Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

martes, 27 de abril de 2010

Crepuscular

La espléndida editorial sevillana, Renacimiento, ha reunido en el volumen Rey solitario como la aurora (2009) los tres cuadernos que el poeta cubano Julián del Casal (1863-1893) publicó en vida: Hojas al viento (1890), Nieve (1892) y Bustos y rimas (1893). El estudioso de la poesía cubana, Carlos Javier Morales, afirma en el prólogo sobre el gran modernista habanero:

“En el aspecto expresivo Casal trata de extraer del símbolo y de las construcciones simbólicas todas sus potencialidades significativas, ya sea dibujando espacios donde todas las imágenes, por debajo de su fastuosa plasticidad, transmiten un significado oculto de índole espiritual (como sucede en el poema pictórico “Sourimono”), ya sea combinando los símbolos con breves aclaraciones racionales que nos sirvan como pautas interpretativas de esos objetos sensibles; o bien contando historietas aparentemente banales y juguetonas, las cuales, inconscientemente, nos hacen partícipes de la insatisfacción dramática y de la ansiedad infinita del narrador que nos habla en el poema. Composiciones como “Coquetería” o “Neurosis” inauguran esa veta narrativa lúdica y exquisita que en Prosas profanas, tras años más tardes, nos ofrecerá Rubén Darío en poemas como “Era un aire suave” o “Sonatina”, portadores de una conflictividad interior más grave de lo que parece”.

Morales es persuasivo, pero, entre los poemas de Bustos y rimas, sigo prefiriendo la ortodoxia modernista de “Crepuscular” y “Bohemios” a los juegos narrativos de “Coquetería” o “Páginas de vida”, el poema con el que Casal evocó la breve visita de Rubén Darío a La Habana en 1892. En aquel poema Casal lamentaba no “haber vivido más tiempo junto” a Darío y confesaba “perder la calma cada vez que pensaba” en el poeta de “verdes ojos relampagueantes”.



Crepuscular

Como vientre rajado sangra el ocaso,
manchando con sus chorros de sangre humeante
de la celeste bóveda el azul raso,
de la mar estañada la onda espejeante.

Alzan sus moles húmedas los arrecifes
donde el chirrido agudo de las gaviotas,
mezclado a los crujidos de los esquifes,
agujerea el aire de extrañas notas.

Va la sombra extendiendo sus pabellones,
rodea el horizonte cinta de plata,
y, dejando las brumas hechas jirones,
parece cada faro flor escarlata.

Como ramos que ornaron senos de ondinas
y que surgen nadando de infecto lodo,
vagan sobre las ondas algas marinas
impregnadas de espumas, salitre y yodo.

Ábrense las estrellas como pupilas,
imitan los celajes negruzcas focas
y, extinguiendo las voces de las esquilas,
pasa el viento ladrando sobre las rocas.

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