Libros del crepúsculo

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sábado, 12 de octubre de 2013

El Nobel de la familia






El premio Nobel de literatura a la escritora canadiense Alice Munro ha sido recibido, en círculos intelectuales de Nueva York, como la negativa a conceder el galardón a Philip Roth, uno de los más fuertes candidatos de esta comunidad literaria. Las reacciones, sin embargo, pueden perder fácilmente la compostura, y presentar la justicia del reconocimiento a Munro como injusticia a Roth.
Con sutileza, en el New Yorker de la semana pasada, Claudia Roth Pierpont reconstruyó las amistades  literarias de Roth con Milan Kundera, John Updike y Saul Bellow. En el retrato de aquellos afectos, el vínculo con Bellow, el único Nobel de los tres, se distinguía por esa mezcla de admiración y rivalidad que a veces se apodera de la relación entre maestro y discípulo.
Nada que ver con esta otra reacción, también en el New Yorker, o con la broma pesada de Tablet. En estos niveles de la preferencia se pierde de vista cualquier ponderación de la narrativa de Munro y se atribuye al Nobel una importancia de la que carece. Explicar políticamente el fallo desfavorable a Roth, por el hecho de ser éste un escritor judío de Nueva York, puede parecer exagerado, pero de eso se trata un premio como el Nobel: de políticas de la amistad.
Hay en estas reacciones una voluntad de representación y un orgullo comunitario que sólo pueden encontrar paralelo en los nacionalismos o las filias de las guerras, los deportes o la mafia. Roth se ha convertido un emblema de Nueva York, como Woody Allen, el Empire State o el puente de Brooklyn, y su comunidad, con todos sus encantos, va a defenderlo hasta el final, como si se jugara la vida en el empeño. Pero los newyorkinos no deberían olvidar que la patria chica de Roth es la ciudad más cosmopolita del planeta.

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