Libros del crepúsculo

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jueves, 10 de marzo de 2011

¿Quién descubrió la invención?


El año pasado una pequeña editorial española rescató el ensayo Américo Vespucio. La historia de un error histórico (Salamanca, Capitán Swing Libros, 2010), que escribiera el escritor austriaco Stefan Zweig. No es ese ensayo de Zweig similar a otros estudios biográficos suyos, como los de María Antonieta, Fouché, Magallanes, María Estuardo o Erasmo de Rotterdam, en los que el propósito de amenidad o pedagogía daba a las ideas un empaque divulgativo.
Había en ese texto tanta historia como reflexión sobre el origen accidentado de un nombre -América- y el aventurero florentino que aseguró el bautizo de todo un continente. El tono filosófico, más que narrativo, que por momentos elegía Zweig, acercaba su ensayo a algunos textos menos conocidos del escritor vienés como el que dedicó al poeta modernista belga Émile Verhaeren, a la “curación por el espíritu” en Mesmer y Freud o el ensayo sobre Montaigne, que dejó inconcluso antes de su suicidio en Brasil, junto a su esposa.
Luego de leer el texto de Zweig pensé, naturalmente, en el clásico estudio del historiador mexicano, Edmundo O’Gorman, La invención de América. Investigación acerca de la estructura histórica del Nuevo Mundo y del sentido de su devenir (1958), donde se sostiene la misma idea. No he podido verificar el año de la primera edición del ensayo de Zweig, pero, si es contemporáneo del que escribió sobre Magallanes, seguramente es de fines de los 30. Lo cual tendría sentido, además, por la experiencia brasileña de Zweig, que de algún modo está implícita en ambos libros.
De manera que el texto de Zweig podría ser veinte años anterior al de O’Gorman. Sin embargo, el historiador mexicano no cita el ensayo de Zweig en ninguna de las ediciones de su gran estudio: ni en la primera (1958) ni en la segunda (1976) del Fondo de Cultura Económica, ni en las dos ediciones universitarias norteamericanas, la de 1961 y la de 1971. Podría pensarse que no lo hizo, tal vez, porque el texto de Zweig no calificaba como referencia académica, pero O’Gorman era un historiador que defendía la heterodoxia de las fuentes o, más específicamente, el trabajo con la literatura como documento histórico.
Podría pensarse, también, que la idea de que no fue Cristóbal Colón sino Américo Vespucio, el primer viajero que comprendió que América conformaba un continente distinto de Asia o un Nuevo Mundo, era de uso común desde que, en la primera década del siglo XVI, el cartógrafo Martin Waldseemüller la imprimió en su mapa. Pero la convergencia de enfoques entre Zweig y O´Gorman no tiene que ver únicamente con la idea de la “invención” sino con la premisa, más heideggeriana que hegeliana, de que el origen accidentado del nombre tiene alguna implicación para el devenir del ser.
La paradoja de que “Colón descubrió América, sin reconocerla, y Vespucio no la descubrió, reconociéndola”, logra en ambos una formulación muy parecida. Si O´Gorman no leyó el ensayo de Zweig podría atribuirse a estos dos escritores del siglo XX una paradoja similar: Zweig descubrió la invención, sin descubrirla, y O´Gorman no la inventó, descubriéndola. En caso de que O’Gorman hubiera leido a Zweig, habría que averiguar por qué la legendaria heterodoxia historiográfica del mexicano no admitió la referencia del vienés.

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