Libros del crepúsculo

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domingo, 14 de octubre de 2018

Celia y Bebo según Granma

Es conocida la afición del gobierno cubano por reconocer como parte de la nación a los artistas y escritores exiliados, una vez que mueren. Mientras viven son catalogados de "contrarrevolucionarios", "traidores" o, incluso, "anticubanos". Cuando mueren, por muy críticos que hayan sido del régimen de la isla, son sometidos a una apropiación simbólica, que llega a niveles insultantes. Insultantes no con el público sino con el que muere, al que se despoja de su dignidad. Retengamos esta última palabra.
Cuando murió Celia Cruz el 16 de julio de 2003, leímos en Granma una escueta nota que hablaba de una "importante intérprete cubana, que había popularizado la música de nuestro país en Estados Unidos", pero que "durante las últimas cuatro décadas se mantuvo sistemáticamente activa en las campañas contra la Revolución Cubana generadas desde Estados Unidos, por lo que fue utilizada como ícono por el enclave contrarrevolucionario del Sur de la Florida".
Como sabemos, Celia fue mucho más que una "intérprete", su música no fue únicamente "cubana" y su popularidad no se limitó a Estados Unidos. Sobre su participación en "campañas" o su "uso como ícono" político, lo que dicta el decoro cristiano, en una situación de duelo, es reconocer que si una persona profesó ideas distintas a las de otra, o distintas a las de un Estado, simplemente estaba en su derecho. Presentar esas ideas como actuación "contra la Revolución Cubana" es tergiversar la identidad del que muere, reafirmar su condición de enemigo y, a la vez, abrir la puerta para desligar su obra cultural de sus convicciones políticas. Algo que va contra lo que José Martí llamaba "culto a la dignidad plena del hombre". De la mujer Celia Cruz, en este caso.
Diez años después, cuando murió Bebo Valdés, el 22 de marzo de 2013, Granma, más cuidadoso en esta ocasión, dedicó un editorial en que se limitaba a destacar los aportes de Bebo a la música y su amplio reconocimiento internacional. No se dijo nada entonces, en medios oficiales, de la postura política de Valdés, lo cual era otra forma de irrespeto o escamoteo. Si a Celia se le fijaba como "traidora" en la prensa oficial, a Valdés se le despojaba de su rechazo genuino al sistema político instaurado en Cuba, que lo llevó al exilio.
Aquella discordancia en el trato oficial de la muerte de Celia y Bebo se acaba de corregir. Un artículo de Pedro de la Hoz en Granma, a propósito del cumpleaños número 100 de Valdés, que ha provocado muy buenas coberturas en la prensa iberoamericana, amplifica el enfoque que los medios cubanos dieron a la muerte de Celia. En el texto se reconocen las virtudes de Bebo como compositor, arreglista e intérprete, aunque se limita bastante su biografía al periodo habanero de los 50, del batanga, la orquesta Sabor de Cuba, Tropicana y el Benny.
En tres líneas se alude la impresionante obra de Bebo en las tres últimas décadas. Se habla de Calle 54, de sus álbumes Lágrimas negras con Diego el Cigala, Juntos para siempre con su hijo Chucho Valdés y, sin mencionar propiamente el título, del clásico Bebo Rides Again, de 1994!, con Paquito D'Rivera, Arturo Sandoval, Patato Valdés y otros, a quienes, por supuesto, no mencionan. Como tampoco se menciona a Fernando Trueba o a Nat Chediak, de quienes, sencillamente, no se puede dejar de hablar si de la recuperación de la música de Bebo se trata.
Pero lo más insultante de la nota es que, a pesar de su parquedad y sus silencios a voces, Granma no pierde la oportunidad de callar ante lo que más le incomoda, que es que un artista, que para colmo vivió fuera de la isla por más de medio siglo, exprese libremente su rechazo al sistema cubano. Dice el articulista que Bebo "nunca entendió los cambios que tuvieron lugar en su país natal". Como si un Estado tuviera la potestad de decidir quién entiende o no la realidad o como si el no entender fuera prueba de alguna traición.
Antes, en el periodo soviético, en las publicaciones más serias de la isla, cuando había que referirse a algún intelectual exiliado luego del triunfo de la Revolución, se decía: "abandonó el país en desacuerdo con la ideología marxista-leninista". La frase, a pesar de su dogmatismo, era menos irrespetuosa que las que se utilizan para la valorar la obra de los grandes creadores cubanos exiliados, en las publicaciones de la isla desde los años 90. El nacionalismo y sus parques temáticos son, en el fondo, más maniqueos e injustos que las viejas ideologías de la Guerra Fría.

2 comentarios:

  1. Muy cierto lo que dices, pero yo creo que lo peor de todo es que no tienen ni el coraje, ni la decencia, ni la verguenza de explicar, justificar o ventliar el ninguneo que les hicieron por seis decadas, el haberlos eliminado de la cultura cubana y negarle a varias generaciones el acceso a su musica. No soy iluso, jamas haran eso.

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  2. Admiro la voluntad de dialogar con el régimen cubano de Rafael Rojas. Creo que no se debe abandonar el diálogo. Pero los diálogos tienen sus leyes, funciones y limitaciones. Una ley básica del diálogo, por ejemplo, es encontrar un lenguaje común. Se dialoga por ocio o para resolver problemas. Cuando una parte habla en condiciones inseguras entonces no existe un diálogo eficaz.

    Debe tenerse en cuenta cuándo se dialoga sobre ideología y cuándo sobre propaganda. Se puede dialogar o razonar sobre ideología, pero no se puede razonar con la propaganda. La propagada solo se puede creer o explicar porque la propaganda no es razonable sino creíble. Responder a la propaganda, aunque sea de manera negativa, muestra que ha sido efectiva de alguna manera.

    Pensar críticamente sobre la propaganda significa explicar por qué, cómo, o las circunstancias de lo que se dice. Rojas explica cómo funciona y muestra evidencia en todos los casos, como sus entradas sobre la reseña de su libro y la apropiación castrista de Celia y Bebo. Pero hay que dar más detalles. Por ejemplo, el régimen elimina a los “enfermos” (o enemigos) para evitar la “epidemia” social, cuando no puede entonces los ignora, cuando no, enseña a su audiencia cómo defenderse del “contagio” de acuerdo a su “toxicidad”. Rojas es más tóxico. Celia y Bebo son menos.

    Casa de las Américas enseña a los lectores latinoamericanos cómo “defenderse” de Rojas y eso indica la creciente influencia del historiador y ensayista en el mundo hispánico, pero los más inteligentes, como Silvio Rodríguez (véase reseña sobre Jesús Díaz)), no creen en Casa.

    Soren Triff
    Bristol, Rhode Island

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