Libros del crepúsculo

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lunes, 3 de octubre de 2011

Releer a Kautsky





En el valiente libro La imagen de América en el marxismo (2005), Arturo Chavolla se interna en el delicado tema de las visiones eurocéntricas de Marx y Engels sobre Latinoamérica y lo hace, a diferencia de José Aricó y otros estudiosos del asunto, sin ese exceso de ponderaciones y llamados al contexto que tienden, por lo general, a disculpar a Marx y a Engels por sus juicios. Las conclusiones de Chavolla son tajantes:

“Para Marx, los pueblos latinoamericanos no tenían ni dirección ni destino ni historia, todo lo cual los convertía de alguna manera en pueblos “inmóviles”, donde no acontecía nada importante, y donde sólo podían nacer hombres superficiales e incapaces que, según Engels, fueron hechos a partir de los “residuos de los pueblos”, sin futuro, sumergidos en un mundo irracional”.

Esa visión eurocéntrica de América Latina, por parte de los fundadores del marxismo, según Chavolla, demostraba su mayor limitación a la hora de comprender el problema colonial. Un tema que, junto con el de los nuevos imperialismos, se debatió con intensidad en el seno de la Segunda Internacional y, especialmente, durante el Congreso de Stuttgart, en 1907. La percepción que trasmite Chavolla de los mismos es muy distinta a la que construyeron Lenin y Trotski y que luego vulgarizaría Stalin.
Lenin, como es sabido, se enfrentó a las ideas del socialdemócrata germánico Karl Kautsky, nacido en Praga en 1854 y muerto en Ámsterdam en 1938, quien había estado muy cerca de Engels durante su estancia en Londres y había redactado el Programa de Erfurt, que estableció las posiciones de la socialdemocracia alemana durante la Segunda Internacional. Pero las críticas teóricas de Lenin a Kautsky –siempre fue así en Lenin, la teoría, máscara de la práctica- tenían como telón de fondo las diferencias entre ambos líderes sobre la actuación del movimiento obrero ante la Primera Guerra Mundial, la democracia parlamentaria y la dictadura del proletariado.
En varios textos, “El imperialismo, fase superior del capitalismo” (1916), El Estado y la Revolución (1917) y, finalmente, en “La revolución proletaria y el renegado Kautsky" (1918), respuesta a su vez al folleto de Kautsky, “La dictadura del proletariado” (1918), que resumía las críticas de este último al proyecto bolchevique, Lenin calificó al líder socialdemócrata como “social-imperialista” –entre tantos epítetos menos elegantes- y relacionó su equivocada comprensión de la Revolución de Octubre y la dictadura del proletariado con una interpretación difusa de fenómenos históricos contemporáneos como el imperialismo y los procesos coloniales.
Sin embargo, en su libro, Chavolla nos cuenta otra historia. En el Congreso de Stuttgart, por ejemplo, fue Kautsky quien se enfrentó a los que él mismo -no Lenin- bautizó como “social-imperialistas” (Van Kol, David, Bernstein…), quienes, a pie juntillas, seguían el eurocentrismo de Marx y Engels para sostener que los procesos de liberación nacional en las colonias tenían poco valor para la causa comunista por la escasa industrialización de las mismas. En trabajos como “La vieja y la nueva política colonial” (1907) y “Socialismo y política colonial” (1907), escritos al calor de los debates de Stuttgart, Kautsky anotaba:

“Si la moral capitalista estableció que es en beneficio de la civilización y de la sociedad que las clases y las naciones atrasadas sean sometidas, la moral proletaria afirma, por el contrario, que es en aras de la civilización y de la sociedad que todos los oprimidos se liberen de las cadenas que les han sido impuestas. El proletariado, por ser la clase más oprimida, no puede romper sus cadenas sin destruir todo tipo de dominación, sin poner fin a todas las formas de dominación clasista”.

Y concluía:

“Es suficiente saber que para el triunfo completo del proletariado y la expansión del socialismo no es en lo absoluto necesario que el capitalismo llegue a los países atrasados… Sería tremendamente monstruoso que el proletariado se plantee como obligación contribuir al camino del capitalismo en su acceso a otros países, cuando éste lo combate con tanta intensidad”.

No era Kautsky, por tanto, un “social-imperialista”, como con un golpe bajo intentaba Lenin presentarlo, ni era insensible a la lucha anticolonial, como tantos de sus contemporáneos en la socialdemocracia alemana. Chavolla recuerda que en la correspondencia entre Kautsky y Engels, después de la muerte de Marx, el primero le insistía al segundo sobre lo importante que era que el marxismo desarrollara una teoría de los procesos coloniales y se identificara con las luchas de los pueblos colonizados.
Lo que Kautsky objetaba del proyecto bolchevique era la concepción de la “dictadura del proletariado” que, a su juicio, había sido mencionada pero no desarrollada por Marx. Lenin no sólo le ripostaba que Marx sí había desarrollado dicha teoría –a pesar de reconocer a regañadientes que no había nadie que conociera mejor la obra de Marx que Kautsky- sino que le atribuía el argumento de que el socialismo no podía triunfar en un país atrasado. Esto último sería cuestionable a la luz de los textos comentados.

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