Libros del crepúsculo

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sábado, 18 de septiembre de 2010

Piglia y las posibilidades de un género

La última novela de Ricardo Piglia, Blanco nocturno (Anagrama, 2010), es una ficción virtuosa que explora de manera sorprendente las posibilidades de la novela iberoamericana –o de la novela en general- a principios de este siglo. Quien dude de la capacidad de la novela para dotar de sentido la realidad y la historia que lea este libro de Piglia. Quien haga resistencia al principio de que es la novela el género por excelencia de la modernidad literaria que lea Blanco nocturno.
El título mestizo propuesto por Piglia alude a los infrarrojos con que los marines británicos detectaban, en la noche, a sus rivales argentinos durante la guerra de las Malvinas. En la pampa, con esos mismos infrarrojos, los cazadores fulminan a una liebre en medio de la noche. Los personajes de Piglia (el puertorriqueño Tony Durán, admirador de Albizu Campos, que emigra por segunda vez de New Jersey a la provincia de Buenos Aires, las hermanas Eva y Sofía, el maravilloso Luca Belladona, el comisario Croce y el investigador Emilio Renzi, alter ego de Piglia que en Respiración artificial seguía los pasos del espía del dictador Juan Manuel de Rosas) son como blancos nocturnos, sujetos iluminados en la oscuridad.
La investigación del asesinato de Tony Durán en un pueblo de la provincia de Buenos Aires permite a Piglia moverse entre varios registros literarios. Las notas de Renzi que inserta al pie de la novela nos desplazan a todo tipo de escenarios y tradiciones literarias, desde el género gauchesco hasta la novela negra, pasando por las cavilaciones teológicas de Luca Belladona, la historia social y política de Argentina de mediados del siglo XX y las entrañables glosas de Dickens, Melville, Kafka o Jung, que son el sello de Piglia y, también, de Renzi, su personaje con vida propia.
La novela sucede, como decíamos, en la provincia de Buenos Aires, en el año 1971, y Piglia aprovecha con talento aquella coyuntura de Argentina y el mundo. Varios personajes viven a la espera de Juan Domingo Perón, por entonces exiliado en España, y la polarización política y violenta que viven los argentinos, entre corrientes peronistas de izquierda, centro o derecha como los grupos armados de los Montoneros, las FAR, las FAP, las FAL, el ENR y la CGT, es un nebuloso telón de fondo. Cuando Perón regresó, en junio de 1973, fue que se produjo el absurdo enfrentamiento entre aquellos grupos y la CGT, por el palco de honor de recibimiento del líder, conocido como la matanza de Ezeiza.
Pero el contexto es apenas un escenario evanescente en la novela de Piglia. Más importantes son las lecturas que Luca Belladona hace de El hombre y sus símbolos de Carl Gustav Jung y la adaptación de la idea del “proceso de individuación” al balance de su propia vida o las notas del “informe de Shultz”, donde lo mismo encontramos una cita de Demócrito que una teorización sobre el tránsito del capitalismo industrial al capitalismo financiero. El sutil ocultamiento de la Historia -con mayúscula- es parte de una destreza narrativa que nunca se exhibe en demasía, que sabe insinuarse con rigor.
Es esta densidad intelectual la que descoloca las novelas de Piglia dentro de la tradición de la novela negra iberoamericana. No pocos profesionales del género han intentado atraer la obra de Piglia a ese canon, pero con cada novela, el autor de Plata quemada y La ciudad ausente demuestra que su narrativa desborda los límites de la literatura policíaca. No basta, como han hecho algunos críticos, con colocar a Piglia más en la tradición de Chesterton que en la de Conan Doyle. Es preciso leer a Piglia como un narrador fuera de género o, simplemente, como uno de los grandes cultivadores del género novelesco en América Latina.

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