Libros del crepúsculo

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sábado, 27 de marzo de 2010

El último Trotski y John Dewey

El historiador francés Jean-Jacques Marie escribió hace algunos años una biografía de León Trotski, titulada Trotski. Revolucionario sin fronteras (2009), que acaba de aparecer, por vez primera, en español, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica. Además de historiador, Marie ha sido durante años militante trotskista, por lo que en momentos su estudio es una defensa de sí, además de una defensa de Trotski.
Los eventos fundamentales de esta biografía ya los hemos leído en libros de Isaac Deutscher, Pierre Broué y otros autores trotskistas, aunque aquí el énfasis vindicativo y hasta apologético –cuando trata la vida sexual y sentimental del personaje, por ejemplo- se acentúa. Frente a más de un pasaje de este libro, el lector tiene la impresión de que Trotski acaba convertido en una estatua de bronce, como las que edificaban las biografías decimonónicas, a lo Carlyle o Emerson.
El marxismo-leninismo siempre tuvo una relación ambigua con esa tradición biográfica. Por un lado, la rechazaba, sobre todo en sus representantes del siglo XX –Ludwig, Zweig…-, pero, por el otro, la reciclaba en sus propias monumentalizaciones de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao, Guevara o Castro. Al tiempo en que rebajaba el “papel del individuo en la historia”, el marxismo-leninismo construía el culto a la personalidad de los jefes comunistas.
A diferencia de la mayoría de los estudios sobre Trotski que conocemos, hay en esta biografía de Marie un trabajo minucioso con la correspondencia del líder ucraniano, un rastreo en las principales fuentes bibliográficas rusas, europeas, norteamericanas y mexicanas y una revisión de la prensa trotskista y sobre Trotski que ayuda a comprender, sobre todo, el último tramo de la vida de este importante político e intelectual de la primera mitad del siglo XX.
El periodo, a mi juicio, mejor trabajado por Marie, y el que más elementos novedosos aporta, es el que tiene que ver con los tres últimos años, los del exilio mexicano. Esos son los años (1937-40) en que Trotski tiene que defenderse de las acusaciones que se le hacen en los procesos de Moscú –fascista, agente de Hitler, asesino de Kirov, enemigo de la URSS- y, además, consolidar la red socialista de opositores al stalinismo, sobre todo en Europa y Estados Unidos, que daría lugar a la IV Internacional.
No es tanto en la descripción de la vida de Trotski en México –narrada cabalmente por Olivia Gall-, sino en su actividad intelectual y política desde México, donde se encuentran los mayores aciertos de la biografía de Marie. La cercanía de Estados Unidos le permitió a Trotski armar una red de partidarios de la “oposición de izquierda” –así llamaba él a su movimiento desde los años 20, ya que el término “trotskismo” le parecía demasiado personalizado- que llegó a crecer considerablemente en Estados Unidos.
Casi todas las biografías reivindicativas intentan dotar a los biografiados de una coherencia inverosímil. Marie no escapa a esa manía y trata de presentar al último Trotski como la prolongación, en otro contexto, del primer Trotski: el líder bolchevique y leninista del periodo 1917-23. Sin embargo, esta biografía aporta elementos suficientes para afirmar no sólo algunas continuidades sino también ciertas rupturas, que resultan incómodas a quienes prefieren entender a Trotski como sucedáneo de Lenin.
Ante el ascenso del fascismo y el nazismo en Europa y la creciente certidumbre de una próxima guerra, Trotski propuso a sus partidarios una actitud diferente a la de los bolcheviques durante la Primera Guerra Mundial. A su juicio, la estrategia socialista no debía ser la misma en todas las naciones capitalistas, ya que en algunas la democracia era más sólida que en otras. En Alemania y en Japón, Trotski recomendaba el rechazo a la guerra y la oposición violenta para derrocar militarmente a los regímenes fascistas. Pero en Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, los socialistas, a su entender, debían ser más cuidadosos e intentar siempre una “oposición política”, lo que implicaba la aceptación de métodos de la socialdemocracia, que él mismo había combatido veinte años atrás.
Esta mezcla de flexibilidad y pragmatismo del último Trotski aparece en un debate con trotskistas belgas y austriacos. “Supongamos –escribe- que mañana se desencadena un levantamiento en la colonia francesa de Argelia bajo la bandera de la independencia nacional y que el gobierno italiano, movido por sus propios intereses imperialistas, se dispone a enviar armas a los insurrectos argelinos” ¿Cuál debe ser la actitud de los socialistas italianos? Según Trotski, los socialistas italianos, en ese caso, deberían tratar de que las armas italianas llegaran a manos argelinas.
No se trata, a su juicio, de una transacción con el fascismo, como la de Stalin en el Tratado Molotov-Ribbentrop -para Trotski el combate al fascismo y el apoyo a la descolonización eran las dos grandes prioridades de la izquierda a mediados del siglo XX- pero sí de una evaluación precisa de cada coyuntura y de un claro discernimiento entre democracia y fascismo, que ciertas izquierdas todavía no han alcanzado.
Aunque nunca llegó a suscribirla, Trotski estuvo más cerca de una comprensión de las virtudes de la democracia moderna que Lenin y, por supuesto, que Stalin. Esto último no sólo se percibe en su pertinaz defensa de una “oposición” bajo el socialismo o en su clara apuesta por la autonomía intelectual –en aquellos años finales, en México, Trotski escribió con André Breton y Diego Rivera el famoso Manifiesto por un arte revolucionario independiente- sino en su diálogo con pensadores liberales norteamericanos.
Luego de los procesos de Moscú, en Estados Unidos fue creado el American Committee for Defense of Leon Trotsky, al que pertenecieron Edmund Wilson, Suzanne La Follette, Louis Hacker, Norman Thomas, John Dos Passos, Reinhold Niebuhr, George Novack, Franz Boas, John Chamberlain, Sidney Hook y otros intelectuales liberales y socialistas norteamericanos. El presidente de esa comisión, que realizó una investigación independiente sobre los supuestos “crímenes” de Trotski, imputados por Stalin, fue nada menos que John Dewey, uno de los grandes pensadores de la democracia, en Estados Unidos, en la primera mitad del siglo XX.
Desde México, Trotski colaboró resueltamente con dicha comisión. En las dos primeras semanas de abril de 1937, Dewey visitó varias veces a Trotski en Coyoacán y le tomó testimonio para su investigación. En la comitiva que acompañaba al filósofo y pedagogo norteamericano llegó el socialista norteamericano Carleton Beals, quien, según Marie, era agente de Stalin. Pero a pesar del acoso stalinista, la Comisión Dewey terminó su investigación y a fines de ese año absolvió a Trotski de todos los cargos. Según Marie, Trotski agradeció el veredicto de la comisión, pero rechazó la conclusión de Dewey de que el “estalinismo era el producto lógico del bolchevismo y por lo tanto del marxismo revolucionario”.
Asegura Marie que el famoso ensayo de Trotski, “Su moral y la nuestra”, es, esencialmente, una réplica cortés a Dewey. No estoy tan seguro y volveré sobre el tema en un próximo post. Baste tan sólo el recuerdo del diálogo entre Trotski y Dewey para ilustrar, una vez más, que hubo una época en que liberales y marxistas eran capaces de debatir civilizadamente sus diferencias y ponerse de acuerdo en temas vitales como la libertad de expresión y asociación.

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