Libros del crepúsculo

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jueves, 28 de julio de 2011

Pensar los fragmentos


En vano he buscado -en primera y rápida búsqueda, desde luego- un buen estudio sobre el poemario Fragmentos a su imán (1976) de José Lezama Lima para acompañar su relectura este verano. Existen sendos prólogos a las ediciones cubana y mexicana de ese cuaderno, de Cintio Vitier y Octavio Paz, y algunas observaciones aisladas de críticos como Roberto Tejada, el traductor al inglés. Sin embargo, a diferencia de otras obras poéticas, narrativas o ensayísticas de Lezama, como Muerte de Narciso, Paradiso o La expresión americana, Fragmentos a su imán no es un libro bien estudiado.

Este último cuaderno de Lezama posee una personalidad tan definida como cualquiera de los libros de prosa y ficción mencionados. No precisamente por ser el último, sino por el parcial abandono de la estructura lírica de poemarios previos y por la exploración de mundos afectivos que lo distingue,
Fragmentos a su imán podría ser el cuaderno más discernible de Lezama. Aquel en que la presencia del poeta y el sentido de su poesía dialogan con mayor fluidez.


A diferencia de
Enemigo rumor, La fijeza o Dador, Fragmentos a su imán es un poemario fechado. El tiempo histórico en que fueron escritos los poemas que lo integran -el periodo que va de 1971 a 1976-, que coincide, a su vez, con la mayor sovietización del socialismo cubano y con el mayor el ostracismo del poeta, es, de hecho, un personaje del propio cuaderno. Lezama debió haber escrito el año de escritura de cada poema con plena conciencia de que aquellas composiciones sólo podían ser hijas de aquellos años.


Los mundos afectivos que invoca Lezama en Fragmentos a su imán -la familia, los amigos, la guerra y la muerte- conforman las dos mitades de un final escindido. De un lado, la batalla cotidiana del escritor bajo la Cuba soviética, legible en poemas como "El suplente", "Aquí llegamos", "Atraviesas la noche", "Discordias" y Enemigos" o las varias imágenes de la muerte que se superponen en "Doble noche", "¿Y mi cuerpo?" o "El pabellón del vacío". Del otro, el aferrarse a la familia, su madre recordada, su esposa María Luisa, a quien está dedicado el cuaderno, su hermana Eloísa -"la hermana que se fue, la madre que se durmió en una nube frente a la ventana"- y a sus amigos: Fina García Marruz y José Triana, Reynaldo González y Reinaldo Arenas, Víctor Manuel y Juan David, Virgilio Piñera y Luis Martínez Pedro, Octavio Paz y María Zambrano.


No habría que forzar demasiado la lectura para encontrar en esa comunidad afectiva invocada por Lezama el gesto de quien desafía, con elegancia, el cerco de soledad que le tiende el poder. Algunas de aquellas personas, como Piñera, Paz o Arenas, eran, como el propio Lezama, marginados o enemigos. En la política de la amistad de ese último Lezama encontramos una forma de resistencia vital, aquella que no apela a la ideología o la moral sino a la libertad del afecto para defender su lugar en la literatura.


Fragmentos a su imán es el cuaderno que, poéticamente, anuncia la muerte de Lezama y, a la vez, el que verifica una renovación trunca de su escritura. Es inevitable asociar algunos desplazamientos hacia una poesía más narrativa, que se leen en "Una fragata, con las velas desplegadas…" o en "Dos familias", y el ejercicio conversacional del poema "Estoy", con el contacto de Lezama con las nuevas generaciones de poetas cubanos, de quienes aprendió a liberar su poesía de sí mismo, como sólo saben aprender los verdaderos maestros:




Estoy


Estoy en la primera esquina de la mañana,
miro a todas partes y comprendo que no es la nada

con su abrigo de escarcha.

Es la mañana de las espinas,

me detengo con la respiración entre dos piedras.

Contemplo un hombre saboreando una espina de pescado.

Brillan como la luna, las espinas, los dientes,

las uñas.

El pescado vuelve a hundirse en el bolsillo hundido.

¿Las espinas del pescado

serán la primera forma en que se hace visible la nada?

¿La espina tocada por la luna es la nada?



Paso a la otra esquina,

una muchedumbre de ciempiés va brotando en una oficina

destartalada. Las voces se confunden

y llegan al oído como una última ola.

Un gordezuelo se dirige a mi rincón.

No puedo decir si me habla.

La nada se agitaba en mi boca

como un bulto forrado,

como una papilla que crecía

como si quisiera salir por la nariz.

Mascar, el buey de nieblas, la nada…..

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