Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

sábado, 9 de noviembre de 2019

Gabriel Zaid sobre la corrupción


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Cabe a Andrés Manuel López Obrador el mérito de haber regresado al centro del debate nacional el tema de la corrupción. Durante toda su campaña el presidente no pareció hablar de otra cosa: la corrupción era, a su juicio, el mal de males de la política mexicana. Todo lo dañino en el país –la desigualdad, la pobreza, la violencia, el autoritarismo, los fraudes, la represión…- tenía que ver con un sistema de corruptelas instaurado durante décadas.
¿Cuáles eran las fuentes intelectuales de esa convicción? El presidente citaba constantemente a Benito Juárez y, eventualmente, al poeta católico tabasqueño Carlos Pellicer. Pero lo cierto es que hay, en el pensamiento mexicano, evidencias más actuales y accesibles de una preocupación por el tema. Pienso en los estudios de Carlos Elizondo Mayer-Serra o Fernando Escalante y en los ensayos de Gabriel Zaid, que felizmente ha rescatado la editorial Debate.
En 1978 publicó Zaid su muy citado ensayo “Por una ciencia de la mordida” en Vuelta. Allí el escritor proponía, ya no una ciencia, sino “dexiología” (dexis, mordida en griego) de la mordida que implicaba una radiografía del sistema de sobornos que sustentaba la relación de los ciudadanos con la autoridad en México. Para Zaid la mordida no era sólo la conocida transacción con el policía para evitar la multa sino la práctica generalizada de extorsiones que convertían la vida pública mexicana en un embrollo patrimonialista.
En otros ensayos posteriores, incluidos ahora en El poder corrompe (Debate, 2019), Zaid estudió la campaña de “renovación moral” emprendida por Miguel de la Madrid o la “paz comprada” y la “república simulada” que siguieron al colapso del salinismo, la crisis económica, el magnicidio de Luis Donaldo Colosio y el levantamiento neozapatista de 1994. En uno de sus ensayos de mediados de los 90, justo cuando arrancaban las reformas del sexenio de Ernesto Zedillo, Zaid sostenía que “la corrupción era eliminable”.
No se refería el escritor a toda la corrupción sino, específicamente, a la corrupción como “sistema de organización política”. La forma de lograrlo no había que inventarla, estaba en las propias leyes: aplicar el Estado de derecho, la división de poderes, la autonomía del ministerio público y la institucionalidad democrática sin excepciones. El sistema mexicano, según Zaid, era corrupto porque actuaba como “un Estado de derecho sujeto a excepciones negociables en privado”.
Para Zaid, la corrupción política era eliminable pero confundirla con la corrupción “moral” o “personal”, es decir, prometer “cambiar el género humano” o “llegar al paraíso en la tierra”, era demagógico y, por tanto, parte de la corrupción misma. Otra diferencia entre las ideas sobre la corrupción de López Obrador y Zaid era que mientras el primero asociaba ese vicio con el periodo neoliberal, el segundo lo remontaba al sistema de partido hegemónico y presidencialismo inacotado de la post-Revolución.

jueves, 24 de octubre de 2019

El triunfo literario de los derrotados políticos


No es exclusivo del exilio republicano español. De hecho, es bastante más común de lo que se cree en toda la tradición literaria latinoamericana. Me refiero al desarrollo de una literatura refinada en condiciones de opresión o derrota política. Pienso, por ejemplo, en buena parte de la narrativa del boom de la nueva novela latinoamericana, producida en tiempos de dictaduras o autoritarismos (Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez...) de derecha. Pero, también, en la literatura del post-boom, tipo Roberto Bolaño o Ricardo Piglia, a quienes tocó escribir en tiempos de transiciones democráticas en las que no se reconocían. Por no hablar de tantos escritores cubanos de las últimas seis décadas, que han producido lo mejor de su obra literaria, que, en muchos casos, es, a la vez, lo mejor de la literatura cubana, fuera de la isla.

Pocos plasmaron con tanta nitidez el triunfo literario de los derrotados políticos como los republicanos españoles. Ver, si no, este fragmento de una carta de Pedro Salinas, desde Johns Hopkins, Baltimore, a Guillermo de Torre, por entonces afincado en la editorial Losada, en Buenos Aires, en enero de 1942:


"Encuentro sumamente interesantes sus conclusiones sobre la literatura hecha en España y fuera de España, por los españoles. Y coincido con usted por completo. La razón más poderosa para que la literatura de la España franquista no alcance altura, es la "presión". Es el agobio que tiene que pesar sobre todos los que escriben, de tener que adaptarse a la "situación política" por uno u otro camino. Los más groseros escogen el camino carretero: adulación al caudillo, insultos a la República, ideología barata de tipo fascistoide. Y los otros echan por caminos desviados, como la "tradición", el espíritu religioso, el imperio, etc..., que son formas disfrazadas de adaptarse a la "presión".

sábado, 12 de octubre de 2019

Iroel Sánchez: mentir sobre lo mentido

En un post que no había leído hasta ahora, veo que el propagandista de tiempo completo del gobierno cubano, Iroel Sánchez, vuelve a mentir sobre lo mentido y asegura que el coloquio que realizamos en México, en 2016, sobre el pasado proceso constituyente cubano y del que se derivó el libro El cambio constitucional en Cuba, formó parte de un programa de la USAID para la "subversión" en la isla bajo el gobierno de Donald Trump.
En el comentario que suscita la extrañamente tardía respuesta de Sánchez, en este blog, hace año y medio, decíamos que el panfletista oficial mentía tres veces en una oración: aseguraba que aquella reunión académica buscó crear una nueva Constitución para Cuba, que se repartió dinero entre los participantes y que el financiamiento provino de la USAID, dependencia del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Como podrá observar el lector, Sánchez sólo responde a la tercera mentira y lo hace, mintiendo de nuevo.
La documentación que expone no evidencia que aquel evento celebrado en 2016, cuando todavía gobernaba Barack Obama -no Donald Trump, ¿otra mentira?-, recibiera financiamiento de la USAID sino del National Endowment for Democracy (NED), que no es una dependencia del gobierno de Estados Unidos sino un fondo privado de los partidos políticos y el congreso de ese país. Un congreso que en aquel momento, como ahora, posee grupos que apoyan abiertamente la normalización de vínculos con Cuba y viajan regularmente a La Habana a reunirse con las autoridades que, supuestamente, defiende el panfletista Sánchez.
Quienes hemos participado en el Centro de Estudios Constitucionales Iberoamericanos (CECI Ac) en los últimos años y la gran mayoría de los académicos e intelectuales cubanos, mexicanos o latinoamericanos que han sido convocados por esa asociación civil, somos partidarios del fin del embargo comercial contra Cuba, de plenas relaciones diplomáticas, económicas y culturales con la isla y somos críticos permanentes de la política del gobierno de Donald Trump no sólo hacia Cuba sino hacia toda América Latina. En mis columnas en La RazónLetras LibresEl Pais pueden leerse múltiples piezas ilustrativas de esa crítica.
Aquel encuentro académico que propiciamos en México, como otros pocos que hemos impulsado en los últimos años, no forman parte de ningún plan de "subversión" contra Cuba, ni violan ninguna ley del país en que residimos. Son eventos académicos de los que han resultado productos concretos, como el citado libro, editado por el Fondo de Cultura Económica, que en ningún momento llaman al derrocamiento del gobierno de la isla, si bien señalan múltiples críticas a su sistema político. Iroel Sánchez miente a conciencia. Tan a conciencia que intenta ocultar unas mentiras debajo de otras.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Ilya Ehrenburg recibe a Carlos Fuentes en su dacha



En el suplemento La cultura en México, del 14 de octubre de 1963, Carlos Fuentes entrevistó al escritor soviético, de tan viejas tramas de amistad con México, Ilya Ehrenburg. El encuentro se produjo durante un viaje de Fuentes a la URSS en pleno deshielo, en el que el escritor mexicano se interesó expresamente en la recuperación editorial de escritores, como Pasternak y Solzhenitsyn, y la flexibilización de las libertades públicas en la capital del comunismo mundial. Ehrenburg, que había sido amigo de Diego Rivera durante el exilio de ambos en París, y que había escrito una novela (Julio Jurenito) donde México y los mexicanos daban pie a una crítica paralela al capitalismo occidental y al comunismo soviético, regresó a la Unión Soviética en los años 50 y se reconcilió con el estalinismo.
Fuentes conocía la evolución de Ehrenburg, por lo que sus preguntas eludían la biografía política oscilante del escritor. Pero a cada interrogación de Fuentes, Ehrenburg respondía llevando la conversación a las promesas de Kruschev y el deshielo y a la posibilidad de superar de una vez y por todas el estalinismo, sobre todo, en lo concerniente a la libertad de creación y expresión. Lo que entonces no le perdonaba Ehrenburg a Stalin no era su desprecio por Dostoyevski sino su indiferencia ante Chejov, a quien consideraba el padre de la literatura moderna rusa. Es entonces cuando Fuentes pregunta a Ehrenburg qué piensa de la literatura occidental, a lo que el anciano escritor responde que prefiere a novelistas norteamericanos tipo Hemingway o Salinger, que "muestran" antes que "narrar", y confiesa su desprecio por el "nouveau roman" francés. "Ni siquiera me indigna, me da risa" -dice.
Pero las literaturas que más interesaban al anciano Ehrenburg eran la italiana y la latinoamericana. De la primera mencionaba a Alberto Moravia y Pier Paolo Pasolini. De la segunda, lamentaba "conocer tan poco lo que se escribe en América Latina. Me gustó mucho Gabriela, clavo y canela de Amado. Hace algún tiempo leí El águila y la serpiente de Guzmán". ¿Qué habrá pensado Fuentes, ya embajador del boom de la nueva novela latinoamericana, de la incorregible desactualización de su admirado Ehrenburg? Seguramente el escritor mexicano recordó aquella conversación cuando arreciaron los debates de la Guerra Fría cultural en América Latina a partir de 1966.

martes, 24 de septiembre de 2019

Un socialista español en tres revoluciones


Julio Álvarez del Vayo (1891-1975) es uno de los personajes más fascinantes de la historia española en el siglo XX. No conozco biografías sobre él, pero si alguien la escribiera difícilmente eludirá su incorporación al Partido Socialista Obrero Español, su paso por el Ministerio de Estado durante la Guerra Civil y, lo que es más conocido, su radicalización antifranquista en el exilio, en Estados Unidos y México, que le valió la expulsión del PSOE en 1946, junto a Juan Negrín y otros 35 socialistas.
Aunque fue readmitido póstumamente, en 2008, Álvarez del Vayo carga con el estigma de “agente soviético”, que impide valorar su papel en la Guerra Civil y el exilio e, incluso antes, durante la década del 20 y los primeros años de la Segunda República. El socialista madrileño hizo varios viajes a la Unión Soviética en los 20, de los que salieron, por lo menos, tres libros que hay que leer: La nueva Rusia (1926), La senda roja (1928) y Rusia a los doce años (1929), editados por Espasa Calpe. Luego sería embajador de la República española ante el México postrevolucionario.
Es estimulante leer aquellos libros para constatar la evolución de Álvarez del Vayo frente al fenómeno soviético. Mientras el primero de los volúmenes trasmitía una visión apologética de la gran transformación social y económica que tenía lugar en Rusia, el segundo ya introduce algunas críticas a Stalin que se perfilarán aún más en el último de los libros. La de Álvarez Vayo fue una evolución crítica, muy común en la mayor parte de la izquierda socialdemócrata europea.
En el primero de aquellos libros, Álvarez del Vayo decía que Stalin era, después de Lenin, el “cerebro más eminentemente práctico de la Revolución rusa”, por lo que era lógico que se afianzara su liderazgo dentro del partido. También el socialista español se entusiasmaba con la NEP y con la idea de una dirección soviética colegiada, después de la muerte de Lenin, en la que intervenían líderes muy capacitados como Trotski, Bujarin, Kámenev y Zinoviev, defensores de la tesis de que los dirigentes partidistas, como el propio Stalin, no debían intervenir en el gobierno, respetando la autonomía de las instituciones administrativas.
 Ya en La senda roja (1928) aparecían las primeras alusiones al “debilitamiento de las fuerzas socialistas” por la concentración del poder en la persona de Stalin y, sobre todo, semblanzas particularmente elogiosas de Trotski como jefe del Ejército rojo, diplomático en la paz de Brest-Litovsk, ideólogo del partido y defensor del debate intelectual. Esa inclinación a favor de Trotski se volverá definitiva en el tercero de los libros, donde se denuncia la deportación del bolchevique ucraniano a Alma Ata y su posterior exilio en la isla Prinkipo, Turquía.
Aunque no siempre estaba de acuerdo con la “oposición trotskista”, Álvarez del Vayo no ocultaba sus críticas al despotismo de Stalin, al concluir la década de los 20. No es raro entonces que al ocupar su principal cargo de importancia, con el gobierno de la Segunda República, que fue la embajada de España en México, el socialista madrileño impulsara una política favorable a la ideología de la Revolución Mexicana. Jesús Silva Herzog, que había conocido a Álvarez del Vayo en Moscú, cuando el mexicano fue brevemente embajador allí, narró las simpatías del español por la Revolución Mexicana.
En 1931, cuando llegó a México, las relaciones con la Unión Soviética estaban rotas. La misión de Álvarez del Vayo fue relanzar los nexos entre el México revolucionario y la España republicana a todos los niveles. Dos pruebas de que lo logró, a pesar de la brevedad de la Segunda República, fueron el convenio entre ambos países de febrero de 1933, por el cual Madrid transfirió un préstamo de 18 millones de pesos, y el proyecto del monumento a la amistad entre España y México que, aunque no llegó a construirse, se expuso en la Ciudad de México en enero de 1934.

viernes, 20 de septiembre de 2019

A un siglo del primer comunismo mexicano


Comienza a hablarse del centenario de la fundación del Partido Comunista Mexicano, que se cumplirá el 24 de noviembre de 2019. La efeméride es buena oportunidad para repensar críticamente la historia de esa institución, disuelta en 1981, y para confirmar su discontinua relación con el México postrevolucionario. Hablamos, en esencia, de un partido opositor minoritario, pero de gran relevancia cultural, social e ideológica en la historia del siglo XX.
         Algo que caracterizó los orígenes del PCM, y que comparte con otros de la región como el argentino y el chileno, fue su composición transnacional. En su fundación y dirección –hasta 1925, por lo menos-, intervinieron viajeros, refugiados o agentes de la III Internacional en México como el bengalí M. N. Roy, el bolchevique ruso Mijaíl Borodin, el japonés Sen Katayama, el alemán Alfonso Goldschmidt y los estadounidenses Charles F. Phillips (Frank Seaman), Evelyn Roy, Linn A. E. Gale y Bertram Wolfe, que llegaría a ser uno de sus principales líderes.
         Daniela Spenser, que lo ha estudiado en detalle, cuenta que tras la expulsión de Wolfe por el gobierno de Plutarco Elías Calles, en 1925, el núcleo mexicano del PCM, que en los primeros años estuvo bajo el liderazgo del controvertido José Allen, se solidificó con la dirección Xavier Guerrero, Luis G. Monzón, Hernán Laborde y, sobre todo, Rafael Carrillo Azpeitia. En los documentos reunidos por Elvira Concheiro y Carlos Payán y en el periódico El Machete se pueden leer los principales aciertos y limitaciones de aquel PCM.
         Entre los aspectos positivos podrían destacarse la apuesta por los movimientos ferrocarrilero y campesino, la gran interlocución con las artes, sobre todo a través de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, que fueron militantes de la organización, y la perspectiva latinoamericana y anticolonial que introdujeron en la política mexicana: apoyo a Sandino en Nicaragua, a los opositores a las dictaduras de Juan Vicente Gómez y Gerardo Machado en Venezuela y Cuba, a los nacionalistas indios y marroquíes y a los comunistas chinos. Los límites más claros de aquel proyecto se revelan en un sectarismo que, mucho antes de la entronización de Stalin en el poder soviético, los llevó a descalificar al anarquismo, la socialdemocracia y el propio nacionalismo revolucionario mexicano.
         Aunque respaldó claramente la candidatura de Álvaro Obregón, entre 1927 y 1928, El Machete, órgano del PCM, trasmitió una visión caricaturesca de las corrientes políticas del México postrevolucionario. Fuera del zapatismo, ninguna de aquellas corrientes (magonismo, maderismo, villismo, carrancismo, obregonismo…) era verdaderamente “revolucionaria” y todas se reducían a la voluntad de sus caudillos. Esos prejuicios se extendieron a otros liderazgos y organizaciones de la izquierda latinoamericana como Víctor Raúl Haya de la Torre y el APRA peruano o el propio José Vasconcelos y su campaña de 1929 en México.
         Cuando el cubano Julio Antonio Mella, miembro también del PCM y colaborador de El Machete, quien había combatido enérgicamente al APRA, intentó, a mediados de 1928, una alianza con corrientes liberales y nacionalistas contrarias a la dictadura de Machado en Cuba, fue reprendido por las jerarquías comunistas de La Habana y México. El fuerte estalinismo al que se desplazó el PCM tuvo como antecedente aquella intolerancia que, en buena medida, explica la ruptura diplomática entre México y la URSS en 1930.
         La discontinua historia del PCM, en sesenta años de existencia, obliga a preguntarse, tal y como la izquierda le reprochaba al PRI, si el centenario que se cumple es el del primer comunismo o el de todos los comunismos mexicanos del siglo XX. Tal vez haga más sentido pensarlo como una efeméride que implica, centralmente, al primer bolchevismo mexicano y no a todo el devenir de una corriente política que se negó a sí misma varias veces.