Libros del crepúsculo

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viernes, 6 de febrero de 2015

La poesía después de Darwin

La influyente línea de pensamiento de la biopolítica que va de Michel Foucault a Giorgio Agamben y a Roberto Esposito, ha producido un efecto, digamos genealógico, en la historia intelectual y la crítica cultural que, en muchos casos, hace del archivo darwinista una preparación espiritual para el fascismo. Con frecuencia leemos estudios que colocan las distintas variantes del darwinismo social, entre fines del siglo XIX y principios del XX, en una secuencia ideológica fatal, que culmina en Auschwitz. Esta versión vulgar de la "genealogía del racismo" es muy parecida al viejo enfoque de Georg Lukács en El asalto a la razón (1954), que colocaba mecánicamente toda la filosofía idealista, de Nietzsche en adelante, en el camino del nazismo. Partiendo de Foucault, que a su vez partía Nietzsche, se termina suscribiendo tesis muy parecidas a las del peor materialismo histórico.
Más allá de su amenidad o su belleza, el libro de prosas Animal que escribe. El arca de José Martí (Madrid, Vaso Roto, 2014), del poeta cubano Orlando González Esteva, es lectura pertinente para indagar los dilemas analógicos de la poesía después de Darwin. Poesía escrita en poemas, pero también en prosas de muy diversa índole por José Martí, en Nueva York, capital del naturalismo y el evolucionismo, a fines del siglo XIX. Poemas, cartas -especialmente las dirigidas a María Mantilla-, fragmentos, apuntes, diarios y crónicas de Martí están desbordados de observaciones y tropos sobre los animales. Hay un bestiario martiano, no tan perceptible como otros territorios de la poesía del cubano, que González Esteva, en secuencia con su anterior Tallar en nubes (México D.F., Aldus, 1999), quiere presentarnos como un acervo oculto que, finalmente, sale a la luz.
Elefantes, caballos, osos, lobos, tigres, leones, panteras, pulpos, águilas, palomas, peces, dragones, minotauros..., ¿qué animal no aparece en alguna prosa o poema de José Martí? Lector leal de Linneo y Darwin -"frente saliente y adoselada como la del poeta Bryant", "se ve la garra de Darwin en la política, en la historia y en la poesía...", "donde Darwin puso la ciencia ya nadie la quita", "a los hombres se les ha de dar a la vez a leer a Darwin y a Plutarco"...- Martí abrió la poesía al mundo animal desde la certeza de que el hombre pertenecía a ese y no a otro reino, como predicaban todas las religiones, de las que desconfiaba. En la vida de los animales buscó siempre el poeta el devenir paralelo de su propia vida y la de sus semejantes. Martí, tan dado al autorretrato, en la escritura o el dibujo -arte que siempre practicó- se pintaba, a veces, como águila, a veces, como gusano.
Entre todos los animales que encuentra González Esteva en Martí abundan los insectos: mariposas, abejas, hormigas, gusanos. Desde los bichos lumínicos que acompañan a Edison en su hallazgo de la iluminación incandescente, hasta la araña con la que juega el paraguas de Martí, sobre una roca, los insectos son los que más acaparan su mirada. En esa tribu invertebrada -el término latín, insectum, significa cortado a la mitad- Martí, como Mandeville o Marx, encuentra la gran analogía del género humano y, acaso, de la propia persona humana: criaturas escindidas y, a la vez, resistentes, preparadas para la vida en comunidad y para sobrevivir al holocausto. Los más molestos o repulsivos, una mosca o un gusano, son para Martí tipos heroicos:

"Cuentan que un oso quiso quitar una mosca de la nariz de su dueño dormido, e intentó sacudirla con la garra, con lo que dejó la nariz de su dueño mal parada".

Y al final de su Cuaderno de apuntes, se inserta toda una apología del gusano, al descubrir la especie del "Tardigrade", la "última novedad en gusanos", dice, como si hablara de coches o iPhones. La oda al gusano de José Martí debería hacernos repensar las analogías políticas al uso, como recomienda González Esteva, pero también, la metáfora del gusano, la rosa o la entraña del monstruo (Estados Unidos), que recorre buena parte de su poesía y su prosa:

"Yo he observado que los gusanos son cautos, pero no miedosos. Los gusanos son elásticos. ¿Quién se ase mejor que los gusanos? ¿Quién con menos punto de apoyo busca en el aire su camino? Se asen por la cola, por la boca, por el vientre. Magníficos acróbatas los gusanos".

La imaginación biológica o naturalista de Martí, como nos recuerda González Esteva, no era únicamente un recurso lírico. El poeta y político cubano se identificó con Henry Bergh, el creador de la Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (ASPCA), a quien dedicó un obituario en sus Escenas norteamericanas. El maltrato a los animales, escribía Martí, "abestia al hombre". La vida de los animales debía preservarse como si se tratara de la vida de los tripulantes originarios del arca de Noé. Un arca que, en este otro Martí de González Esteva, se dispone como legado literario, contra el diluvio de la desmemoria y las malas lecturas: "la calamidad, la indiferencia de varias generaciones de lectores a quienes solo ha interesado el patriota y el hombre de ideas, y no el escritor sensible e imaginativo capaz de ver en el globo terráqueo un hombre toro que orbita en un laberinto estelar, se desdobla en insecto volador y ávido de luz expira, quizás abrasado".



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