Libros del crepúsculo

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lunes, 18 de enero de 2010

La embriaguez de la guerra

Félix de Azúa publicó, el pasado sábado, un artículo envidiable en las páginas de opinión de El País, titulado “Dificultades para empezar una guerra”. Digo envidiable con todas las letras porque a más de un amigo y a mí nos habría gustado escribirlo. Su tema, el alto grado de aceptación popular que han tenido siempre las guerras, incluso aquellas recientes, lanzadas en un contexto de universalización de la forma democrática de gobierno. La guerra hace contacto con pasiones colectivas que, por lo visto, no logran ser plenamente desestabilizadas por la secularización y la racionalidad modernas. De ahí que aquellos que se sienten libres de la amenaza de la guerra, como las últimas generaciones de europeos, o que han vivido varias décadas sin sufrir una en carne propia, no deban “cantar victoria”.

“Muy pocos ciudadanos quedan libres de esa embriaguez que parece emanar del olor a sangre humana, y menos aún quienes adivinan las proporciones del acto de la enajenación, el abismo en que van a hundirse quienes se creen vencedores”.

“La demencia del agresor –y del agredido-, de aquel que cree ser el más fuerte (incluso cuando es el más fuerte), viene siempre teñida de alucinaciones nacionales, heroicidades añejas, patrias heridas de muerte, agravios remotos, como si el mundo entero hubiera conspirado contra esa nación que ahora va a demostrar su poderío con el fin de que quienes la despreciaron se arrepientan y no sólo le cobren admiración, sino se vean en la necesidad de respetarla y amarla”.


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