Libros del crepúsculo

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viernes, 2 de septiembre de 2016

La novela de Blanes

Varios estudiosos de la obra de Roberto Bolaño, y destacadamente la crítica Valeria Brill, han señalado la marca de la experiencia personal en las ficciones del chileno. Una experiencia literaturizada, no sólo porque Bolaño sintiera especial fascinación por la vida de los escritores y, especialmente, de los poetas -lo que él mismo creía y decía ser-, sino por las alteraciones o los montajes de memoria e historia, en torno a episodios vividos en Chile, México o Girona, que se leen en novelas como Los detectives salvajes, Estrella distante o 2666.
Pero si de transcripción de experiencia se trata, la gran novela de la vida de Bolaño habría que derivarla de sus múltiples pasajes sobre personajes y escenas de Blanes, el balneario catalán al que llegó a vivir poco antes de que iniciara su tardío y breve reconocimiento literario. Blanes es la Venecia de Bolaño: el lugar de la agonía final, pero también de la invención literaria de una última playa, de un sitio intrascendente. Invención que Bolaño produjo, no en sus novelas, sino deliberadamente en sus prosas de no ficción, buscando una mayor eficacia testimonial.
Como en toda invención literaria de un lugar, el origen era libresco. Bolaño decía que la primera noticia que tuvo de Blanes fue en México, cuando leyó Últimas tardes con Teresa (1966) de Juan Marsé. Los padres de Teresa, los Serrat, tenían una casa en Blanes, lo que la hacía perversamente deseable a los ojos de Pijoaparte, el charnego andaluz, que, como personaje, es el centro de la novela. Bolaño, con su vida errabunda y multioficio, debió identificarse con aquella historia de amor, ambientada en los años 50, entre Barcelona y Blanes.
En múltiples crónicas sobre Blanes Bolaño se dio a la tarea de dibujar personajes locales como perfiles literarios: el pastelero bonachón Joan Planells, la menuda librera que hace gala a su apellido Pilar Pagespetit, las bañistas del Paseo Marítimo que leen de pie o Josep Ponsdoménech, el anciano poeta de 88 años, con los bolsillos repletos de papeles, donde colecciona poemas ocasionales para viudas desconsoladas, amantes despechados o ediles con la estima baja.
El éxito editorial de Bolaño a fines de los 90 lo convirtió, por lo visto, en un héroe local, en un personaje de aquella novela de Blanes. En 1999, el alcalde del pueblo, Ramón Ramos, invitó al escritor chileno para que fuera el "pregonero" del año y pronunciara las palabras principales en la "fiesta mayor" de la localidad. El discurso de Bolaño, incluido por Ignacio Echevarría en Entre paréntesis (2004), es un homenaje a todos esos personajes de la novela nunca escrita de sus quince años de vida en Blanes. Los viejos de la ciudad le decían que el pregonero debía honrar a los muertos de Blanes pero Bolaño prefirió celebrar a los vivos.

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