Libros del crepúsculo

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jueves, 21 de junio de 2012

Virgilio Piñera tal cual



Reproduzco a continuación la conferencia inaugural del coloquio "Virgilio Piñera tal cual", pronunciada por Antón Arrufat en el Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana, el pasado martes 19 de junio.



Palabras preliminares

Antón Arrufat


Durante la organización de este Coloquio, hace ya varios meses,  el escritor cubano Abilio Estévez y yo nos enviamos algunos correos electrónicos, él desde Barcelona  y yo desde La Habana. En uno de ellos lo invité a unirse a nosotros, como buen piñeriano, y diversos compromisos anteriores se lo impidieron. En uno de los suyos, escrito un domingo de febrero del presente año, venia una impresionante noticia, o más bien el recuerdo personal de un vaticinio, vaticinio que suelen hacer algunos escritores cuando osan referirse en vida al futuro de sus obras, las resurrecciones anunciadas por Henry James o los lectores apasionados de Stendhal que  comprenderían sus escritos 95 años después de su muerte, es decir, hacia 1935. Lo cierto es que ambas predicciones, por igual asombrosas, dado el largo tiempo de espera, se cumplieron.
         En su correo se refiere Abilio Estévez a una noche, particularmente triste del “horrible 1978”, cuando la exclusión de la obra de Virgilio Piñera de la cultura de su país era  total y absoluta, noche del 31 de diciembre en que un grupo de sus amigos se había reunido para despedir el año. En un momento determinado la tristeza se generalizó, y Virgilio, tal vez para combatirla, se paró en medio de la sala, dio unos pasos de baile y les anunció a bombo y platillo, como era su costumbre, que su “centenario se celebraría por todo lo alto”. Aquel vaticinio se tomó como una de sus múltiples bromas, celebrar el Centenario de un escritor que era un ejemplo fehaciente “de un muerto en vida”, no podía ser más que eso,  broma o sarcasmo piñeriano. ¿No era un imposible que tal celebración ocurriera? Entonces les pareció una broma, al cabo de varios años ya no lo es.
         Al leer cuanto Abilio Estévez me contara acerca de lo ocurrido aquella noche, y que ahora resulta memorable, recordé los tiempos de grisura y atonía, en que  amistad con Virgilio Piñera se intensificó y la comunicación se volvió íntima y cotidiana. Fuimos juntos a teatros, exposiciones, recitales, y con nuestra presencia de excluidos arrogantes, pusimos en fuga a numerosos conocidos que dejaron de saludarnos y vacilantes se escabullían. Recordé que aquellos tiempos siempre le parecieron provisionales. “Ya volverán las aguas a su lugar”, afirmaba fumando, entre bocanadas de humo contra el aire.           
         Tal vez la más exacta palabra, la más justa, sea la palabra fe. Tal vez cuanto Piñera sentía por la literatura pudiera definirse con ese término, tan caro a los creyentes. La fe sería una posible explicación de su espera, del regreso natural de las aguas. Como aseguraba Miguel de Unamuno, la fe crea su objeto. En buena lógica, tener fe en Dios es crearlo de antemano, es llenar el vacío de su existencia con la fe, aunque no fuera un creyente o dejara de serlo desde muy joven. A los 29 años, en su poema “Las furias” había escrito: “…he asistido a los santuarios / con rodillas de perro ajusticiado”, o la rotunda negación de la existencia de los dioses que campea irreverente en Electra Garrigó. Ante el universo, ante el misterio de su propio cuerpo, el hombre deberá aprender a valerse por sí mismo. Personalmente desconfiaba de los dogmas religiosos, de la salvación y hasta de la existencia del alma. Pocos textos insolentes y sarcásticos existen en nuestra lengua si se comparan con La carne de René.
         Podría admitirse sin embargo que su necesidad de creer en algo permanente, autónomo, por encima de las contingencias sociales que al final de su vida de escritor le fueron muy adversas, lo indujo a realizar una violenta sustitución: la del Dios trascendente por la literatura trascendente, pese a sus burlas y sarcasmos, a su aparente desconfianza en esa singular diosa profana, díscola y caprichosa, que era para él, a la vez, la literatura. En su fe, el artista se instala como el creador supremo de un descubrimiento decisivo para el hombre. Aunque mutilado, perseguido, marginado, excluido y detestado resulta en realidad eficaz: es el descifrador de la irrealidad, según Piñera mismo decía, que se desprende de la realidad. A partir de esta recuperación, la más suprema de sus escapatorias, el rincón iluminado donde se siente a salvo y desde el que ha de concebir la más audaz de sus vindicaciones, a partir de ella se condujo como un creyente furioso, realizó las prácticas sociales y sentimentales que realizan los creyentes religiosos con el objeto de su fe. Incluso las dudas e inesperadas negaciones de “la sacrosanta literatura”, el silencio, las preguntas sin respuesta posible acerca del valor duradero de su escritura,  fueron semejantes a los variados ritos paradójicos de un creyente. Eso que se ha llamado el silencio de Dios resulta tan elocuente como la falta de garantías que ofrece la literatura sobre la futuridad de cualquiera obra. En este caso, la de Virgilio Piñera.
         Es indudable: a medida que creció su exclusión y sus obras dejaron de imprimirse, y las que habían sido publicadas fueron retiradas de los estantes de las librerías, sus piezas teatrales desaparecieron de los escenarios, su nombre fue borrado de los periódicos, de la televisión y de la radio, de las antologías  y de las historias de la literatura cubana, incluso del catálogo de las bibliotecas públicas, la fuerza secreta de su fe en el aspecto intocable de la literatura, progresivamente fue en aumento, hasta alcanzar, por obra de su imaginación ilusoria, la máxima saturación. Poco le importó, protegido por su callada y solitaria vindicación, que su persona de escritor fuera puesta en el espacio en blanco de la marginación, y su parte de ciudadano quedara integrada, en un modesto puesto de traductor en la Editorial Nacional, a la vida laboral de su país.
         Su vida sufrió una escisión estrafalaria y a la vez dramática. Como en la novela de Italo Calvino, quedó dividido en dos mitades, cuyas partes manifestaban para algunos fundamentalistas el conflicto entre el Bien y el Mal.  En esos tiempos de su marginación como escritor le escuché decir múltiples veces, esta expresión dolorosa y a la vez cierta: “No me han dejado ni un huequito para respirar.” Expresión casi de niño acosado que busca un alivio pequeño, y tan profundamente real. Braceaba, salía a flote y se reponía al poco rato. Hasta la hora de su muerte estuvo convencido de que la exclusión que  padecía y le había sido impuesta, tendría fin. Gesticulaba como el náufrago buscando la tierra y terminaba esta travesía angustiosa hablando de la literatura, de la elevada idea que se hacía de ella, para consentir en someterla a nada. 
         Si existen obras y autores con un destino patético, Piñera podría figurar en esa legión extraña. Murió antes de que su rehabilitación se iniciara. Murió en la mayor oscuridad: pese a que sus escritos no se publicaban ni su teatro se estrenaba, su fe se volvió apremiante, le exigía que pusiera en práctica su confianza en la díscola diosa profana, su fe requería alimentarse con obras, y silencioso y en la sombra, siguió escribiendo, entre dudas inesperadas y desánimos, pero con una fuerza oculta que volvía renovada. Con una fe sin comprobación posible, dejó sobre la butaca de la habitación en la que trabajaba, pasadas en limpio, listas para su impresión, para cuando llegara el momento, su momento, cientos de páginas inéditas.
         Pasados siete años de su muerte, en 1984, comenzarían a publicarse y a estrenarse. El bracear con la sombra había comenzado a terminar. Su rehabilitación, lenta y gradual, ha contribuido en Cuba a la  comprensión y asimilación de un arte literario contradictorio, pleno de objeciones y dificultades, de repentes humorísticos y grotescos, sabiduría y cubanía esencial.
         ¿Habrá que lamentar su muerte a deshora? Para quienes entienden el mundo como un cosmos, nada ocurre a deshora. Se muere cuando se debe morir. Para otros, pendientes de sus emociones y sentimientos, no es fácil aceptar un ordenamiento excesivamente lógico, la muerte debería esperar que se cumpliera la obra de la vida. Si el corazón no le hubiera estallado en el pecho, habría podido asistir a su gradual reaparición. Asistir un tanto sonreído y un tanto incrédulo, nunca –felizmente- habría dejado de ser el ironista que fue, y un tanto emocionado a la vez. Pero la muerte resulta insobornable. Juega sus cartas de manera diferente a la nuestra, ignora nuestros deseos y esperanzas, también disposiciones y dictámenes. La señora muerte le impidió comprobar que era cierta su fe, que la obra literaria, una vez terminada, ocupará inexorablemente su lugar.
         Hemos llegado hasta aquí, en esta mañana, tras un largo y tortuoso camino, mientras en el imaginario del cubano actual, el mundo de Piñera se iba abriendo paso, venciendo las últimas resistencias, en busca de ese lugar, las aguas al fin tranquilizadas. Las obras que publicó en vida y las que dejó inéditas en el sofá de la sala, se han estrenado y editado, con una gráfica cada vez más hermosa y con mejor papel. Están al alcance de todos en varios volúmenes y se han representado en varios teatros y ciudades de la Isla. Aquel augurio, obra de una prodigiosa fe y de una intuición relampagueante, se ha cumplido,  con los que quisieron que se cumpliera, y contra aquellos que lucharon a brazo partido por impedirlo. Este Coloquio no es, por tanto, un comienzo, es una culminación.
         En nombre de la Comisión Organizadora agradezco a todos lo que han hecho todo lo posible para que este Coloquio pudiera celebrarse. Mucho es lo que hicieron, dadas las condiciones económicas que padece la Nación cubana. Pero nuestra pobreza, el hecho de que nada nos sobre y muchas cosas nos falten, tiene una ganancia espiritual para nosotros, piñerianos, nos ha permitido,  incluso obligado,  a realizar un acto sin boato ni ridícula solemnidad, como Virgilio Piñera hubiera querido y alentado, desdeñoso de todas las solemnidades. Agradezco a los que han venido de diversos lugares para estar junto a nosotros en este momento que es una suma de momentos creadores y justicieros.     
         Ahora me vuelvo hacia él.
         Virgilio, donde quiera que estés y te llegue mi voz, quiero decirte que he cumplido hasta el final. Pocos días antes de que la muerte decidiera separarnos, entre grave y sonreído me dijiste pidiéndome: “cuida mi obra”.
         Así lo he hecho, Virgilio, en los tiempos adversos y en los propicios. Al cabo de ellos, como en el verso herediano, cuando más hermoso y de paz  nos luce el día, dejo en manos de otros tu legado. De ellos dependerá preparar el porvenir piñeriano, el próximo bicentenario.
         Quiero cerrar estas palabras preliminares volviendo al principio, con una nueva confirmación de su fe,  leyéndoles un poema, el último que escribiera en el postrero 1979,  donde el vaticinio de aquella noche de fin de año, de aquel 31 de diciembre, encuentra una decisiva confirmación personal. El poema se llama simplemente “Isla”. En él se transformará el cuerpo del poeta en la tierra que pisa, se hará por tanto isla, y será isla. Oigamos la última predicción de Virgilio Piñera:

  Se me ha anunciado que mañana,
   a las siete y seis minutos de la tarde
   me convertiré en una isla.
    Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,
     y poco a poco,
     igual que en un andante chopiniano,    
     empezarán a salirme árboles en los brazos,
     rosas en los ojos, y arena en el pecho.
     En la boca las palabras morirán
     para que el viento a su deseo pueda ulular. 
  
Después, tendido como suelen hacer las islas,                                                                                                                                                                      
      miraré fijamente al horizonte,
      veré salir el sol, la luna,
      y lejos ya de la inquietud,
      diré muy bajito:
      ¿así que era verdad?  
                      
          

    Muchas gracias por escucharme.
           
                                        

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