueve cánticos
a la hora del hambre y nueve truenos
y nueve látigos, menos un grito.
El dolor nos agarra, hermanos hombres,
por detrás, de perfil,
y nos aloca en los cinemas,
nos clava en los gramófonos,
nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente
a nuestros boletos, a nuestras cartas;
y es muy grave sufrir, puede uno orar…
Pues de resultas
del dolor, hay algunos
que nacen, otros crecen, otros mueren,
y otros que nacen y no mueren, otros
que sin haber nacido, mueren, y otros
que no nacen ni mueren (son los más).
Y también de resultas
del sufrimiento, estoy triste
hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,
de ver al pan, crucificado, al nabo,
ensangrentado,
llorando, a la cebolla,
al cereal, en general, harina,
a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,
al vino, un ecce-homo,
tan pálida a la nieve, al sol tan ardido!
¡Cómo, hermanos humanos,
no deciros que ya no puedo y
ya no puedo con tanto cajón,
tanto minuto, tanta
lagartija y tanta
inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!
Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?
¡Ah! desgraciadamente, hombre humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer.
3 de noviembre de 1937
Cesar Vallejo

jueves, 27 de febrero de 2020

Mike Porcel: nobleza y estigma


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Era una leyenda en La Habana de fines de los 80. No el espectro de un pasado lejano sino un mito vivo, alguien de quien se hablaba como si estuviese presente, tan presente que podía tocarse en las frases de sus amigos y amantes. Mis primeros recuerdos de Mike Porcel están en las paredes y los pisos de las casas de Lili Rentería, Adriana Collado, Pavel Urquiza y Rochy Ameneiro. Casas con terrazas y balcones del Vedado, donde el fantasma de Mike se esculpía en humo.
         Se decía que había vivido años en el limbo de ostracismo de quienes solicitaban salida del país y que, finalmente, había logrado escapar. No recuerdo a nadie que lo hubiese conocido, interponiendo algún reparo político. Mariel y el acto de repudio en su contra eran episodios en la biografía de Mike que se referían como eventos incómodos, que no enturbiaban la esencial celebración de su talento y su gracia, de la poco común tersura de sus versos y armonías refinadas.
         Decir Mike Porcel en aquellas noches de casas del Vedado, en los 80, era decir talento y belleza. Se podían rememorar sus clases con Leopoldina Núñez, en Línea, casi frente al Trianón, sus rivalidades con los dedos veloces y precisos de Pedro Luis Ferrer, o sus enamoramientos, siempre nobles y elegantes. Pero, al final, todas las conversaciones desembocaban en el elogio de la perfección y el suave talante de aquel poeta que cantaba.
         Luego conocí a casi todos los trovadores cubanos, desde Silvio Rodríguez y Pablo Milanés hasta Pedro Luis Ferrer y Amaury Pérez, que tanto le debió, y fui amigo de Santiago Feliú, Carlos Varela, Gerardo Alfonso y Frank Delgado. Todos, sin excepción, hablaron siempre con enorme admiración de Mike. Santiago, del que fui muy cercano, tanto en La Habana como en la Ciudad de México, cantó como pocos “Diario”, una de sus composiciones emblemáticas.
         Mike Porcel vive, escribe, compone y canta en Miami desde 1988. Allí está, al alcance de una mano sobre el mar. Un par de jóvenes cineastas de la isla, José Luis Aparicio Ferrera y Fernando Fraguela Fosado, decidieron entrevistarlo y componer un retrato suyo. El documental Sueños al pairo (2020) es un homenaje a la medida de aquellas canciones, un viaje a la poética que dio piezas como “Ay del amor”, “Diálogo con un ave”, “No sé que voy a hacer con tu recuerdo” o “En busca de una nueva flor”, canción que Porcel compuso como himno del Festival de la Juventud y los Estudiantes de 1978.
         En el documental de Aparicio y Fraguela hablan sus amigos: Amaury Pérez, Pedro Luis Ferrer, Frank Delgado. Hablan como recuerdo que hablaban en aquellas salas del Vedado en los 80. Con la misma devoción con que lo han cantado Gema Corredera e Ivette Cepeda. Con la misma humildad y ternura que él puso en sus versiones de José Martí, a quien tanto se parece en el amor y en el verso.
         Sueños al pairo rememora también al Mike Porcel fundador del grupo Síntesis con Carlos Alfonso. Su paso, sin vértigo, de la guitarra de cajón a los sintetizadores y las cuerdas eléctricas, de la trova al rock. Se escuchan fragmentos de aquellas orquestaciones suyas que hoy son reliquias o rumores arqueológicos de una sonoridad ya perdida para siempre en los parques del Vedado. El documental rinde homenaje a un territorio de la música cubana que ya comienza a borrarse, como mismo fue borrado un buen pedazo de la música anterior a la Revolución.
         Pero la pieza de Aparicio y Fraguela no cierra los ojos al horror de aquellos años. A las “marchas del pueblo combatiente”, las golpizas en las afueras de la Oficina de Intereses, los discursos de Fidel Castro contra las “actitudes elvispreslianas”, el acto de repudio a Mike y su familia, durante toda una semana, tras haber pedido salida legal del país, y su expulsión del Movimiento de la Nueva Trova, con una carta que se reproduce, creo, por primera vez, y que arranca con la pregunta perversa de su admirado Martí: “¿has soñado tú, alguna vez, con la gloria de los apóstatas?”
         Documentar ese horror le ha valido a estos jóvenes cineastas la censura de la dirección del ICAIC en la más reciente Muestra de Cine Joven. Sueños al pairo deberá sumarse al cada vez más abultado directorio de filmes censurados en los últimos años en Cuba: Seres extravagantes (2004) de Manuel Zayas, Crematorio (2013) de Juan Carlos Cremata, Persona (2014) de Eliécer Jiménez, Santa y Andrés (2016) de Carlos Lechuga, Nadie (2017) de Miguel Coyula, Quiero hacer una película (2018) de Yimit Ramírez.
         ¿Cuál es el motivo de censura? Pueden ser aquellas imágenes de Castro y la represión policíaca de los 70 y 80 que, no por conocidas, dejan de ser perturbadoras. O puede ser, como en Nadie de Coyula, el estigma de un poeta oficialmente declarado “traidor” y “enemigo del pueblo”. En el caso de Porcel, a diferencia del Rafael Alcides de Coyula, un enemigo que es también un exiliado. En ambos la nobleza agranda el estigma.