Libros del crepúsculo

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miércoles, 22 de mayo de 2013

Cuando Gabo liberaba opositores cubanos




Reinol González es un político que ha vivido en el vórtice de la turbulencia cubana. Siendo un joven líder obrero y católico se integró al Movimiento 26 de Julio y luchó contra la dictadura de Batista. Luego de un breve exilio en Venezuela, regresó en enero del 59 a la isla y fue nombrado, por su prestigio y experiencia,  Secretario de Relaciones Exteriores de la Confederación de Trabajadores de Cuba.
Cuando el primer ministro del segundo gobierno revolucionario, Fidel Castro, y la dirigencia del Partido Socialista Popular, decidieron avanzar en el control del movimiento obrero, a raíz de la fractura que se produjo en el X Congreso de la CTC, en noviembre de 1959, por la ideología –comunista o no- de la Revolución, González se apartó del trabajo sindical y comenzó a conspirar contra un liderazgo que, a su juicio, abandonaba los ideales de la lucha contra Batista.
En pocos meses, este demócrata se convertiría en el segundo hombre del Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP), una de las dos organizaciones más importantes de la primera oposición violenta contra el naciente Estado socialista cubano. El líder nacional de aquella tendencia era el ingeniero Manuel Ray Rivero, también proveniente del Movimiento 26 de Julio y Ministro de Obras Públicas del primer gabinete revolucionario.
Ray, González y el MRP se distinguían de otras asociaciones de la primera oposición por un mayor celo respecto de la dependencia financiera, logística y política de Estados Unidos y, especialmente, de la CIA. Por sus orígenes revolucionarios, estos líderes eran partidarios de una autonomía internacional, que se reflejaba en la prioridad que concedían al diálogo con corrientes centristas latinoamericanas, como las que impulsaban Rómulo Betancourt en Venezuela, José María Figueres en Costa Rica, Luis Muñoz Marín en Puerto Rico y Adolfo López Mateos en México.
En su libro de testimonios Y Fidel creó el punto X (1987), González narra cómo en abril de 1961, sin estar al tanto de los pormenores de la invasión de la Brigada 2506 por Playa Girón y luego de incendiar la tienda El Encanto y de fracasar en un atentado contra los jefes de Estado en Palacio Presidencial, los principales líderes del MRP, que permanecían en la isla, fueron arrestados y fusilados o condenados a 30 años de prisión.
Luego de más de 16 años en la cárcel, González volvió a ubicarse en el centro de la historia nacional, cuando el gobierno de James Carter, una porción de la comunidad cubanoamericana y diversos organismos y líderes internacionales propiciaron un diálogo con el gobierno de Fidel Castro, encaminado, entre otras cosas, a liberar a decenas de miles de presos políticos que malvivían en las cárceles de la isla.
González jugó un papel poco reconocido en aquella concertación. Gracias a Gabriel García Márquez, el gobierno cubano lo puso en libertad, en diciembre de 1977, y lo envió en avión a Madrid, acompañado del escritor colombiano. Pocos meses después, regresaría a la isla formando parte de la delegación de exiliados y opositores cubanos que negociaría la excarcelación de miles de presos políticos en el invierno de 1978.
Hace unos días, complementando el extraordinario testimonio de Y Fidel creó el punto X , González escribió una breve remembranza de la intervención de García Márquez en su rescate. No sería este político cubano, demócrata y católico, el único de los opositores que ayudó a liberar García Márquez –luego vendrían Eloy Gutiérrez Menoyo, Norberto Fuentes y tantos otros- pero sí fue uno de los primeros. A más de tres décadas de aquel viaje a Madrid, en la noble memoria de Reinol González predomina la gratitud.


Gabo en Miami
   
Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura en 1982 y principal exponente del Realismo Mágico —una corriente que tuvo su gran “boom” en América Latina a mediados, del siglo XX y caracterizada por mostrar como algo cotidiano y común lo que es extraño,  irreal y fantástico —modificando así el sentido de “realidad”, es el escritor más admirado de toda Latinoamérica, el que goza de más prestigio y el que ha sido sin duda traducido a más lenguas.
   Gabo, que así es como se deja llamar Gabriel por familia y amigos, es una persona sencilla, a pesar  del éxito, los premios ganados y la gran popularidad con que cuenta. Tengo el honor de conocerlo y de haber compartido con él y Mercedes Barcha, su esposa, agradables tertulias en diversas ocasiones y lugares; puedo darme incluso el lujo de tutearlo y, realmente, el paso del tiempo me ha permitido comprobar, en él, sin exageración, a una persona sencilla, generosa y profundamente entregada tanto a su familia como a sus amistades, que son numerosas. Con Gabo he tenido el placer de coincidir muchas veces y de discrepar otras tantas y seguir siendo amigos. Eso es la esencia misma de la libertad: poder exponer el propio criterio y punto de vista, sea el que sea, sin que suceda nada. 
  Digo esto, porque de vez en cuando se leen o se escuchan, en algunos medios, críticas intolerantes para descalificar a ese gran escritor y sin conceder el más mínimo reconocimiento a las intervenciones que ha hecho prestando ayuda a cubanos en apuros, no sólo a intelectuales sino a personas de todo tipo. Y es cierto que Gabo ha tenido amistad con Castro; sin embargo, no sólo no podemos ignorar las infinitas muestras de admiración y respeto que ha dedicado al pueblo de Cuba, al que está dentro, en suelo patrio, pero también al que está fuera, disperso por el resto del mundo. Debemos, además, elogiar el interés que ha mostrado por familiarizarse con la vida, éxitos, aspiraciones y vicisitudes de los cubanos radicados fuera de Cuba, y agradecerle también el compromiso solidario que a lo largo de su vida ha practicado con nosotros, sin discriminación política, social, racial o cultural alguna. Gabo es toda una personalidad, que alterna con los más poderosos de la tierra, que tiene amigos de todas las tendencias y que sabe serlo de quienes no piensan como él. De hecho, y por paradójico que pueda parecer a algunos, no conozco otro intelectual de renombre que pueda presentar un expediente de solidaridad y logros como el suyo.
   En efecto, son muchas las figuras reconocidas, extranjeros o del patio cubano, que han viajado por largo tiempo en el tren de la revolución cubana. Algunos descendieron del vagón de cola tan tarde como el año 1977; otros no han descendido aún. Sea como sea,   y salvo mejor conocimiento de mi parte, debe ser casi imposible encontrar a uno de ellos que haya puesto  nunca una mano amiga sobre la espalda de un intelectual en desgracia o de un cubano necesitado, hostigado, cuando pudieron o al menos intentar ejercer influencia. Durante la invasión de Bahía de Cochinos, en 1961, el pueblo sufrió la detención de cientos de miles de ciudadanos que fueron concentrados y encerrados como sardinas en lata, sin derechos, en campos deportivos, teatros, escuelas y cuarteles. Cuba entera se convirtió en un país martirizado. En los años que precedieron a 1977 las prisiones cubanas estuvieron abarrotadas con más de 20.000 prisioneros políticos sometidos a brutales abusos, a trabajos forzados y a asesinatos; la ola masiva inicial de fusilamientos que siguió a la llegada de la revolución no había cesado. Sin embargo, repito, no hubo, durante estos años y por parte de estas personalidades que todavía estaban en el tren, ninguna intervención a favor de un ser humano perseguido, en desgracia, ni ninguna oposición firme a aquel sistema totalitario.
   Escribo estas líneas, por tanto, en forma de testimonio, porque creo justo y conveniente mostrar a los lectores no informados y a nuestra comunidad, la faceta menos conocida de Gabo, la del amigo siempre dispuesto a intervenir para lograr resultados concretos en favor de causas nobles y, en particular, en beneficio de intelectuales, presos, ex presos políticos y otros ciudadanos.
   Para salir de las generalidades y descender a lo concreto me referiré a dos facetas de un mismo problema: la personal y la nacional, representada por amigos y compañeros de                                 lucha y de presidio. En diciembre del año 1977 salí de la prisión política después de pasar            16 años en ella y viajé a Madrid en compañía de Gabriel García Márquez, quien, a solicitud de mi esposa e hijos, acababa de lograr de Fidel Castro, no sin dificultades, mi libertad. Al llegar, lo primero que hice en el Hotel Suecia en el que me hospedé, y teniendo a Gabo y a Carmen Balcells, la agente literaria, como únicos testigos, fue llamar a mi esposa e hijos en Miami y pedirle después su apoyo para lograr la liberación de todos los presos y ex presos políticos cubanos. Sin dudar, prometió dedicar todo el tiempo disponible a ese fin porque —y cito sus palabras textuales— «los presos en Cuba llevan demasiado tiempo encarcelados». Creo que no me equivoco si afirmo que fui el primer preso político en salir de Cuba gracias a la gestión de un reconocido intelectual, y ese intelectual fue él: Gabriel García Márquez. 
   Mi esposa y yo viajamos de Madrid a Miami en enero de 1978. Días antes lo hicieron nuestros hijos. Poco tiempo después de llegar, y para mi sorpresa y enorme satisfacción, Gabo me comunicó que había iniciado ya la gestión prometida para la liberación de los presos políticos y que ésta estaba teniendo buena receptividad por parte del gobierno cubano. Me explicó que yo recibiría una invitación para viajar a Kingston (Jamaica) donde, como solicité, podría discutir con representantes del gobierno cubano las condiciones requeridas para la realización de ese viaje de liberación. Y es que Gabo sabía perfectamente que mi rechazo al sistema totalitario cubano no era óbice ni obstáculo alguno para aceptar una conversación civilizada y necesaria con los representantes del régimen cuando se trataba, por ejemplo, del bien, de la liberación de hermanos compatriotas.
    El día 3 de septiembre de 1978 viajé a Kingston, acompañado, como siempre, de Teresita. Gabo había coordinado la fecha. La delegación de las autoridades cubanas estuvo integrada por el coronel Manuel Blanco Fernández,  —a quien ya conocía desde los tiempos de la clandestinidad en la dictadura de Batista— Jesús Betancourt, —ex diplomático  de la embajada cubana en Madrid—, y Ramón de la Cruz, —funcionario consular que más tarde sería nombrado fiscal general de la República de Cuba—. Tres días de conversaciones e intercambio de cables con La Habana dieron por resultado el compromiso por parte de las autoridades cubanas de:

1) Garantizar que, al término de mi visita a Cuba, se concediese salida hacia Miami de un primer grupo de ex presos.
2) Recibir el permiso de las autoridades para convocar una reunión privada de consulta con  ex presos que se encontrasen en libertad en Cuba, con el fin de compartir con ellos la viabilidad o no de la gestión, y otros detalles de la negociación con el gobierno. 
3) Incluir en la delegación para viajar a La Habana, a un sacerdote, el Padre Guillermo Arias, joven jesuita que, con la aprobación previa desde Roma del Superior General P. Pedro Arrupe S.J., había sido seleccionado por mí para este fin.
4) Facilitar una visita de los miembros de la delegación del exilio a los presos de la cárcel del Combinado del Este.
5) Autorizar la realización de una entrevista privada, en el Combinado del Este y sin presencia de militares, entre Jorge Valls —reconocido intelectual preso, poeta y amigo— y yo.

   La propuesta fue aceptada y cumplida por las autoridades cubanas. El viernes 20 de octubre de 1978 —que coincidía con el cumpleaños de mis hijos mellizos, hembra y varón—, viajé a La Habana y asistí, formando parte de la delegación exiliada, a la reunión inicial del "Diálogo 1978" con Fidel Castro. La delegación estuvo integrada por el banquero Bernardo Benes —principal promotor—, el empresario tabaquero Orlando Padrón, Bobby Maduro —ex-propietario del histórico estadio de béisbol del Cerro en la Habana— y el arquitecto Rafael Huguet. El sacerdote jesuita Guillermo Arias y yo nos unimos a la delegación como unos ”colados de última hora”, gracias a la intervención de Gabo, tal como se había determinado en la reunión de Jamaica. Al siguiente día nos encontramos frente a Fidel Castro en una pequeña terraza de la Casa de Protocolo.
   Siguieron dos sesiones más, en meses posteriores, ampliadas con otras autoridades del gobierno cubano y con más invitados del exilio. El salón de reuniones estuvo presidido entonces por Fidel Castro, Juan Almeida —Vicepresidente del Consejo de Estado—, Sergio  del  Valle  Jiménez  —Ministro del Interior—, Osmany Cienfuegos Gorriarán —Secretario del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros—, José Machado Ventura —Miembro del Consejo de Estado—, Jaime Crombet Hernández-Baquero —Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular—, Ricardo  Alarcón  de Quesada —Viceministro de Relaciones Exteriores—, Aleida March Torre viuda de Ernesto Guevara —Diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular— y René Rodríguez —Presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos—.
   Mientras duraron las reuniones, Gabo estuvo hospedado en el Hotel Habana Riviera, donde también nos hospedamos los invitados exiliados del segundo y tercer viaje (20-21 de noviembre,  y 8 de diciembre de 1978). Esta coincidencia facilitó la comunicación entre Gabo y yo. Cientos de ex presos políticos venidos de todo el país se mantenían dia y noche en el vestíbulo y con todos ellos Gabo mantuvo, sin excepciones y con amistosa discreción, un alto nivel de comunicación y un agradable calor humano.
   En el salón de sesiones, Gabo siempre permaneció atento y observador desde su discreto mirador, ofreciendo posteriormente sugerencias y opiniones a las autoridades cubanas cuando consideraba oportuno y con el fin de ayudar al mejor desarrollo de cada reunión.
   Entre las resoluciones del encuentro destacaron, por un lado, la decisión de liberar a más de tres mil presos políticos y, por otro, el establecimiento de una normativa para las visitas a Cuba de los ciudadanos que vivían en el exterior. Para dichas resoluciones se contó con la presencia y la participación de Gabo. Pero hubo otras veces en que el escritor tendió una mano a los que la necesitaba.

En aras de la verdad histórica, no puedo dejar de consignar a continuación, algunos de los casos emblemáticos, para mí  y creo poder decir que también para sus protagonistas, los cuales mi amigo, nuestro amigo, consiguió resolver, en modesto silencio, con gran éxito y eficacia:

― También Hirán Rodríguez, ex preso del Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR), me pidió que intercediera por él ante Gabo. Sucedió cuando me lo encontré en el vestíbulo del hotel. Su rostro mostraba rasgos evidentes de angustia y desesperación. Me estaba esperando a mí.  Me contó que su hija, de solamente unos meses, estaba grave, con diagnóstico de estado terminal. La familia vivía con la esperanza de que por lo menos la niña pudiera fallecer rodeada también de los parientes que se hallaban en Miami. En cuanto Gabo se enteró, se ocupó rápidamente de preparar el terreno para la salida de Hirán consiguiendo la autorización correspondiente. Los asistentes del exilio a la reunión recolectamos el dinero para alquilar en Miami una avioneta y, de esta manera, padre e hija, acompañados de la familia de Cuba y de mí mismo, pudimos aterrizar en el aeropuerto de Miami; la prensa allí presente, pero respetó la solicitud de Hirán de mantener la privacidad de la familia.

― Una vez en Miami, el ex preso político Rolando Pérez Cerezal me pidió que gestionara la salida de Cuba del también ex preso Sergio Cáceres, que se encontraba durmiendo en el piso del aeropuerto de La Habana mientras esperaba una oportunidad para salir del país. Cerezal tenía medios económicos para alquilar una avioneta, pero necesitaba conseguir el permiso de aterrizaje en La Habana. Llamé a Gabo, que se ocupó de este trámite. Luego encomendé a un amigo hacer el viaje y traer a Cáceres. La sorpresa fue que, al llegar, no lo hizo solo, sino con otros tres compañeros que habían estado a su lado en el aeropuerto esperando la ocasión para abandonar Cuba.

― El 22 de abril de 1980 el gobierno cubano anunció la autorización del puerto del Mariel como punto de llegada de las embarcaciones que, desde Estados Unidos, fueran a recoger a familiares y amigos. Esto permitió que, en un tiempo record, concretamente entre abril y septiembre de 1980, pudieran llegar a costas floridanas más de 125.000 cubanos. Fue entonces cuando, un día, recibí una llamada telefónica desde La Habana. Se trataba de Pablo Valdés, compañero con quien había compartido un tiempo en prisión, que me explicaba que, invocando mi nombre, había visitado a Gabo en el Hotel Riviera para tratar de encontrar apoyo para salir de Cuba hacia Miami, con la familia, en una embarcación segura. También me dijo que Gabo le había prometido hablar conmigo. Efectivamente, al poco recibí su llamada para verificar las referencias de Pablo, que, en pocos días, pudo llegar con su familia a Miami. Igual fortuna tuvieron, gracias a las intervenciones de Gabo, los familiares de mis grandes amigos Nelson y Georgina Diaz ―establecidos en México―, que pudieron salir de Cuba y encontrarse en las aguas azules de la Florida con el resto de su familia.
  
El 29 de abril de 2003 García Márquez declaraba al diario El Tiempo, de Bogotá:
   "(...) yo mismo no podría calcular la cantidad de presos, de disidentes y de conspiradores que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar de Cuba en no menos de 20 años".  Añadía que "muchos de ellos no lo saben, y con los que lo saben me basta para la tranquilidad de mi conciencia. En cuanto a la pena de muerte, no tengo nada que añadir a lo que he dicho en privado y en público desde que tengo memoria: estoy en contra de ella en cualquier lugar, motivo o circunstancia".
   Prueba evidente, además, de las simpatías de Gabo por todo lo cubano es el entusiasmo por mantener contacto con la población de la Isla y transmitirle información sobre sus compatriotas en Miami, corazón del largo exilio cubano. Es un intelectual no cubano que  ha ayudado al pueblo que más ama después del suyo pero que, al hacerlo desde el más absoluto silencio, no ha recibido la gratitud pública y hasta la gloria que merece, aunque no las ha buscado y difícilmente las aceptaría.
   Durante más de 30 años Teresita, mi esposa ya fallecida, y yo sellamos con el matrimonio de Gabo y Mercedes una amistad franca, espontánea y que ha perdurado en el tiempo por encima de las diferencias políticas reales, inocultables, pero que nunca han primado sobre aquélla, basada en valores comunes de dignidad y respeto. Con ellos dos compartimos mesa y calor humano en la residencia familiar de Ciudad México D.F.; en compañía de ellos conocimos atractivos restaurantes de la ciudad y tuvimos largas y amenas sobremesas en las que el tiempo parecía detenerse para nuestro mayor disfrute; éramos dueños de una “licencia” para hablar con libertad de lo divino y de lo humano. Cuando viajaba a Nueva York, el matrimonio siempre hacía escala en Miami dos o tres días para visitarnos; querían estar con nosotros y conocer más de cerca la ciudad y los cubanos exiliados en ella, los que llegaron a esta tierra en harapos y lograron convertirla en una de las más ricas y desarrolladas de Estados Unidos; querían saber sobre sus raíces, su historia, su cultura y su desarrollo; les encantaba el contacto con nuestro pueblo, con el de las dos orillas, sin distinción; así lo manifestaban y lo hacían patente mediante el lenguaje corporal, ese lenguaje espontáneo que se expresa por cada poro y que nunca puede engañar.
   Durante sus días de parada en Miami, mi mujer y yo servíamos de “cicerones” de la pareja. Nada escapaba a la curiosa mirada del periodista. Recuerdo una ocasión en que reco- rrimos el popular centro comercial “Dadeland”; un público variopinto de toda edad y nacionalidad identificó y rodeó a la pareja entre aplausos y felicitaciones; Gabo firmó autógrafos hasta el cansancio, en libros, libretas, camisetas, pañuelos, servilletas de restaurante y papel toallas. Recorrimos la famosa calle 8 de un extremo a otro, la Pequeña Habana y los restaurantes mas emblemáticos. Luego en nuestro hogar les brindamos una recepción familiar. Otro día, Gabo se reunió durante cuatro horas con el Secretariado Ejecutivo del exiliado Partido Demócrata Cristiano para intercambiar criterios e ideas sobre la problemática cubana; fue un encuentro interesante en el que disfrutaron luego las amenidades que ofrece Coconut Grove.
   Gabo es amante del pescado. Recuerdo una noche en la que fuimos a cenar al restaurant Kawama ―ubicado en la calle 8 y 82 ave del SW, aunque actualmente ya no existe―. En una mesa cercana, por pura casualidad, se encontraba Jorge Villalba, ex preso cubano y entonces Presidente de la organización de ex presos “Ex Club”. Al vernos, Villalba me pidió permiso para acercarse a nuestra mesa y saludar a Gabo. Así lo hizo. Saludó con cortesía:
«Quiero que usted sepa que la mayoría de los ex presos cubanos, entre los que me incluyo, no vemos con buenos ojos la amistad que usted tiene con Castro. Sin embargo, sí quiero aprovechar esta coincidencia extraordinaria para cumplir con el deber de declarar que damos las gracias a García Márquez, quien durante el diálogo de 1978 en La Habana estuvo todo el tiempo a nuestro lado, hospedado en el mismo hotel, brindando tiempo e influencia al servicio de los ex presos políticos y de los que en ese momento permanecían tras las rejas. Gracias a él muchos lograron la libertad y salida del país. Cumplo un deber. Muchas gracias, Gabo. No olvidaremos».
No tenemos derecho a olvidar. Al recordar al escritor y Premio Nobel, al leer alguna de   sus obras literarias, al leer su biografía, no podemos olvidar al ser humano. Gabriel García Márquez también – ante todo – es un buen hombre. Y nosotros los cubanos recibimos de nuestro Apóstol, José Martí,  un legado que es, al mismo tiempo, un ejemplo y un compromiso: “HONRAR, HONRA”. n

Reinol González
reigon@aol.com
Miami, Florida, 2013




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