Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

martes, 27 de mayo de 2014

A bordo del Celtic y juego de pelota en Martí City

El libro de Francisco Morán, Martí, la justicia infinita (2014), es una larga discusión, en primer lugar, con el propio José Martí, en un gesto que afirma una contemporaneidad entre quien lee y quien es leído, de un modo muy parecido, aunque divergente, al tuteo de Julián del Casal, que este crítico ha sostenido en las dos últimas décadas y que comentábamos no hace mucho en Diario de Cuba. Pero también es una larga discusión, a veces acalorada, a veces serena, con los más importantes estudiosos de Martí dentro y fuera de Cuba.
Los momentos que más estoy disfrutando, en este libro inagotable, son aquellos en los que el Morán poeta y narrador aprovecha los recursos literarios de la crítica. Momentos en los que el crítico pone a su lector a bordo del Celtic, la embarcación que llevó por primera vez a Martí a Nueva York desde Liverpool, en la que viaja en tercera clase, rodeado de multitudes de inmigrantes europeos que rechaza. En aquel viaje, Martí adopta la identidad de un músico italiano ante las autoridades migratorias de Estados Unidos, en un ardid que el crítico interpreta como proyección de un horror al otro, que lo acompañará durante toda su agitada vida pública.
Otro momento similar, donde el crítico parece escribir más como un historiador que como un poeta, es el de la reconstrucción de los vínculos entre Martí y el potentado tabaquero de Tampa, Eduardo Hidalgo Gato. Fue este benefactor quien fundó una ciudad al oeste de Ocala, Florida, llamada "Martí City", constituida como municipio en noviembre de 1894, en la que Martí asistió a banquetes, competencias entre cuerpos de bomberos y hasta un juego de pelota entre dos equipos, uno llamado Patria y el otro, Martí, concebido como un espectáculo de los obreros para un público de burgueses y políticos.
La crónica que narró el partido, en el periódico Patria, no decía cuál de los dos equipos, si el Martí o el Patria, resultó vencedor. A partir de una sugerencia de Carlos Ripoll, Morán especula que la noticia fuera censurada para no ofender a Martí o a su periódico. Cualquiera de los dos resultados podía ser embarazoso para uno u otro, que eran el mismo. El juego de pelota le sirve al crítico como metáfora de la historia cubana del último siglo y las páginas finales del libro no pueden resistir la tentación de aludir, con o sin ironía o suspense, al juego contrafactual que la figura de José Martí impone al devenir de la isla:

"Tengo que confesar, al poner punto final, que di con las memorias de nada menos que uno de los jugadores de uno de los dos equipos de pelota que se enfrentaron en Martí City. En varias ocasiones me sentí tentado a revelar su nombre, así como otros detalles de suma importancia relacionados con aquel memorable encuentro, incluyendo, por supuesto, el nombre del equipo ganador. Pero esa revelación resolvería un problema que es mejor que quede confinado al reino de la posibilidad infinita. O a la elección de los lectores. El juego sigue, pues, abierto".

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