Libros del crepúsculo

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lunes, 28 de julio de 2014

Los derechos del alma



Varios amigos y colegas me han preguntado cuál es el origen del título de mi libro más reciente, sobre las disputas doctrinales entre liberales y conservadores en Hispanoamérica, a mediados del siglo XIX. A riesgo de alentar los malos hábitos de ciertos lectores, que leen sólo los títulos de los libros y derivan de los primeros el contenido de los segundos, intento responderles.
En este libro se estudian algunas polémicas entre liberales y conservadores sobre los derechos naturales del hombre. Unas muy conocidas, como las de Esteban Echeverría y Pedro de Ángelis y de Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi en Argentina o de Juan Montalvo y Gabriel García Moreno en Ecuador, pero otras, como las de José Victorino Lastarria y Rafael Fernández Concha en Chile o de José María Samper y Julio Arboleda en Colombia, no tanto.
El título surgió, en buena medida, de la lectura de Historia de una alma. Memorias íntimas y de historia contemporánea (1881) de Samper. Me llamó tanto la atención el uso del artículo en femenino, "una alma", como la observación de aquel liberal neogranadino de que las estadísticas republicanas y liberales de la segunda mitad del siglo XIX, en América Latina, seguían reproduciendo el lenguaje de la administración eclesiástica colonial. Los Estados liberales entendían sus ciudadanías como conjuntos de almas y hasta medían la población de villas y ciudades en cantidades de almas.
En buena medida, cuando aquellos liberales defendían, en contra de los conservadores, la doctrina de los derechos naturales del hombre, es decir, la idea de que todos los hombres nacen libres e iguales ante la ley, estaban dando por sentado que esos "hombres", como sujetos de derechos, eran almas. La noción de "persona humana", que adoptó la democracia cristiana en el siglo XX y que criticó en su momento Simone Weil, o la filosofía contemporánea de los derechos humanos son, de hecho, reformulaciones modernas de aquella idea del ciudadano, construida por el liberalismo y el republicanismo atlánticos en el siglo XIX.
Los derechos que debatían liberales y conservadores latinoamericanos eran, ante todo, derechos del alma. Por eso podían levantarse en armas, organizar ejércitos, confiscar propiedades y lanzarse a la aniquilación de los cuerpos de los otros. Por eso podían involucrarse en prolongadas guerras civiles que, en muchos casos, no acababan hasta que el bando contrario hubiera sido físicamente aniquilado. Por eso las querellas letradas, en las ciudades, eran la continuación, por medios simbólicos, de las guerras civiles que ensangrentaban los campos.

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