Libros del crepúsculo

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jueves, 12 de junio de 2014

Jugando cubilete con Octavio Armand



Mientras el joven narrador cubano Jorge Enrique Lage mide el tiempo de la isla en “años de realismo”, el poeta exiliado Octavio Armand (Guantánamo, 1946), lo mide en “sones de ausencia”. Armand se sabe “borrado” y “ausente” de la literatura cubana desde que comenzó a escribir. Un sintomático ensayo, titulado “La partida de nacimiento como ficción”, escrito en 1979, justo cuando aparecía la segunda edición de su primer cuaderno Piel menos mía (1976), y publicado en la revista escandalar, que dirigió en su exilio de Nueva York a principios de los 80, proponía su acta de nacimiento, en Guantánamo, a mediados de los 40, como primer texto literario.
Esa condición fantasmal, que ha compartido Armand con otros escritores cubanos, como Lorenzo García Vega y José Kozer, atraviesa una obra de ya más de cuatro décadas, media docena de poemarios y varios libros de ensayos, Superficies (1980), El pez volador (1997), El aliento del dragón (2005) y Horizontes de juguete (2008), que se leen como una larga conversación con pintores (Miguel Ángel, Holbein o Malevich), escritores (Whitman, Rimbaud, o Kafka) y filósofos (Heráclito, Cicerón o Nietzsche). La obra de Armand pertenece al conjunto de poéticas exiliadas y vanguardistas, que estudiamos en La vanguardia peregrina (2013), aunque en una modalidad más impactada por la desarticulación del vanguardismo que produjo el momento postmoderno.
Tiene razón el estudioso venezolano, Johan Gotera, en su ensayo Octavio Armand, contra sí mismo (2012), cuando ubica la obra de este exiliado en la diatriba contra la “tradición del sentido” y en la propuesta de una reinvención del lector, que alentó el post-estructuralismo francés. Pero la obra de Armand parece, también, desarmar su vanguardismo juvenil y reconciliarse con  esa “tradición del sentido”,  en su más reciente Clinamen (2013), aunque con mayores distancias o frialdades, que las que podrían encontrarse en ejercicios similares de Severo Sarduy u Orlando González Esteva.
Las décimas de “Cubilete”, rescatadas hace poco en Diario de Cuba, serían un buen ejemplo de lo que digo. Hay ahí esa extraña mezcla de Zequeira y Lichtenberg, que Gotera ha observado desde los 80, cuando la poesía de Armand se acerca al neobarroco. Pero hay también una vuelta al juego de la escritura, a la dimensión lúdica y azarosa del texto, que también leemos en poemas como “Cuarteta”, “Canto rodado”, el soneto “Tirada”, “Tablero” y los “Viceversos” finales.

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