Libros del crepúsculo

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miércoles, 5 de febrero de 2014

Pound para habaneros



No sé si se trate de la primera traducción de Ezra Pound al español, pero me atrevería a asegurar que el ensayo que, con el título de “Energética literaria”, apareció en dos entregas, a fines de 1929 en la Revista de Avance, es la primera versión en castellano que existe de la mayor parte del ensayo de Pound, How to Read (1931). Pound había publicado tres adelantos de ese ensayo en The New York Herald Tribune, en los primeros meses de 1929, y algún colaborador y editor de Avance- me inclino a pensar que fue Mañach, quien dominaba el inglés y manejaba ideas de un "vanguardismo clasicista", muy parecidas a las que sostiene Pound en ese ensayo- los tradujo para la revista habanera.
En aquellos fragmentos, Pound comenzaba cuestionando la idea de “novedad” u “originalidad” en literatura. La “gran literatura –decía- es sencillamente lenguaje cargado de significación hasta el último grado posible”. Pero esa “carga” o esa “energética” no tenía que ver con innovaciones formales u operaciones simbolistas sino con el uso “preciso”, “exacto”, “claro” y “eficaz” del pensamiento y el lenguaje. Estas ideas llevaban a Pound a proponer una clasificación de los escritores de todos los tiempos en seis tipos: los “inventores” (tan pocos para él, que sólo reconocía dentro de ese grupo a su admirado cantor provenzal Arnaut Daniel o a Guido Cavalcanti y, a lo sumo, a los “desconocidos precursores de Homero"), los “maestros” (los que enseñan las técnicas de los inventores), los “difusores” (los que las difunden), los “más o menos buenos”, los “belleletristas” y los “iniciadores de locuras”, que conforman la mayoría de los escritores en cada época.
En aquellos fragmentos de How to Read (1931), Pound clasificaba, además, la poesía en tres clases: la “melopeya” (cuya función primordial es la música), la "fanopeya" (basada en imágenes) y la "logopeya" o poesía intelectual, donde predominan las ideas o los conceptos. Pound pensaba que en la poesía moderna, especialmente, se articulaban y equilibraban esas tres funciones, pero que en buena parte de la poesía vanguardista de las primeras décadas del siglo XX, la logopeya, “el último de los modos aparecidos, y tal vez el más engañoso, el de menos confianza”, comenzaba a desplazar a la música y a la plástica.    

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