Libros del crepúsculo

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miércoles, 27 de enero de 2016

La ficción y el momento estelar de la historia

Stefan Zweig hablaba de momentos estelares de la historia de la humanidad que fácilmente encontrarían su equivalente en las historias nacionales: el asesinato de Julio César, la caída de Bizancio, el descubrimiento del Pacífico, la batalla de Waterloo, el hallazgo de El Dorado o el arribo de Lenin a la estación de Finlandia... Mezclaba Zweig esos eventos con otros que tenían que ver, más bien, con la biografía del espíritu universal, como un día de la vida de Goethe u otro de la de Dostoyevski. Especialmente los magnicidios, el de Cánovas del Castillo o el de Francisco Ferdinando, el de Lincoln o el de Kennedy, el de Madero o el suicidio de Allende, califican en esa condición de hitos de una historia local o global.
Durante mucho tiempo, cuando la historia estuvo más cerca de la biografía y la literatura, esos eventos que parecían condensar el drama del pasado, eran tópicos codiciados por los historiadores. En las últimas décadas, al menos en la literatura iberoamericana, son narradores o novelistas los que mejor aprovechan tales tramas. Y lo hacen no desde la narrativa o la novela histórica tradicionales, pensadas por Lukács o Ricoeur, como suponen algunos críticos trasnochados, sino en busca de un "relato real" o de una "historia ficción", a la manera de Emmanuel Carrére o Javier Cercas.
En esa vertiente se ubica con soltura la última novela del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973), La forma de las ruinas (2015). Todo magnicidio es un misterio, como bien sabía Shakespeare, que narró el de Julio César y el del Rey Hamlet, porque haya sido obra de uno o varios asesinos solitarios o de una conjura, es igualmente intrigante. La mente del asesino es una cavidad tan rentable para la ficción como las penumbras en que se planea un crimen de Estado. En esa misma fascinación se dan la mano dos novelistas tan disímiles como Truman Capote y Don DeLillo.
Vásquez vuelve sobre un hito de la historia política del siglo XX colombiano, el "Bogotazo", y lo hace desafiando de entrada el relato oficial. Le interesan los sucesos del 9 de abril de 1948, cuando asesinan al popular líder del Partido Liberal, Jorge Eliécer Gaitán, favorito a las próximas elecciones colombianas, y una multitud de seguidores se lanzan a las calles, linchan al asesino, Juan Roa Sierra, y son masacrados por la policía del gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez. A Vásquez no le interesa tanto "el Bogotazo" de los anales del populismo, contado por Fidel Castro, Gabriel García Márquez o Arturo Aldape, como "el 9 de abril", ese día entero.
Para narrarlo se sirve de un personaje ficticio, Carlos Carballo, hijo de uno de los gaitanistas que murieron aquel día y que habría visto al misterioso "hombre elegante" de las crónicas, que supuestamente acarreó a la muchedumbre para que linchara a Roa y llevara su cadáver a palacio. Convertido en coleccionista y ladrón de huesos y reliquias de muertos célebres colombianos, Carballo, precisamente por ser un huérfano del 9 de abril, es también un admirador del personaje histórico Marco Tulio Anzola, quien investigó el otro magnicidio del siglo XX colombiano, el del también liberal Rafael Uribe Uribe en 1914, ultimado a hachazos, a plena luz del día, en el centro de Bogotá, por los artesanos Galarza y Carvajal. Carballo piensa que ambos magnicidios, el de Uribe y el de Gaitán, fueron crímenes de Estado perfectamente camuflados de asesinatos solitarios.
La novela expone el choque entre la visión racional y jurídica de la historia del narrador, Vásquez, en este caso, y la suspicacia inagotable de un teórico de las conspiraciones y los acertijos del poder, el personaje Carballo. La historia que pondera la intervención del azar y la historia de la "causalidad diabólica", de la que escribió con brillantez el historiador ruso León Poliakov. O, en palabras de Vásquez, la visión del pasado "como un caos sin remisión que los seres humanos tratamos desesperadamente de ordenar" y "la visión conspirativa, el escenario de sombras y manos invisibles y ojos que espían y voces que susurran en las esquinas, un teatro en el que todo ocurre por una razón". El mensaje final de la novela, sin embargo, no se inclina claramente por una u otra idea de la historia sino por la duda.

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