Libros del crepúsculo

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lunes, 26 de enero de 2015

Piglia en su laboratorio

Una antología personal es un autorretrato y, a la vez, una edición de sí del escritor. Son muy comunes las antologías personales de los poetas, pero raras las de los novelistas. Libertad bajo palabra (1960) de Octavio Paz, por ejemplo, fue la antología que agenció el poeta de su producción lírica entre 1935 y 1957, de la que excluyó el poema "No pasarán", un texto de solidaridad con la República española y en contra del golpe franquista, tal vez su versión más explícita de poesía comprometida o "de comunión", como prefería decir. Lo que se excluye de una antología personal es, de algún modo, lo que define la identidad estética y política del autor.
¿Qué es lo ausente en la Antología personal (2014), que ha propuesto el escritor argentino Ricardo Piglia al Fondo de Cultura Económica? Es difícil asegurarlo, pero, en todo caso, lo ausente es la novela, el género en que Piglia se ha destacado más. Y he aquí que esta Antología personal funciona de algún modo como refutación de la lógica de la especialización que impone el mercado y la academia de los géneros. Porque Ricardo Piglia es en realidad un prosista y no únicamente un novelista. Un narrador y un ensayista de primer nivel en la literatura latinoamericana contemporánea y esta antología lo presenta como tal.
Piglia, aunque admirador del ensayo "Contra los poetas" de Witold Gombrowicz, ha echado mano del método de antologarse a sí mismo que siguen los poetas y se ha mostrado como lo que es, un prosista virtuoso y versátil. Sus cuentos "El gaucho invisible", donde se lee un barroco o un criollismo controlado, "El Laucha Benítez", un ejercicio hemingweyano de narrativa de boxeo, o el policiaco y, a la vez, homenaje a Cesare Pavese, "El pez en el hielo", no podrían ser más diferentes. Sin embargo, la prosa de Piglia atraviesa esa diferencia y enlaza los textos bajo una misma autoría.
Los ensayos "El escritor como lector" y "Teoría del complot" son dos clásicos de Piglia, en los que se expone la lectura como instrumento del laboratorio o el taller del escritor. En el primero Piglia narra la historia de la conferencia "Contra los poetas" de Gombrowicz, el 28 de agosto de 1947, en la librería Fray Mocho, de la calle Sarmiento de Buenos Aires -no es Piglia de esos decadentes y lamentosos que reniegan siempre de la "historia" y de la "Historia"- y reflexiona sobre el papel de la "afasia" y el "balbuceo" en la gran literatura y, especialmente, en la gran literatura escrita en una lengua distinta a la materna (Nabokov, Kafka, Beckett), o sobre la celebración y el denuesto del dinero en poetas "banqueros" o "antibanqueros" como el propio Gombrowicz, Stevens o Pound.
De más está decir que Piglia suscribe la tesis central de Gombrowicz: el poeta -o el prosista- no es un elegido que posee un don estético excepcional, ni es el artista de la literatura un demiurgo de la realidad. Lo literario o lo artístico en la literatura no está, en modo alguno, desligado de la recepción o del traslado del texto a otro territorio que produce el lector. La estética literaria no es una propiedad inmanente del estilo o de la lírica, ni es una forma de representación o de saber enemistada con otras, como la historia o la filosofía, que también captan y tuercen la realidad y sin las cuales no habría literatura posible.
El segundo ensayo, "Teoría del complot", sería una prueba de que la literatura no está en otra parte. Aquí Piglia indaga sobre la estructura narrativa de las teorías del complot y la conspiración en la cultura argentina. Encuentra que el complot recorre buena parte de la narrativa de Roberto Arlt, Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges y Macedonio Fernández. Relee a Nietzsche, a Klossowski, a Bataille y a Caillois y descubre que el arte, específicamente, el arte de vanguardia descansa sobre la idea de la confabulación y la intriga. La vanguardia, en el siglo XX, está ligada a la crisis del liberalismo, en buena medida, porque el arte, en tanto manipulación de las masas, contrapone otra racionalidad económica al capitalismo reinante.
El ensayo "Ernesto Guevara, el último lector", que le escuchamos a Piglia en la Universidad de Princeton, es una continuación de ese diálogo entre literatura e historia, propuesto por Lionel Gossman en un libro clásico. Piglia parte de la idea de la lectura como "modelo general de construcción de sentido", que experimenta el intelectual moderno y explora las lecturas del Che Guevara como mecanismos de producción discursiva. En la Sierra Maestra, en el Congo o en Bolivia, Guevara lee a Stendhal o a Sábato o recuerda lecturas, como el cuento de Jack London "To Build a Fire", en el que el protagonista considera el suicidio antes de morir congelado en Alaska, que menciona en Pasajes de la guerra revolucionaria.
El laboratorio del escritor no sólo está atiborrado de lecturas, también de apuntes y otras formas fragmentarias de la escritura, como el diario de 1987 o retazos inclasificables como los de "La isla de Finnegan". Decíamos al principio que era la novela lo ausente en esta Antología personal (20014) y debemos corregirnos: la novela también está, aunque insinuada en esos fragmentos de escritura que los lectores unificamos con nuestra mirada. Los casos de Croce, el detective protagonista de Blanco nocturno, o el relato "El Senador", que pertenece a Respiración artificial, son esas presencias de la novela en este autorretrato del gran prosista que es Ricardo Piglia.

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