Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

sábado, 22 de julio de 2017

Un error histórico y político de Elier Ramírez Cañedo

En las páginas que me dedica en su libro con Carlos Joane Rosario Grasso, titulado El autonomismo en las horas cruciales de la nación cubana (La Habana, Ciencias Sociales, 2008), como parte de los "peores opositores que se han convertido en alabarderos del autonomismo"(p. X) -según el prologuista, Rolando Rodríguez, yo compartía esa terrible nómina con los historiadores Rafael Tarragó y Antonio Elorza-, Elier Ramírez Cañedo asegura contundente: "en definitiva el único ex autonomista que participó en la Constituyente de 1901 fue Eliseo Giberga y votó a favor de la Enmienda Platt" (p. 171). Ramírez Cañedo repitió el error en un dossier de La Jiribilla, con motivo de la presentación del libro en La Habana, en 2009, al que respondí desde El Nuevo Herald con dos artículos: "Las mañas del oficialismo" y "¿Qué es la historia oficial"?. Y, como quien prefiere tropezar tres veces, volvió a repetir el error en la reedición del mismo fragmento de su libro, en 2014 en la revista Calibán, que reprodujo, naturalmente, Iroel Sánchez en su blog La Pupila Insomne.
Por lo visto, el pasaje contra mí era una reacción al capítulo "Otras soberanías de la patria", de Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba (Colibrí, 2008), donde se defiende, con citas precisas, que hubo patriotismo, críticas al anexionismo y hasta un civismo republicano en pensadores autonomistas, durante la segunda mitad del siglo XIX -en un texto posterior "La esclavitud liberal", capítulo de Los derechos del alma (2014), expongo que también hubo abolicionismo en el autonomismo, y no sólo en Miguel Figueroa o Rafael María de Labra, que son los casos más conocidos. Ramírez, siguiendo al pie de la letra el relato oficial, establece un signo de igualdad entre autonomismo, esclavitud, colonialismo y, por si fuera poco, anexión a Estados Unidos.
Aquel libro mío de 2008, sin embargo, no era citado por Ramírez y Rosario: el que citaban era otroJosé Martí: la invención de Cuba (Colibrí, 2001), donde, aunque no se estudia el autonomismo, los autores concluyeron que mi idea de la nación era autonomista, porque un contrarrevolucionario no podía ser martiano, así de necio era el argumento. También citaban una reseña  -escrita a la velocidad de las reseñas, prescindiendo de nombres propios, lo cual facilitaba la frase fuera de contexto, la infantil cacería de pifias y la elusión del debate conceptual- del libro de los historiadores españoles Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza, Cuba/ España. El dilema autonomista, 1878-1898 (Colibrí, 2001), donde se desmontan, uno a uno, los estereotipos que la historia oficial cubana ha endilgado al autonomismo como una causa "antinacional" en el siglo XIX.
Por supuesto que no fue Giberga el único ex-autonomista en la Asamblea de 1901: también estuvieron allí Diego Tamayo, Eudaldo Tamayo y Alfredo Zayas y estos dos últimos votaron contra la Enmienda Platt. Hubo, por lo menos, cuatro ex-autonomistas en la Constituyente: dos votaron en contra y dos a favor de la Enmienda Platt ¿Por qué escamoteaba Ramírez Cañedo esa información clave? Porque su objetivo era presentar a los autonomistas como antipatriotas y plattistas, es decir, como antepasados de los contrarrevolucionarios de hoy, los ahora llamados "centristas". ¿Qué otras pruebas da Ramírez Cañedo de la deriva de los autonomistas hacia el anexionismo en la República? El dato superficial y forzado de que algunos de ellos como Fernando Freyre de Andrade y Eduardo Yero Beduen, el independentista bayamés que también pasó por el autonomismo, aunque Ecured no lo crea, fueron ministros del gabinete de Tomás Estrada Palma. Lo que sugeriría que aquel primer gobierno de Estrada Palma fue anexionista y eso no es sostenible con rigor historiográfico, aunque concluyera solicitando una intervención norteamericana en 1906.
A la historia oficial le cuesta trabajo pensar los cambios de posiciones o las borrosas fronteras ideológicas que suele haber entre distintas corrientes políticas del pasado de la isla. No distingue entre ideología y política, una de las premisas del ABC leninista. Por ejemplo, si hubo separatistas de la Guerra de los Diez Años que se volvieron autonomistas o anexionistas, entre los años 1880 y 1890, difícilmente podrían no ser tratados como traidores. Pero si el tránsito es al revés, del anexionismo y, sobre todo, el autonomismo al separatismo, la historia oficial perdona ese pasado bochornoso y hasta deja de considerarlos "ex-autonomistas". Esa arbitrariedad demuestra ya no una "politización", el término que nos achacaba a Elorza, Tarragó y a mí, sino una burda partidización o uso sectario del pasado, que ha quedado más que comprobado en los últimos días con los artículos de Ramírez Cañedo en Cubadebate y Granma, contra los "centristas", como autonomistas y, por tanto, anexionistas del siglo XXI que deben ser excluidos.
Una de las tesis de Bizcarrondo y Elorza en su gran libro, que ninguno de esos tres autores pudo refutar, es que hablar de autonomismo y anexionismo después de 1898 tiene muy poco sentido. El campo político cubano y el sistema de partidos se recompuso después de la intervención norteamericana de 1898 y de la proclamación de la República el 20 de mayo de 1902. Y si poco sentido tenía aplicar esas etiquetas a corrientes políticas republicanas, menos lo tiene hoy, más de un siglo después. Sólo dos párrafos, en un libro de 402 páginas, que ni siquiera citaron íntegramente, les sirvieron de base a Ramírez, Rosario y Rodríguez, para tratarme -hablando de "odio" y "fango"- de "timador", "inefable", "alabardero", "ignorante", "mentiroso", "especulador de medio pelo", "Pinocho", "Judas", "vendido por 30 monedas", "lanzador de dardos envenenados", que no "debía meter sus narices en la historia de Cuba", que fanáticamente creen propiedad exclusiva de su partido y su Estado.
Como observará el lector desprejuiciado de los acápites "¿Una vía autonomista hacia la República"? y "La reparación historiográfica" (pp. 92-111) de mi libro, y no de oraciones sacadas de contexto, siempre me referí a Alfredo y no a Federico o a Francisco de Zayas, porque un párrafo más adelante hablo del gobierno liberal de Zayas, de 1921 a 1925, como una evidencia de que no todo el autonomismo derivó hacia el conservadurismo en la República, como sostienen Rolando Rodríguez y Elier Ramírez. El paso de Zayas por el autonomismo tampoco fue tan breve, desde 1883 hasta el mismo año de 1895, cuando se une, como muchos otros (Varona, Sanguily, Heredia...), al Partido Revolucionario Cubano. Sanguily, aunque le duela a Rodríguez o a Ramírez, perteneció a lo que se conocía como el Círculo Liberal -no, por supuesto, a la Junta Central autonomista- y en un discurso en Matanzas, el 15 de enero de 1887, decía que "el Partido Liberal era el paladín de la libertad en Cuba" y que "merecía toda su simpatía". La mención a José Fernández de Castro es, evidentemente, una errata, no una confusión, ya que antes se había hablado del trabajo periodístico de Rafael Fernández de Castro dentro de la valiosa vida cultural autonomista.




jueves, 20 de julio de 2017

Fisuras de la intelectualidad orgánica en Cuba

La resistencia visible de algunos pocos intelectuales cubanos, como Aurelio Alonso, Pedro Monreal y Julio César Guanche, a la campaña contra el "centrismo", expone ángulos de la mutación de la esfera pública cubana, en el siglo XXI, que vale la pena analizar con cuidado. Lo primero que habría que advertir es la pérdida acelerada de los protocolos del debate intelectual en el grupo de ideólogos que controlan los medios hegemónicos de comunicación y la red de blogs gubernamentales. El caso del blog de Iroel Sánchez, La Pupila Insomne, tal vez sea el más emblemático, pero lo más grave es que no es el único. Son decenas las bitácoras oficiales dedicadas profesionalmente a la calumnia y la difamación del reformismo socialista en la isla.
Es inevitable la observación de que la resistencia no tiene lugar en medios centrales del campo intelectual, como La Gaceta de Cuba o Temas, sino en sitios periféricos, como Segunda Cita, el blog de Silvio Rodríguez, la página electrónica de Cuba Posible y la sección de comentarios de Cubadebate. Las objeciones más articuladas a la campaña anticentrista, que a mi juicio son las de Guanche y Monreal, se publicaron en Segunda Cita y en varios comentarios a un artículo de Enrique Ubieta en Cubadebate, menos anticívico que los posts de Iroel Sánchez o Javier Gómez Sánchez, pero lleno de epítetos y descalificaciones contra Lennier López, Arturo López Levy, Haroldo Dilla y el propio Monreal.
Por último, llamo la atención de que las resistencias al anticentrismo, además de proponer una idea actualizada, crítica y plural de la historia de Cuba, de la Revolución de 1959, del socialismo insular y de la izquierda mundial, en el caso de Guanche, y un concepto de ideología apegado a las dinámicas sociales y económicas y, especialmente, al proceso de desarrollo de la isla, en el caso de Monreal, acatan la jerarquía del liderazgo del país y del Partido Comunista de Cuba. En otras palabras, estos intelectuales -no sólo Guanche y Monreal sino también Aurelio Alonso y Silvio Rodríguez- se inscriben dentro de una institucionalidad subalterna, que tiene el valor de defender espacios alternativos como Cuba Posible, pero que aspira a un vínculo orgánico con la ideología del Estado.
Estas observaciones pueden llevarnos a concluir que la reacción contra la campaña anticentrista describe tanto una fisura como una pugna por la hegemonía del campo intelectual y la ideología de Estado en Cuba. Una pugna que pasa por la resignificación del concepto de socialismo, que la vieja dirigencia, especialmente la del aparato ideológico del partido, que apadrina a los anticentristas, no acaba de asimilar. Por ahora, como bien dice Ubieta para sostener el ahistórico y falaz argumento de que en Cuba, a diferencia del "resto" de América Latina, no se necesita un "frente amplio" porque hay una Revolución en curso, quienes detentan el poder son ellos, es decir, los totalitaristas o, como la hemos llamado aquí, la derecha post-fidelista: en el futuro habrá que ver. Basta con que el reformismo intelectual encuentre verdadero respaldo en la burocracia aperturista para que las cosas se inviertan y quienes deban hacer resistencia desde la periferia sean ellos.
Todos los que se han opuesto a la campaña sostienen la necesidad de "unidad" entre los socialistas cubanos, a pesar de que, como hemos señalado en esta página desde hace años, los socialismos que defienden unos y otros son cada vez más distintos. Guanche llega a formular la demanda de unidad desde cierto testimonio de orfandad, al aludir a que la ausencia de mentores como Alfredo Guevara o Fernando Martínez impide poner a dialogar las diversas corrientes dentro de la intelectualidad orgánica. Pero los anticentristas, especialmente Enrique Ubieta y Elier Ramírez Cañedo, parecen decir que la unidad sólo tiene sentido luego de la exclusión de los centristas. De manera que van por toda la hegemonía -lo cual supone una contradicción en términos estrictamente gramscianos- o por una nueva depuración ideológica del campo intelectual cubano.

martes, 18 de julio de 2017

Del marxismo al reformismo: ideólogos contra economistas



No conozco a un buen economista, formado en Cuba entre los años 60 y 90, que hoy no sea reformista. Todos, de mayor o menor cercanía con el gobierno y el partido -José Luis Rodríguez y Osvaldo Martínez, Omar Everleny y Juan Triana, Pedro Monreal y Julio Carranza, Mauricio de Miranda y Pavel Vidal...- han defendido en los últimos años las reformas económicas en curso y la mayoría de ellos ha demandado mayor velocidad y profundidad a las mismas. Todos, en resumidas cuentas, son partidarios de la incorporación de elementos del mercado en la economía planificada y de la dilatación del sector no estatal.
En el último año, en un deja vu que a algunos remitirá a 1996, cuando el cierre del CEA, a otros a 1986, cuando la defenestración de Humberto Pérez, presidente de la Junta Central de Planificación, y el inicio de la llamada Rectificación de errores y tendencias negativas, y a otros más, a 1971, cuando se clausuró la revista Pensamiento Crítico, la arremetida retórica contra la apertura al mercado y contra el restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, ha vuelto a evidenciar una pugna histórica y, por lo visto, irreductible dentro de las élites cubanas.
Algo que confirma esta enésima ofensiva oficial contra la heterodoxia, en Cuba, es que mientras más seriamente marxista es el pensamiento del intelectual, mayores posibilidades tiene de transitar hacia el reformismo. Hubo siempre un reformismo latente en economistas del periodo soviético en Cuba, como Carlos Rafael Rodríguez, y ese talante lo heredaron sus continuadores en el aparato técnico de administración del Estado, como Humberto Pérez. Con motivo de la cruzada contra el centrismo, en los últimos meses, éste último ha tenido dos intervenciones que habrá que archivar.
Una de ellas fue su participación en el lanzamiento de un número de la revista Temas, dedicado a la reconfiguración del sector público en Cuba -sugiriendo desde el título una distinción entre sector público y sector estatal, que ya es, de por sí, un indicio de cambio a nivel discursivo-, y la otra, un post suyo que colgó Silvio Rodríguez en su blog Segunda Cita. La reaparición de Humberto Pérez en la esfera pública cubana, con un posicionamiento de respaldo a la profundización de las reformas en Cuba, es otra confirmación de que es más fácil el diálogo entre marxistas y liberales que entre nacionalistas y demócratas. Sobre todo, si esos nacionalistas son marxistas-leninistas ortodoxos que, luego del colapso de la Unión Soviética, transfirieron el objeto de su fe, dejando los dogmas intactos.

domingo, 16 de julio de 2017

La campaña contra Cuba Posible y el manual del anticentrismo

Sus artífices le llaman "debate de ideas", pero a todas luces se trata de una campaña de descalificación contra toda la gama heterogénea del reformismo socialista en la isla. Ha ido tomando forma en el último año, luego de que el VII Congreso del PCC definiera como "perniciosa" y "dañina" la política de Obama hacia Cuba. Se puede leer en publicaciones oficiales, como Cubadebate, la página electrónica del partido único, o en La Pupila Insomne, el blog de Iroel Sánchez, y ya cuenta con su propio "manual" -el término es de Silvio Rodríguez-, un libro electrónico, titulado El centrismo en Cuba. Otra vuelta de tuerca hacia el capitalismo (2017).
Sus autores -Iroel Sánchez, Enrique Ubieta, Manuel Henriquez Lagarde, Emilio Ichikawa, Carlos Luque Zayas Bazán, Elier Ramírez Cañedo, Raúl Capote, Javier Gómez Sánchez...-, son expertos en este tipo de ofensivas mediáticas. Algunos de ellos, los mayores, llevan fácil más de treinta años en esos menesteres. Han perfeccionado el método y han obtenido ganancias: condecoraciones, dirección de instituciones y acceso directo a los medios oficiales de comunicación: los impresos, los electrónicos, Granma y Cubadebate, la Televisión Nacional y la red de blogs gubernamentales.
El extremismo es rentable en Cuba: su ejercicio no sólo produce privilegios y prebendas sino que, en términos políticos, es eficaz. Tomemos, por ejemplo, dos campañas similares, previas a la que ahora mismo se emprende contra Cuba Posible: la que se dirigió contra la revista Encuentro de la cultura cubana, más o menos entre 1996 y 2006, y la que atacó obsesivamente el prestigio de Yoani Sánchez, sobre todo, a fines de la década pasada y principios de la actual.
Tiene sentido relacionar las tres campañas porque algunos de sus portavoces, como Iroel Sánchez, Enrique Ubieta y Emilio Ichikawa, establecen una continuidad explícita entre dichos proyectos, lo cual es extraño si se constata la diversidad de posiciones que hay, digamos, entre dos subsistencias de Encuentro, como Diario de Cuba y Cubaencuentro, y entre esos dos espacios y 14 y medio, por una parte, y Cuba Posible, por otra. Comprensible genealogía en los casos de Sánchez y Ubieta, que fueron enemigos acérrimos de Encuentro desde antes de que la revista surgiera, pero menos en el de Ichikawa, quien nunca, desde que comenzó a colaborar en Encuentro, todavía residiendo en la isla, hasta el número 43, de principios de 2007 -donde aparece, creo, su último artículo- expresó malestar por el "centrismo" o por el financiamiento de la publicación.
Pero vale la pena repasar la historia de las tres campañas para comprobar su eficacia. La persistente descalificación de Encuentro partió de la repetición ad nauseam de que como contaba, entre muchos otros que nunca se citaban, con financiamiento de la National Endowment for Democracy (NED), que era, según la dudosa fuente de un artículo de opinión del New York Times, "una pantalla de la CIA" -como si no se tratara de dos instituciones muy diferentes o como si a estas alturas de la post-Guerra Fría la CIA necesitase de pantallas-, la publicación, a pesar de su probada apuesta por el diálogo entre los creadores de la isla y de la diáspora, por la reconciliación nacional y la transición gradual y pacífica a una democracia soberanamente construida, seguía los objetivos de "derrocamiento" o "cambio violento" de régimen o "terrorismo mediático" del gobierno de Estados Unidos.
A Encuentro, recordemos, se le dedicó el manual Encuentros, desencuentros, reconocimiento y autorreconocimiento (2000), editado por la UNEAC y firmado por Juan Antonio García Miranda, donde se nos acusaba de "hacer llamados a la violencia", y varios dossiers en La Jiribilla, donde descaracterizaban a su director Jesús Díaz o a Raúl Rivero, a quien encarcelaron en la primavera de 2003 por, entre otras cosas, colaborar en nuestra revista. También se expulsó a Antonio José Ponte de la UNEAC por la misma razón, generando un clima de desconfianza y persecución contra los muchos colaboradores de la publicación dentro de la isla. En eso, en el quiebre de la red de la revista, dentro del campo intelectual insular, la campaña anti-Encuentro fue eficaz. Como muy poco después, también sería eficaz la estigmatización de Yoani Sánchez, sobre todo, dentro de la isla pero también en círculos de la izquierda iberoamericana.
La campaña contra Cuba Posible busca lo mismo: interferir y obstruir la interlocución, en este caso, de un grupo intelectual de la sociedad civil con la ciudadanía de la isla, con la franja aperturista del funcionariado y con sectores, sobre todo, de la izquierda global, que sienten simpatía por el reformismo socialista. Por eso, aunque los autores del manual anticentrista refieren con insistencia el protagonismo de Cuba Posible dentro del reformismo socialista, se cuidan de atribuir el significado de centrismo a todos los actores críticos, autónomos o semi-autónomos de la sociedad civil cubana y, también, a fenómenos del liberalismo o la socialdemocracia globales, como el PSOE en España o el gobierno demócrata de Barack Obama en Estados Unidos.
Los autores del panfleto El centrismo en Cuba (2017) atacan, fundamentalmente, un fenómeno ideológico, al que inventan una identidad falsa. Desde la anacrónica comparación con el autonomismo en el siglo XIX -que en la página de Cuba Posible, por ejemplo, es un referente menos sólido que Félix Varela o José Martí- propuesta por Elier Ramírez Cañedo, hasta la imaginaria orientación socialdemócrata o de "tercera vía", que le endilga Enrique Ubieta y que se deshace a la luz, por ejemplo, de las distintas aproximaciones al republicanismo, el populismo latinoamericano o el socialismo democrático, que hemos leído en las colaboraciones e interesantes dossiers coordinados por Julio César Guanche.
Esa mezcla de distorsión ideológica y caricatura política se hace acompañar del monstruo del financiamiento externo, especialmente de la Open Society Foundation y George Soros, que funciona, como los premios de Yoani Sánchez o la NED para Encuentro -y para Diario de Cuba y Cubaencuentro, todavía hoy-, como la prueba concluyente de la "contrarrevolución" y la "traición". ¿Será eficaz esta campaña, como las dos anteriores? Seguramente sí, pero no habría que olvidar que esa eficacia estrictamente política se ve siempre contrarrestada por la mediocridad intelectual que la sostiene.
Si de ideas se trata, ya Cuba Posible tiene asegurado un lugar de consulta para quienes se tomen en serio el proceso de cambio económico y social en Cuba, en la segunda década del siglo XXI. La revista Encuentro de la cultura cubana es hoy estudiada en algunas de las mejores universidades del mundo como una publicación que contribuyó, como pocas, a reintegrar el fracturado campo intelectual cubano a fines del siglo XX. Con Cuba Posible, al igual que con Cuban Studies, Temas o La Gaceta de Cuba, sucederá lo mismo: son archivos ineludibles de la cultura cubana. Muy pocos, en cambio, recordarán los panfletos de Ubieta, Sánchez, Lagarde y Cía, que sólo serán de utilidad a la hora de documentar la historia de la censura y la exclusión en Cuba.

martes, 11 de julio de 2017

La derecha postfidelista y la cruzada contra el "centrismo"

Pasó en Polonia, Checoslovaquia, Hungría y en la Rusia postsoviética, por lo que tiene todo el sentido del mundo que suceda también en Cuba, único país del hemisferio occidental donde se instauró un régimen del socialismo real. Tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS, en todos esos países, una parte de la nomenclatura se desplazó del marxismo-leninismo soviético a un nacionalismo de derechas que, luego de un breve periodo de incómoda convivencia con el liberalismo, en los 90, hoy hace causa común con los populismos conservadores o neofascistas en Europa del Este. Putin, los hermanos Kaczynski y Orbán son resultado de esa mutación.
Desde 1992, en Cuba se produjo un fenómeno similar, al nivel ideológico de la élite del poder, pero compensado por la permanencia de Fidel y Raúl Castro al mando del país. El aparato ideológico del PCC reemplazó el marxismo-leninismo con un nacionalismo maniqueo, simplificador de la historia de Cuba, en el que se reforzaban sinonimias embrutecedoras como las de "Revolución, Patria, Nación y Socialismo", y se acoplaban esos significantes a las figuras de Fidel y Raúl. Cualquier oposición o crítica a esa nueva retórica, aún desde posiciones socialistas, debía ser descalificada por "postmoderna", "neoliberal", "neoanexionista" o "cubanológica", los nuevos nombres que comenzaron a darse a la contrarrevolución.
Los ideólogos de la Cuba post-soviética (Armando Hart, Abel Prieto, Eliades Acosta, Iroel Sánchez, Enrique Ubieta, Manuel Henríquez Lagarde...), ubicados en la intersección del Ministerio de Cultura, el Comité Central y la Seguridad del Estado, que encabezaban instituciones básicas para el control de la circulación de ideas, se aferraron, inicialmente, al concepto de "identidad nacional" para enfrentar la difusión del postmodernismo, defendido por los artistas e intelectuales de los 80. Aquella primera cruzada se libró contra actores internos y externos, con evidentes diferencias entre sí, pero que convergían en la demanda de reformas económicas y políticas: la diáspora intelectual de los 90, los investigadores del CEA, las revistas Encuentro de la cultura cubana y Cuban Studies.
A principios del siglo XXI, con Hugo Chávez a la cabeza del "socialismo bolivariano" en Venezuela, ese mismo grupo acaparó los medios del oficialismo electrónico para hacer frente a las publicaciones que dentro o fuera de la isla cuestionaban la represión, especialmente después de la primavera de 2003. La Jiribilla, Cubadebate, Ecured, La Pupila Insomne..., se convirtieron en la plataforma de una nueva derecha, que desde una versión superficial y homogénea del "nacionalismo revolucionario", atacó lo que llamaban "terrorismo mediático", un monstruo de mil cabezas donde se juntaban los diarios Encuentro en la Red y El Nuevo Herald, Jesús Díaz y Raúl Rivero, Oswaldo Payá y Elizardo Sánchez, los congresistas cubanoamericanos y Carlos Alberto Montaner.
Tras la convalecencia de Fidel Castro y el traspaso de poderes a favor de Raúl Castro, el cierre del Ministerio de la Batalla de Ideas y las destituciones de algunos líderes jóvenes, destacados en la difamación y el combate al enemigo, se produjo la falsa expectativa de que el nuevo gobierno abandonaba esa orientación de su ideología de Estado. Pero muy pronto se comprobó que con las reformas raulistas la nueva derecha en el poder se ramificaba en una rama tecnocrática o neoliberal, partidaria de reformas económicas limitadas, y otra neoconservadora y totalitaria, cuya misión sería, además de justificar la represión, impedir que el reformismo rebasara su estrecho cauce y amenazara el sistema político.
Aquellos ideólogos que en los 90 encabezaron la cruzada contra el postmodenismo y que en el libro Vivir y pensar en Cuba (2002) se presentaron como alternativa a los ensayistas que Iván de la Nuez reunió en la antología Cuba y el día después (2001), reaparecían ahora como némesis electrónica de Yoani Sánchez, Generación Y, Penúltimos Días, Cubaencuentro y Diario de Cuba. A medida que la oposición interna crecía y se diversificaba, en tensión con segmentos de una nueva sociedad civil, que presionaban a favor de mayor autonomía, sin romper el diálogo con las instituciones, el neoconservadurismo cubano fue captando cuadros en la nueva generación, como Elier Ramírez Cañedo, que renovó la trifulca historiográfica contra los autonomistas -¡un siglo después!- y el chato enfoque de la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.
Unos y otros se han reunido ahora en una nueva misión de su partido único que consiste en atacar el reformismo socialista que, desde dentro de la isla, se identificó con el proceso de normalización diplomática y que exige la ampliación de derechos civiles y políticos de la ciudadanía. El blanco preferente parecen ser el proyecto Cuba Posible y sus gestores, Roberto Veiga y Lenier González, pero en el último año, la batería de insultos y descalificaciones de la derecha postfidelista se ha dirigido explícitamente, o no, a voces del periodismo como Fernando Ravsberg, Elaine Díaz y Harold Cárdenas, Periodismo de barrio, La Joven CubaObservatorio Crítico Havana Times, y también a espacios más próximos a la oposición como 14 y medio y Convivencia, así como a publicaciones con vínculos oficiales como On Cuba y Temas.
Las divergencias de todos esos medios son múltiples, pero tienen tres coincidencias que molestan al neoconservadurismo: apoyan las buenas relaciones entre Estados Unidos y Cuba, llaman a preservar y profundizar las reformas y se autodenominan "socialistas". La nueva derecha se moviliza instintivamente contra esas tres líneas, exponiendo su malestar con el presente, pero no para avanzar hacia el futuro sino para regresar, en lo posible, a un pasado ideal, el de la Batalla de Ideas o, mejor, el de la Cuba soviética, anterior a 1992. Ese sentido regresivo sería suficiente para ilustrar el neoconservadurismo, pero no es el único ni el más emblemático de la lógica reaccionaria que guía a esos ideólogos.
Ninguno de los temas de la agenda de la izquierda global -medio ambiente, matrimonio igualitario, comunidades LGTBI, antirracismo, mecanismos de democracia directa, formas de participación ciudadana, autogestión y autonomía, diversidad, igualdad de género, estrategias contra el rentismo o contra la dependencia de las viejas fuentes de energía, multiculturalismo, neomarxismo, derechos humanos de tercera y cuarta generación...- interesa a la nueva derecha post-fidelista. Ni siquiera el deterioro de los índices equitativos de distribución del ingreso, que trabajan los economistas que colaboran en Cuba Posible y Temas, los movilizan. Hay, de hecho, un antintelectualismo y un antiacademicismo, muy parecidos a los de sus equivalentes fuera de la isla, que dirigen, sobre todo, contra economistas como Pedro Monreal, Omar Everleny y Pavel Vidal.
En su ataque, los nuevos derechistas identifican toda la gama del socialismo reformista con un "centrismo" que entienden como socialdemócrata. No piensan, por supuesto, en la rica y heterogénea tradición socialdemócrata (Lasalle, Bernstein, Kautsky, Luxemburgo...) sino en la "tercera vía" de Tony Blair, sin tomarse el trabajo, siquiera, de glosar los textos de Anthony Giddens. Pero como pudo observarse en un debate entre Roberto Veiga, Lenier González y Julio César Guanche, que reseñamos aquí, las ideas de socialismo que manejan esos intelectuales son mucho más plurales y no refieren centralmente a la "tercera vía" británica. En Cuba Posible y Havana Times se ha defendido el socialismo con otros adjetivos: "democrático", "consejista", "libertario"...
La noción de "centro" irrita a los neoconservadores porque desdibuja la polaridad y el binarismo que constituyen el eje de la "mentalidad naufragada" de la reacción, como ha escrito Mark Lilla. No puede haber centro porque en ese patético mundo schmitteano sólo caben dos posiciones, con la Revolución o contra la Revolución, con Martí o con Varona, con Marinello o con Mañach. Al aplicar esa obsesión antitética no sólo al presente, sino al pasado, esos ideólogos caricaturizan la historia intelectual y política de Cuba. Hacen de la historia un panfleto incapaz de convencer a las nuevas generaciones, pero fácil de memorizar por una burocracia cada vez más ignorante. Son antimarxistas y antiliberales, a la vez, como todos los conservadores, de fines del XIX para acá.
La derecha postfidelista no entra en honduras ni en discernimientos. Su idea es vulgar: existe un sólo socialismo verdadero, el del gobierno cubano, y un único capitalismo, el del resto del mundo, menos, suponemos, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, cuatro capitalismos rentistas. Raras veces esos neoconservadores mencionan a Rusia y a China, pero es de suponer que, para evitar mayores incoherencias, no consideren a esos regímenes "socialistas". Convenientemente cierran los ojos al avance del capitalismo en Cuba, lo que no les impide negar que exista un sistema donde se mezclen socialismo y capitalismo, en un mentís al propio Lenin en tiempos de la NEP.
Hay poco que agregar a la crítica de Haroldo Dilla a uno de los voceros de ese segmento, que no habría que entender como corriente intelectual sino como grupo de presión que aspira a todo el poder en la Cuba posterior a Fidel y a Raúl. Tal vez, únicamente valga la pena constatar que ya se perfila una veta fascista en el argumento de que lo que define la diferencia entre los "socialistas" -es decir, los partidarios acríticos del gobierno cubano- y los "capitalistas" -todos los demás-, es un atributo "moral" o "subjetivo". El "hombre nuevo" guevarista vendría siendo, en la mente de esos "asalariados del pensamiento oficial", una variante del "superhombre", no de Nietzsche sino de Rosenberg, que a fuerza de voluntad encarna el ideal puro de una nación. Esa idea no es socialista ni de izquierda, es totalitaria y fascista.

    

domingo, 9 de julio de 2017

Jean Echenoz retrata a Kim Jong-un



La última novela de Jean Echenoz, Enviada especial (Anagrama, 2017) es como si se hubiera metido a Quentin Tarantino y John Le Carré en una licuadora. El resultado es un cocktail hilarante, en el que unos decadentes músicos del infumable pop francés de los 70, se ven envueltos en una operación de desestabilización de Corea del Norte, luego de dedicarse a todo tipo de oficios, incluidos los de asaltantes de bancos, secuestros, sexo carcelario y asesinatos a sueldo. Uno de los mejores momentos de la novela es cuando Echenoz capta la entrada en escena del líder norcoreano en algún palacete comunista de Pyongyang:

"Al anochecer, antes del banquete, el líder supremo en persona apareció al son de la canción "Du même pas", escrita en su honor por el compositor Ri Jong-o, que suscitó al instante una profunda y unánime reverencia. Rollizo y barrigudo, gruesa cara rubicunda oval homotética con un grueso busto oval -huevo de pata sobre huevo de avestruz sin conexión que los una- avanzaba con aire obcecado, afectado, compensando su breve estatura, como su querido líder padre, con espesas calzas sobre las que caminaba balanceando los brazos lejos del cuerpo. Constance se enteraría más adelante de que cultivaba su parecido con su abuelo líder eterno, reproduciendo sus gestos, su andar, sus mímicas, sus trajes y  su corte de pelo rasurado en las sienes, esponjado detrás con la raya al medio. Se murmuraba incluso, pero tantas cosas de murmuran bajo el cielo, que no menos de seis intervenciones quirúrgicas habían acentuado ese mimetismo".

sábado, 1 de julio de 2017

Contra la modernolatría



Iván Illich (1926-2002) fue un pensador austriaco con una vida itinerante, de múltiples residencias, como su propio pensamiento: Viena, Florencia, Croacia, Salzburgo, Princeton, Nueva York, Puerto Rico, Cuernavaca… Su padre era originario de Dalmacia y su madre una judía alemana, convertida al catolicismo en la Viena del desplome del imperio austro-húngaro y el nacimiento del nazismo. Los orígenes de su filosofía están en la teología católica posterior al Concilio Vaticano II y las izquierdas contraculturales de los 60, pero también en la vivencia de la barbarie europea de mediados del siglo XX.
         La experiencia de Illich en México, en los años 60 y 70, a través del Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) de Cuernavaca, propició el diálogo con algunos intelectuales católicos mexicanos, como Gabriel Zaid y Javier Sicilia, que en sus propios textos han admitido la deuda con el autor de El derecho al desempleo útil (2015). Ahora el joven historiador mexicano Humberto Beck, recién graduado en la Universidad de Princeton con una tesis sobre la filosofía de la historia europea, dedica al pensamiento de Illich el ensayo Otra modernidad es posible (2017), editado por Malpaso.
         El glosario conceptual de Illich, en ensayos como La sociedad desescolarizada (1971), Energía y equidad (1974), Némesis médica (1975) o Ecofilosofías (1984), es muy parecido al de otros pensadores de la Guerra Fría, como los de la Escuela de Frankfurt tardía o los teólogos de la liberación latinoamericana. Beck destaca su interlocución con Paulo Freire, Peter Berger y Jürgen Habermas, pero toda la obra de Illich podría entenderse como una lúcida invectiva contra la modernidad, en un esfuerzo paralelo al de la filosofía post-estructuralista y postmoderna en las últimas décadas del siglo XX.
         Leyendo a Beck confirmamos algo que, sólo en apariencia, sería contradictorio: todo el gran pensamiento moderno es crítico de la modernidad. Descartes y Spinoza, Kant y Rousseau, Marx y Weber fueron modernos antimodernos, si vale el oxímoron. No antimodernos en el sentido reaccionario o conservador, que le atribuye Antoine Compagnon, sino en el sentido de Marshall Berman: modernos que, sin abjurar de los valores ilustrados, objetaron la deshumanización del industrialismo, el imperio del consumo y el endiosamiento de la técnica.
         En La convivencialidad (1973), Illich se enfrentaba al tema habermasiano –una década antes de la Teoría de la acción comunicativa- de la contradicción entre capitalismo y comunidad. Lo singular en Illich sería un enfrentamiento del dilema sin las intransigencias al uso del marxismo vulgar o el neoliberalismo despiadado. Beck advierte que, aunque la orientación del pensador era fundamentalmente socialista, su intercambio con el liberalismo y el republicanismo fue permanente. Esas tres corrientes de pensamiento político formaban parte del mismo acervo o la misma tradición, sin los cuales “otra modernidad” no sería “posible”.
         En la disputa interna, planteada por tres clásicos de la Escuela de Frankfurt –Dialéctica de la Ilustración (1947) de Adorno y Horkheimer, El hombre unidimensional (1964) de Marcuse y Teoría de la acción comunicativa (1981) de Habermas-, Illich optaba por una posición personal. Los cuatro pensadores tenían razón en sus críticas a la racionalidad técnico-instrumental del capitalismo pero no alcanzaban a proponer una “reconstrucción  convivencial” de la sociedad ni una “reivindicación de los ámbitos de comunidad”, indispensables para una experiencia de lo moderno sin modernolatría.
          

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viernes, 30 de junio de 2017

Cercas, historiador




Las novelas de Javier Cercas cuestionan y, a la vez, exponen el deslinde entre ficción e historia. Pero en todas, el narrador busca presentarse como un sujeto desubicado, que ni es historiador ni es literato. Puede ser un escritor o, incluso, un novelista, siempre y cuando el acto de la escritura aparezca como un oficio desnudo, ordinario, sin la menor pretensión de trascendencia. Puede ser, también, un tipo de narrador resueltamente más cerca de la historia que de la literatura, una especie de archivista o notario que da cuenta exactamente de un evento del pasado. Es el caso de su última novela El monarca de las sombras (2017), tal vez la ficción en que Cercas ofrece mayor espacio a la historia escrita, por no decir, a la escritura de la historia y, específicamente, de la historia militar de la Guerra Civil española.
Esta vez Cercas cuenta el relato de su tío Manuel Mena, un joven extremeño que se suma al bando nacionalista de la Guerra Civil y que muere en el frente, en la batalla del Ebro, en el otoño de 1938, pocos meses antes de que termine la breve, pero costosa, parte militar de un conflicto que, en la memoria de la península y sus exilios, dura hasta hoy. Con la evocación del tío emerge toda la trama familiar del autor, por vía paterna y materna, de clara filiación franquista, en Ibahernando, durante la Guerra Civil. Una filiación -valga el pleonasmo- que abarca buena parte del árbol genealógico de Cercas, ya que tanto el padre como la madre pertenecían al patriciado del pueblo extremeño, que se sumó al franquismo.
La última novela del autor de Soldados de Salamina (2001) vendría a proponer una clave personal para la interpretación de la mayor parte de su narrativa o, por lo menos, de su poética. La literatura de Cercas está claramente endeudada con el drama de un intelectual que considera que el levantamiento franquista contra la República fue un error y hasta un crimen, pero que, a la vez, quiere comprender con flexibilidad las razones de quienes se levantaron en armas contra un gobierno legítimo y precipitaron el país en una sangrienta guerra fratricida. En El monarca de las sombras se evidencia que ese dilema es, para Cercas, un drama personal y familiar.
En algún momento de la novela se sugiere que todos los españoles están marcados por ese mismo drama. Pero en su caso, a diferencia, por ejemplo, de alguien cuya familia provenga del bando republicano o del exilio o de alguien que hoy se ubique en una perspectiva abiertamente revisionista, en relación con la visión hegemónica sobre el levantamiento franquista, que favorece paradójicamente a los vencidos, o cercana a la equidistancia, la escisión es inocultable: el héroe de su familia es un tío falangista que murió en la guerra, pero él es un intelectual público que defiende el legado democrático del interregno republicano.
Como en otras novelas de Cercas, lo que más me impresiona en la lectura, es la manera aparentemente diáfana, es decir, perfectamente estudiada en términos estilísticos, de liberar esa tensión o esa ambivalencia entre lo afectivo y lo político, lo personal y lo público. Algo que, a simple vista, parecería imposible en otros contextos tan o más polarizados que el español por causas de guerras civiles, dictaduras o revoluciones, autoritarismos o totalitarismos en el pasado reciente. Se antoja pensar que si esa liberación tiene lugar en la prosa de Cercas es porque hay un entorno ético en la esfera pública española que la favorece y la acompaña.

sábado, 24 de junio de 2017

Un siglo de Visión de Anáhuac

Cien años hace que la colección El Convivio de la Imprenta Celsina de San José de Costa Rica, a cargo de Joaquín García Monge, editó Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes, breve e inmenso ensayo latinoamericano. García Monge fue un intelectual costarricense, que había recorrido Suramérica en los primeros años del siglo XX, en plena difusión del arielismo. De regreso a San José, en 1916, emprendió la edición de la revista Colección Ariel. Repertorio Americano, inspirada tanto en José Enrique Rodó como en Andrés Bello, que envió puntualmente a Alfonso Reyes, por entonces exiliado en Madrid.
         Desde aquellos años, como ha estudiado Alberto Enríquez Perea, se inició una rica correspondencia entre García Monge y Reyes que integra un capítulo más de ese “humanismo errante americano”, tan bien descrito por Adolfo Castañón. De aquel epistolario surgió la idea de incluir algo de Reyes en la colección El Convivio de García Monge. Ese algo fue nada menos que Visión de Anáhuac (1917), texto que, como recuerda Enríquez Perea, Octavio Paz llamó “gran fresco en prosa” y Valery Larbaud, “verdadero poema nacional”.
         Es interesante fijarse en los comienzos de aquellos ensayos en los albores del siglo XX. El punto de partida era siempre la geografía y la demografía, la naturaleza y el hombre, el paisaje y la raza. Manuel Gamio, más retóricamente, empezaba Forjando patria (1916): “en la gran forja de América, sobre el yunque gigantesco de los Andes, se han batido por centurias y centurias el bronce y el hierro de razas viriles”. Reyes, con mejor gusto, arrancaba con la “sorpresa” de los viajeros y los cronistas de Indias del siglo XVI ante las pulpas frutales y las mieles desconocidas.
         Pero muy pronto, también Reyes colocaba en el origen de cualquier expresión de lo nacional, la epopeya del hombre en la naturaleza. La desecación del valle de México, entre 1449 y 1900, podía entenderse como trasfondo de todo el proceso civilizatorio de la nación mesoamericana en cuatro siglos. Cuatrocientos años que, a su juicio, se dividían en tres grandes periodos y regímenes políticos: el del imperio mexica, el del virreinato novohispano y el de la república independiente.
         Tres edades, tres “civilizaciones” y tres “razas”, agrega Reyes, sugiriendo que la tercera sería la criolla o mestiza, aunque sin ahondar en representaciones eugenésicas, muy comunes en Justo Sierra o José Vasconcelos. Pero tan interesante como esa elusión de los tópicos evolucionistas es la insistencia en la discontinuidad entre aquellos grandes ciclos históricos: “poco hay de común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción política que nos dio treinta años de paz augusta”.
         Es muy significativa, en un exiliado de lo que podría entenderse como “la contrarrevolución mexicana”, la definición del Porfiriato como “ficción”. Pero más aún, la asociación del régimen porfirista con una monarquía. Cuando Reyes hablaba de “tres monarquías, divididas por paréntesis de anarquía”, no se refería, como algunos suponen, a la borbónica, la de Iturbide y la de Maximiliano, sino a la azteca, la castellana y la porfirista. Pero a diferencia de Paz, Reyes no veía la historia de México marcada por una maldición despótica.
         Lo único constante en ese paso de una civilización a otra era la “consigna de secar la tierra”. De Netzahualcóyotl a Luis de Velasco y de éste a Porfirio Díaz, operaba la obra metahistórica de un Estado, decidido a desecar y desforestar. El llamado a poblar llevaba implícita una sujeción de la naturaleza, que trastocaría fatalmente aquella “visión”, aquella imagen de Anáhuac legada por viajeros y cronistas. “Nuestro siglo nos encontró –concluía Reyes- echando la última palada y abriendo la última zanja”.

miércoles, 21 de junio de 2017

Por qué no hay revoluciones en el siglo XXI




Recuerdo que en los años de la Primavera Árabe y Occupy Wall Street se decía que las nuevas tecnologías eran las vías de transmisión del espíritu revolucionario en el siglo XXI. Pero un personaje de Estridente, dulce (2017), la novela de Adam Thirlwell que leo en estos días, sostiene lo contrario. Los dispositivos electrónicos personales son los grandes neutralizadores de la revolución en nuestra época. No porque alienen a atonten al ciudadano, como sostiene la robinsonada tecnofóbica,
sino porque lo convierten en una víctima más fácil de la represión:

"Romy
No, déjame decirte por qué no habrá ninguna revolución...

Yo
Está bien...

Romy
Porque si tú eres una de las personas que tienen un iPhone o algo parecido para tuitear y demás, en cualquier revolución como es debida serías un blanco...

Yo
¿Cómo dices?

Romy
Sí, aquellos que tienen múltiples cuentas bancarias y hablan catorce idiomas podrán largarse y ponerse a salvo en Mustique. Pero la gente feliz que simplemente tiene lo suficiente para vivir pero no para, digamos, huir, será perseguida. Será perseguida y masacrada. Y la gente feliz sabe esto, lo sabe muy bien. Ésa es la razón por la que permanece muy callada y también por la que nunca llegaremos a ser testigos de ninguna revolución".


lunes, 19 de junio de 2017

Narcisismo y miedo a los aviones




Por ejemplo, este diálogo de Estridente y dulce (Anagrama, 2017), la última novela de Adam Thirlwell:

Yo
¿Te he contado lo que me pasó una vez en un avión?

Romy
No, bizcochito, cuéntame.

Yo
El avión se dirigía a la pista de despegue y yo estaba convencido de que algo iba mal porque los ruidos que hacía el aparato no eran normales. Entonces advierto que la azafata que está delante de mí le dice en voz baja a la que se encuentra al final del pasillo: "¿Qué sucede?" Obviamente decido que debo hacer algo e impedir que el avión despegue porque si lo hace estallará en llamas. De modo que llamo a la azafata y le digo que lo más seguro sería regresar al aeropuerto y hacer que revisaran el avión, a lo cual ella me contesta que por supuesto podría hacerlo, pero que me irá a buscar un vaso de agua y que, cuando vuelva, le diga si todavía quiero que informe a toda la gente del avión de que estoy tan asustado por un zumbido supuestamente anormal del aire acondicionado que el avión tendrá que perder su turno de despegue y ser revisado durante lo que podría ser un periodo de cuatro a cinco horas.

Romy
¿Y qué hiciste?

Yo
Me quedé callado

Romy
No es tan malo

Yo
Lo que no sé es si mi silencio se debió al conocimiento íntimo de que me estaba comportando de un modo irracional y en realidad no había nada de lo que preocuparse, o si estaba tan imbuido por la vanidad y el deseo de no montar una escena que preferí arriesgar mi propia muerte y la de otras cuatrocientas cincuenta y tres personas en vez de someterme a mí mismo a la posible humillación del anuncio de la azafata.


lunes, 29 de mayo de 2017

Cuando en Cuba se prefería decir "antirrevolucionarios"

A fines de los años 60, en Cuba, subsistían algunas inercias de la libertad de expresión previa, que amparaban la publicación de textos donde con cierta naturalidad se hablaba del derecho a ser "antirrevolucionario". Pongo dos ejemplos de autores que no podrían ser más disímiles: Medardo Vitier, que había muerto a los 74 en 1960, y Reinaldo Arenas, que por entonces tenía 24 años.
En una reseña muy elogiosa que, en 1967, Arenas publicó en la revista Unión, sobre Tute de Reyes (1967), el libro de cuentos de Antonio Benítez Rojo que ganó el Premio Casa de las Américas de ese año, se habla de "gusanos" y "antirrevolucionarios". Arenas, que tituló su reseña "Benítez entra en el juego", dice que en el cuento "Puesta de sol" se analiza la "psicología del gusano" porque el autor explora "el problema de los prejuicios raciales y de la enajenación en que puede caer un personaje que, atormentado por el proceso revolucionario, decide abandonar el país".
Luego, a propósito de "Estatuas sepultadas", a su juicio, el mejor cuento del libro y hasta una novela en potencia que podía ganar el disputado estatuto de "novela de la Revolución", dice Arenas: "por primera vez en nuestra literatura se trata de forma verdaderamente literaria la enajenación de una familia antirrevolucionaria que se encierra en una especie de laberinto, en una prisión física y espiritual". La diferencia parecía residir en el hecho de que el "gusano" era el que se exiliaba y el "antirrevolucionario" el que optaba por sobrevivir aislado, como en Los sobrevivientes (1979) de Gutiérrez Alea, la película basada en el cuento de Benítez
Tanto aquí como en la reedición de Las ideas en Cuba (1938) de Medardo Vitier, en la editorial de Ciencias Sociales, en 1970, se prefería el término "antirrevolucionario" al de "contrarrevolucionario", más estigmatizado por el discurso oficial. Vitier está polemizando con Juan Marinello, quien en algún escrito había llamado al crítico José María Chacón y Calvo, "tradicionalista" y "antirrevolucionario". Vitier defiende a Chacón y, de paso, a Rafael Montoro, y hasta reclama el derecho de cualquier intelectual cubano a ser "antirrevolucionario":

"Antirrevolucionario. Sí, señor, que lo es Chacón, sin mengua alguna en ello. Tiene perfecto derecho a serlo, el mismo que se tiene para adoptar la postura contraria. Eso es todo, y es bastante. Antirrevolucionario fue, en el plano de las cosas coloniales, don Rafael Montoro. Lo fue por educación, por convicción, por temperamento. Y no le faltó amplia esfera en qué servir a Cuba".

Y agrega:

"Cierto que Chacón no milita entre los que piden "la catástrofe", según la expresión consagrada y que emplea Marinello. No la pidió Erasmo, independiente, sin compromiso con los bandos contendientes en el tormentoso siglo XVI. Lo importante es respetar, comprender, lo mismo a los que se abstienen que a los combatientes. Cuando las ideas dan ese fruto han alcanzado su madurez".

miércoles, 24 de mayo de 2017

James Baldwin y el orgullo de la amargura

El documental I Am Not Your Negro (2016), del cineasta haitiano Raoul Peck, basado en el manuscrito inconcluso del escritor afroamericano James Baldwin, Remember This House (1979), sus recuerdos sobre Medgar Evers, Malcolm X, Martin Luther King y la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos en los años 60, es uno de los alegatos más elocuentes contra el racismo de los últimos años. El film tiene como trasfondo la tensión racial que acompañó el tramo final de la presidencia de Barack Obama, pero va más allá en su diagnóstico del racismo en Estados Unidos.
         En escenas como la del debate de Baldwin con William F. Buckley en la Universidad de Cambridge o la de la entrevista con Kenneth Clark en la televisión pública, se ve al escritor negro pasar repentinamente de un rictus grave a una risa enorme y franca, que le envuelve todo el rostro. Raras veces se veía reír así a otros líderes del movimiento por los derechos civiles, que proyectaban en sus caras cuatro siglos de agravio, entre la esclavitud y la segregación. Baldwin, escritor y homosexual, trasmitía una imagen y una gestualidad diferentes, reflejo de sus contradicciones con aquellos líderes.
         La primera divergencia que sale a flote en el film de Peck tiene que ver con la religión. A diferencia de Malcolm X o de Martin Luther King, Baldwin era ateo, o agnóstico, y su visión del islamismo y el cristianismo negros era sumamente crítica y hasta irónica. Las iglesias cristianas de Harlem, que conoció de niño y que aprendió a cuestionar leyendo a Fiódor Dostoyevski en París, le parecían instituciones que habían cumplido un rol legitimador de la opresión y la exclusión de los negros en la historia de Estados Unidos.
         Sin embargo, a pesar de su enorme admiración por Malcolm X, tampoco Baldwin comulgaba con la idea de que el racismo podía atribuirse a una maldad innata del blanco. Los blancos norteamericanos no eran racistas por odio al negro sino por ignorancia, irresponsabilidad y cobardía. Había un núcleo ilustrado en el pensamiento del escritor que lo acercaba al marxismo y al existencialismo de la Nueva Izquierda occidental, para los que la descolonización no pasaba por alguna modalidad religiosa o mística.
         El tono de Remember This House (1979), en la voz de Samuel L. Jackson, es muy parecido al de Notes of a Native Son (1955): una evocación personal, en la que las figuras familiares reaparecen para compensar la memoria del dolor. Pero en el lugar del padre, la madre o las hermanas, ahora figuraban los mártires de la lucha por los derechos civiles en los 60. Aquella honestidad, que en los textos juveniles de los 50 se expresaba por medio del sentimiento de culpa por el exilio en París, en la memoria del adulto se traducía en un duelo y una contrición que, en buena medida, implicaban el lugar de Baldwin como autor reconocido en los círculos literarios de Nueva York.
         Entre la frontalidad de Malcolm X y el pacifismo del doctor King, James Baldwin parecía ubicarse en un punto intermedio que en alguno de sus textos resumió como “orgullo de la amargura”. El sufrimiento de la población afroamericana no podía ocultarse o sublimarse en maneras folkloristas o diletantes, pero tampoco debía ser relegado como testimonio incómodo de cuatro siglos de opresión. El rechazo a integrar racialmente las comunidades, en el orden social, por parte del conservadurismo y, también, de sectores liberales racistas, debía ser emplazado desde las propias bases de la civilización occidental. En esa apuesta, la amargura del racismo sustentaba el orgullo de una identidad étnica.