Libros del crepúsculo

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miércoles, 23 de febrero de 2011

Eco, el Critón y el juicio a Berlusconi

Umberto Eco ha escrito para L’espresso un artículo, reproducido por Público, en que recuerda a Silvio Berlusconi el mensaje central del diálogo Critón o el deber de Platón. En otras latitudes, recordarle a los políticos un texto de filosofía clásica suele ser un gesto, más bien, extravagante. Pero, en el caso de Il Cavaliere, no lo es, ya que a Eco le consta que Berlusconi leyó los diálogos de Platón en el bachillerato. En todo caso, Eco, una vez más, parece demandar de los políticos una racionalidad moral universal –exigir la expatriación de Battisti, prófugo de la justicia italiana en Brasil, y, a la vez, aceptar el juicio a Berlusconi- que muy poco tiene que ver con la realpolitik, como enseñaron Maquiavelo y Bismarck:


“Dirán los defensores del honorable Berlusconi que Battisti no hace bien huyendo de la Justicia italiana, porque en su interior sabe que es culpable, mientras que Berlusconi, con toda la razón, hace lo mismo porque en su interior se considera inocente. Pero ¿cuánto puede aguantar este argumento?
Los que lo utilizan parecen no haber reflexionado sobre un texto que, cualquiera que haya ido al instituto (como le sucedió al honorable Berlusconi), debería haber conocido, y que es el Critón de Platón. Para quien lo haya olvidado, les haré un breve resumen: Sócrates ha sido condenado a muerte (injustamente, nosotros lo sabemos y él lo sabía) y está en la cárcel esperando la copa de cicuta. Lo visita su discípulo Critón, que le dice que todo está preparado para su fuga, y utiliza todos los argumentos posibles para convencerlo de que tiene el derecho y el deber de escapar de una muerte injusta.
Pero Sócrates responde recordando a Critón cuál debe ser la postura de un hombre de bien ante la majestuosidad de las leyes de la Ciudad. Al aceptar vivir en Atenas y disfrutar de todos los derechos de un ciudadano, Sócrates reconoce la bondad de aquellas leyes, y si se atreviese a negarlas sólo porque en un determinado momento estas actúan en su contra, repudiándolas contribuiría a deslegitimarlas y, por consiguiente, a destruirlas. Y uno no puede beneficiarse de la ley mientras actúa en su favor y rechazarla cuando decide algo que no le gusta, porque con las leyes se ha cerrado un pacto y este pacto no se puede romper a nuestro antojo.
Tengamos en cuenta que Sócrates no era un hombre de Gobierno, porque entonces debería haber dicho mucho más. Y que por ejemplo –si se creyera en el derecho de ignorar las leyes que no le gustaban– como hombre de Gobierno ya no podría haber pretendido que los demás cumpliesen con aquellas que a ellos no les gustaban, y no cruzasen con el semáforo en rojo, no pagasen los impuestos, no saqueasen los bancos o (y es sólo una manera de hablar) no abusasen de menores.
Estas cosas Sócrates no las dijo, pero el sentido de su mensaje sigue siendo el que es, alto, sublime, duro como una roca”.

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