Libros del crepúsculo

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viernes, 20 de marzo de 2015

Un pasaje de Marías y el mal de la lectura en clave

De un tiempo a esta parte trato de resistir la tentación de interpretar en clave cubana todo lo que leo. Hubo una época, como se observa en mis primeros libros, especialmente en el prólogo "Cuba entre paréntesis", de El arte de la espera (1998), en que leer era, para mí, precisamente eso: un mecanismo de la alegoría o la cifra. Una búsqueda perpetua de referentes para pensar la nación o -lo que es más inútil y engañoso- el "problema nacional".
Intento evitar la lectura en clave, pero no siempre lo consigo. Es lo que me ha sucedido al llegar a un pasaje de la más reciente novela de Javier Marías, Así empieza lo malo (2014). Ni la trama envolvente, ni esos personajes obsesivos y, por tanto, obsesionantes, ni la sutil ambientación en los primeros años de la transición española, me libraron de pensar, mientras leía, en dos antípodas de la historia cubana reciente: Guillermo Cabrera Infante y Fidel Castro.

"Mientras a mí me tocó conocer y tratar al matrimonio, él ya no se ausentaba tanto, trabajaba menos que en otras épocas pasadas. Conservaba su prestigio, y el hecho de que hubiera rodado un par de largometrajes en Estados Unidos, con producción americana y estrellas bastante célebres, le confirió un aura casi mítica en un país de papanatas como el nuestro. Él se aprovechaba de ello en la medida de lo posible -así como de su figura huidiza o su relativo misterio-, pero no se engañaba al respecto. "Soy más o menos como Sarita Montiel, decía, que se benefició largamente de sus tres o cuatro apariciones hollywoodenses y de haber compartido la pantalla en una de ellas con Gary Cooper y Burt Lancaster. En las otras no tuvo tanta suerte: Rod Steiger, con su Oscar y todo, no le ha servido de mucho, por antipático, histriónico y poco querido, y el pobre Mario Lanza de nada, porque se murió en seguida y ya nadie sabe quién fue ni lo recuerda, ni siquiera su voz famosa se oye. Así que yo dependo en buena medida no sólo de lo que haga a partir de ahora, como cualquiera, sino de las carreras futuras, ajenas a mí, lejanas, de quienes actuaron allí conmigo, o aún es más, de sus destinos en la caprichosa memoria de la gente. Nunca se sabe quién va a ser recordado, en este mundo mío y en todos; no ya dentro de una década o un lustro, sino pasado mañana o mañana mismo. O quién dejará el menor rastro, por muy rutilante que sea hoy su trayectoria, como dicen la televisión y las revistas. Quien más brilla ahora puede no haber pisado la tierra, al cabo de unos cuantos años. Y caerán en el olvido seguro los detestados, a no ser que hayan hecho mucho mal y la gente disfrute odiándolos también tras su retirada o su muerte, retrospectivamente".  



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