Libros del crepúsculo

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lunes, 8 de febrero de 2016

Memoria nacional y crimen de Estado

Al final de la novela La Zona de Interés (2015), Martin Amis plantea el dilema del derecho a la demanda de memoria u olvido, después de un régimen totalitario. Hannah, la esposa del jefe del campo, y Golo, el joven nazi seductor, han sobrevivido, pero no son víctimas: él es un verdugo y ella una cómplice. En un momento de la conversación, Hannah advierte que ha estado casada con uno de los mayores asesinos de la historia y tiene la sensación de que nunca podrá desprenderse de ese pasado monstruoso.
En ese momento, Golo la interrumpe con la siguiente observación: "no tienes derecho a decir eso... Sólo las víctimas tienen derecho a decir que no se puede volver de aquello". El olvido, la reconstrucción de la vida desde cero, luego del holocausto, es un derecho exclusivo de la víctima. Y, sin embargo, es un derecho que raras veces ejercen quienes sufrieron en carne propia el totalitarismo. La memoria nacional después del totalitarismo no iguala a verdugos y víctimas sino que se basa en el reconocimiento de que sólo estos últimos tienen derecho a olvidar.
Reinhart Koselleck ha reflexionado sobre la materia en los ensayos de su libro Modernidad, culto a la muerte y memoria nacional (2011). El crimen de Estado en cualquier totalitarismo implica una culpabilidad sumamente extendida, socialmente, pero nunca absoluta. Las víctimas de un totalitarismo son siempre minorías, que sufren el rigor del castigo mientras dura el régimen y luego son desplazadas del testimonio por otros sobrevivientes. Hay siempre una amplia comunidad de verdugos y cómplices dispuesta a hablar por la víctima y decidida a arrebatarle el testimonio, después de la caída o desde el exilio.
Los usurpadores del testimonio son, como señala Koselleck, los demagogos de la memoria y del culto a la muerte, petrificadores del recuerdo, arquitectos de monumentos "a los caídos" y retóricos de la culpa colectiva. La demagogia parte del agrandamiento artificial de la comunidad de víctimas o de la burda equiparación entre historia nacional y crimen de Estado. Para el demagogo la historia misma es un crimen: el único dato que cuenta en el pasado es el crimen. Nada más ha sucedido. Raras veces quien piensa de esa manera el pasado de su país es una víctima verdadera, alguien que sobrevivió a la cárcel o al paredón de fusilamiento. El sobreviviente, señala Koselleck, no confunde nunca la memoria nacional con la personal, porque ésta última es su patrimonio más valioso.

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