Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

viernes, 21 de noviembre de 2014

Tres relatos sobre el origen del comunismo en Cuba

En el verano de 1961, parecían circular dentro de la nueva clase política revolucionaria cubana, dos relatos sobre el origen del comunismo en Cuba. Desde los debates de fines de 1957, entre dirigentes de la Sierra y el Llano, el Che Guevara había dicho que no consideraba a Fidel Castro como un líder comunista sino como un nacionalista revolucionario, "burgués", aunque por encima de su clase, dada su radicalidad. Lo que se desprendía de esa observación de Guevara -que reiterará ocho años después, en su carta de despedida a Castro, leída por éste ante el nuevo Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en 1965- era que el comunismo en Cuba fue el resultado de una máxima radicalización del nacionalismo revolucionario, que, con las leyes revolucionarias de 1959 y 1960, desembocaba en una lucha de clases y un antiimperialismo de tipo socialistas.
Este relato fue, en esencia, el que desarrolló, con un empaque teórico y retórico más afín al marxismo soviético, Carlos Rafael Rodríguez, en una serie de artículos aparecidos en Cuba socialista, en 1961. Rodríguez admitía que la Revolución no había sido obra de un liderazgo comunista, ni viejo ni nuevo, sino de una corriente revolucionaria radical que, sobre la marcha y respondiendo a conflictos internos y externos, había llegado al socialismo desde otra ideología. Como es sabido, Guevara y Rodríguez se enfrentarían luego de la Crisis de los Misiles o, específicamente, a partir de 1963, por cuestiones como la ley del valor bajo el socialismo, el financiamiento presupuestario de las empresas, el cálculo económico o la valoración del socialismo real en Europa del Este, pero hasta 1961, estaban de acuerdo en lo esencial.
Un relato alternativo aparece desde entonces, a nivel del discurso público y no tanto de la fundamentación teórica o ideológica, y es formulado por el presidente Osvaldo Dorticós en aquel acto en el MINFAR, en junio de 1961. Es un relato más fantasioso, conspirativo y, en el fondo, antimarxista del comunismo cubano, que presenta a éste como la creación de un pequeño grupo de marxistas-leninistas, desde 1953, que asalta el cuartel Moncada, se exilia en México, desembarca en el Granma, organiza la insurrección, entra en La Habana e implementa las primeras leyes revolucionarias, seguros de lo que querían hacer y convencidos de que para lograrlo no sólo debían ocultar sus objetivos sino declarar insistentemente que no eran comunistas, que querían restaurar la Constitución del 40, convocar a elecciones y nacionalizar, en todo caso, algunos servicios públicos y sectores estratégicos de la economía.
Dado que ese "liderazgo" no se limitaba, únicamente, a Fidel y a Raúl Castro, sino que se extendía al núcleo dirigente del Movimiento 26 Julio, como aseguraba Dorticós y como se lee en la Plataforma Programática del PCC, en 1975, entonces habría que suponer que, según ese relato, no sólo ambos Castros sino, también, Abel y Haydée Santamaría, Juan Manuel Márquez, Frank País, René Ramos Latour, Faustino Pérez o Armando Hart, eran marxistas-leninistas que, deliberadamente, aparentaban ser demócratas. A pesar de ser, como decíamos, más místico o conspirativo, o precisamente por eso, este relato fue el que se arraigó con mayor fortuna en los aparatos ideológicos del Estado cubano hasta los años 90. Fidel Castro lo declarará en diciembre de 1961 y luego lo repetirá a toda clase de entrevistadores y biógrafos.
Era por lo visto más consistente, a los ojos de Castro, presentarse como un comunista que, tácticamente, no asume su doctrina, que como un político que se radicaliza ideológicamente sobre la marcha. La radicalización podría ser interpretada como conversión o como oportunismo y no como una verdadera concientización. Lo curioso era que ese mecanismo, el de la concientización o el adoctrinamiento, no era mal visto en relación con la ciudadanía, que según Dorticós y los documentos posteriores del PCC, estaba deformada por la cultura burguesa del antiguo régimen. Se debía reconocer que el pueblo había heredado una cultura burguesa, pero no se podía admitir que los propios dirigentes preservaban algo de esa misma cultura.
Primero con discreción, en los 90, y luego abiertamente, en los últimos años, un tercer relato ha comenzado circular en medios intelectuales y políticos cubanos. Según ese relato, el comunismo no fue un proyecto preconcebido, como aseguraba Osvaldo Dorticós, ni la obra de una radicalización ideológica del gobierno revolucionario, entre 1959 y 1960, como sostenía Carlos Rafael Rodríguez. Fue, en realidad, una respuesta geopolítica al intento de Estados Unidos de derrocar la Revolución desde antes de que ésta triunfara. Este último relato tiene a su favor la buena recepción de ciertas izquierdas metropolitanas, sobre todo en Estados Unidos y Europa, que acostumbran a entender la historia de Cuba en clave del conflicto nación/ imperio y subestiman el papel de las ideas y las instituciones en la construcción del Estado cubano, sobre todo, entre los años 60 y 70.
Según este último relato, el comunismo cubano no ha sido tanto, como aseguran los propios documentos del PCC, un proyecto de transición de una sociedad capitalista a otra socialista -que, a su vez, transitará al orden comunista-, como un mecanismo de defensa de la soberanía nacional contra el imperialismo yanqui, cuya finalidad histórica es la anexión de la isla. La eternidad que esos documentos confieren a "la Revolución" está dada, de hecho, por ese propósito de alcanzar el comunismo. Como el advenimiento del comunismo es un proceso mundial y perpetuo, la "Revolución Cubana", confundida con ese mismo proceso, no puede ser sino eterna. El tercer relato sería, por tanto, una refutación -consciente o no- de la documentación oficial del PCC, ya que supondría que, en caso de normalizarse las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, acabaría la Revolución.

martes, 18 de noviembre de 2014

El presidente Dorticós y la trama oculta del comunismo en Cuba

Osvaldo Dorticós, presidente de Cuba durante los primeros diecisiete años del gobierno revolucionario, aunque bajo el poder real de un Primer Ministro autorizado a "dirigir" el país y sin contrapeso legislativo alguno, es una figura desdibujada en los estudios cubanos. La equivocada identidad entre Revolución, fidelismo o castrismo, en la opinión pública de la isla o el exilio y en los estudios cubanos de ambos lados, ha impedido una comprensión mejor de la arquitectura de la entonces llamada "transición socialista". Además de Dorticós, Ernesto Che Guevara, Raúl Castro, Carlos Rafael Rodríguez, Armando Hart y Antonio Núñez Jiménez, serían algunos de los artífices de ese tránsito.
Dorticós fue el único miembro del Partido Socialista Popular que formó parte del primer gobierno revolucionario, como Ministro Encargado de la Ponencia y Estudio de las Leyes Revolucionarias. Luego del ataque público de Fidel Castro contra Urrutia, que motivó la renuncia de éste en julio de 1959, la jefatura máxima del gobierno debatió si era conveniente entregar la presidencia al ex primer ministro, Miró Cardona, pero finalmente se decidió por Dorticós. La elección demostró ser adecuada para los objetivos del gobierno en los meses siguientes. Luego de las nacionalizaciones de mediados del 60, que en tres meses pusieron el 80% de la economía cubana bajo control del Estado, Dorticós fue uno de los primeros en ofrecer una explicación y un relato de la radicalización comunista del gobierno.
Una fuente clave donde leer la justificación teórica e histórica de aquel giro al comunismo, entre 1960 y 1961, que a principios de este año había provocado, naturalmente, la ruptura de relaciones con Estados Unidos, es la revista Cuba socialista. Desde 1960, dirigentes del PSP, como Carlos Rafael Rodríguez y Aníbal Escalante, comenzaron a publicar análisis que caracterizaban lo que sucedía en Cuba como un "tránsito socialista" o como la entrada de la Revolución en su "fase socialista". Lo que hicieron Castro, Hart, Núñez Jiménez y otros dirigentes, a partir de abril de 1961, fue, en buena medida, importar esa argumentación en los círculos no comunistas del Movimiento 26 de Julio.
Quedaba, sin embargo, el antecedente incómodo de todas las declaraciones anticomunistas del propio Castro, desde los tiempos del Moncada y que, entre 1957 y 1959, se habían intensificado en su permanente contacto con la prensa de Estados Unidos, especialmente, con la de Nueva York. Fue entonces que se fabricó la tesis de que Fidel Castro y sus seguidores más cercanos, en el Movimiento 26 de Julio, eran marxista-leninistas desde antes del asalto al cuartel Moncada, pero que ocultaron sus objetivos por el anticomunismo reinante en la opinión pública de la isla. Osvaldo Dorticós fue uno de los primeros en formular esa tesis, que en 1975 se naturalizó en la documentación programática del Partido Comunista de Cuba.
Pero la tesis de una minoría comunista, de nuevo tipo, que oculta su finalidad para llegar al poder y que coincide, por cierto, con el discurso oficial del régimen de Batista desde 1953, llevaba aparejada otra, sobre la incapacidad del pueblo cubano para asimilar las ideas marxistas. Ese pueblo estaba apto comprender el "tránsito socialista" como un hecho consumado, pero no para traducirlo doctrinalmente como voluntad general. No creo que antes -o después- se haya producido una idea tan clara de la Revolución Cubana como un proceso de adoctrinamiento de las masas a través de los hechos, similar al despertar de un sueño. En junio de 1961, dos meses después de la declaración del carácter "socialista" de la Revolución, esto decía Dorticós:

"En efecto, para gran parte de nuestra población -digámoslo con absoluta franqueza- aún para gran parte de nuestros trabajadores, las ideas socialistas, que son las ideas revolucionarias de la actual época histórica, solo por el nombre asustaban. La gran propaganda tradicional, totalizadora, de que habíamos sido víctimas, esa gran conjura de la mentira que el imperialismo había impuesto en nuestro país, impedía, inclusive, que aquellos que nada tenían que perder con una Revolución de naturaleza socialista, y tenían todo por ganar, tuvieran hasta cierto punto temor y muchos prejuicios frente a la palabra, frente al término y frente a la calificación, no frente a los hechos. Tan es así, que los hechos ocurrieron en Cuba, se nacionalizaron las industrias, se nacionalizó la banca, se estableció el monopolio estatal del comercio exterior, es decir, se socializó la parte principal de nuestra economía, y el pueblo y la clase trabajadora entera aplaudió aquella transformación. El pueblo se solidarizó con esa transformación revolucionaria de nuestra economía, y un buen día descubrió o confirmó que eso que aplaudía, era una Revolución socialista".


viernes, 14 de noviembre de 2014

El joven Hart y el comunismo

Entre 1957 y 1960, es decir, durante cuatro años seguidos, tuvo lugar un debate mal conocido y, sobre todo, mal editado, en el núcleo de lo que pronto sería la nueva clase política revolucionaria, sobre el comunismo en Cuba. Cuál era o cuál debía ser la ideología de la Revolución fueron, hasta el verano de 1960, cuando arranca la fulminante estatalización de la economía y la sociedad cubanas, las preguntas centrales de esa querella oculta.
La polémica venía de antes, desde los tiempos en que Mario Llerena, a nombre de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio, redactaba el programa Nuestra Razón, en la ciudad de México. Pero estalla, por vía epistolar, en los últimos meses de 1957 con el lanzamiento del Pacto de Miami. Varios líderes del Llano, como hemos comentado aquí, se opusieron a la desautorización de aquella alianza con partidos liberales y democráticos, por parte de Fidel Castro, y discutieron abiertamente las ideas comunistas del Che Guevara y Raúl Castro.
El único de los líderes del Llano, que entonces objetó la tesis comunista, y luego sobrevivió en la cúpula del poder revolucionario, fue Armando Hart. Los otros, Faustino Pérez y Enrique Oltuski, Carlos Franqui y René Ramos Latour, quedaron fuera del máximo círculo de confianza más temprano que tarde. Ramos Latour murió poco después de aquellas polémicas en la Sierra y Franqui, director del periódico Revolución y promotor cultural en la primera mitad de los 60, acabó exiliado. Pérez y Oltuski, ministros del primer gobierno revolucionario, fueron sustituidos durante las crisis del gabinete de fines de 1959 y principios de 1960. Crisis que, como todas hasta entonces -renuncia de Miró Cardona como Primer Ministro, de Urrutia como Presidente, arresto y condena de Huber Matos- tuvieron como telón de fondo el debate sobre el comunismo.
Armando Hart se involucró intensamente en aquella polémica entre la Sierra y el Llano a fines de 1957. En varias cartas a Fidel Castro y a Celia Sánchez se queja de la incomprensión de los jefes militares de la Sierra, pero también del comportamiento gangsteril de líderes del Llano, enviados expresamente de la Sierra para controlar la clandestinidad, como René Rodríguez. En una carta a Castro, de octubre de 1957, dice Hart:

"Me quedaría con algo por dentro si te ocultase que no me gustó la actitud mental con que enfocas en la última carta a Aly (Celia) las relaciones entre el Movimiento en la Sierra y fuera de la Sierra. Hablas en tu carta de que antes Aly (Celia) se consideraba parte de la Sierra y ahora está pensando como "ellos" (te refieres al Comité de Dirección fuera de la Sierra)…. Fidel, queremos que nos consideres como parte de una misma cosa, como nosotros les hemos considerado siempre a Uds; incluso algunos compañeros responsabilizados aquí como Daniel (René Ramos Latour) y Fausto (Faustino Pérez) estuvieron con ustedes allá"

En otra carta, dirigida al Che Guevara, Hart defiende resueltamente al Llano y ataca el caudillismo. Y lo hace a través del rancio argumento sobre el "espíritu español" de América, que cobra todo sentido si se tiene en cuenta quién es el destinatario:

"El cubano, como buen heredero del espíritu español, es extraordinariamente individualista y le es difícil asimilar el sentido de la palabra "organización". Sostengo incluso que éste ha sido el primer inconveniente con que nos hemos enfrentado los pueblos del Sur del Río Grande que Martí llamó "América Nuestra", para vencer a los enemigos tradicionales de nuestras libertades y de nuestro destino superior en el mundo. Te parto de esta concepción filosófica para caer en otra cosa muy concreta y que es  mi primera preocupación de hoy: la necesidad de mantener a todo rigor los cuadros de la organización fuera de la Sierra".

A medida que se van agriando las discusiones, luego de las intervenciones del Che Guevara y Raúl Castro en el debate, Hart va perdiendo el ánimo:

"Siento la amargura de la incomprensión. En el fondo lo que siento es el significado que tiene todo esto. Me parece comprender cada día mejor la razón del fracaso de las dos grandes revoluciones, la del 95 y la del 33. Nunca he comprendido mejor a Frank País, cuando en carta a Karín (Haydée Santamaría), con ocasión del asesinato de su hermano Jossué, dijo: "quizá le haya tocado mejor suerte porque a nosotros no sabemos qué nos depara el destino".

Aún así, Hart mantiene a toda costa la lealtad. No a la Sierra o al Llano, al comunismo o a la democracia, sino a Alex, es decir, a Fidel Castro:

"Yo, que me creo el más radical de nosotros (las circunstancias me obligan a hacer esta manifestación) en el aspecto político del pensamiento revolucionario, me responsabilizo históricamente con lo que hicimos y he de solicitar de Alex que si no aceptan las proposiciones del Movimiento iniciemos un barraje brutal contra Prío y comparsa. Si se aceptan los planteamientos he de discutir con Alex cómo desenvolver lo planteado, la fórmula de la Sierra (se refiere al "Manifiesto de la Sierra", firmado por Castro, Pazos y Chibás), que es idéntico a lo que nosotros hemos hecho. Si se quiere ir un paso más adelante del de la fórmula de la Sierra, debemos discutir una estrategia amplia que ya tengo pensada desde hace semanas con respecto a la lucha revolucionaria y a planteamientos programáticos y de transformaciones sociales y económicas".

En esencia, lo que dice Hart es que se suma con lealtad a cualquiera de los dos proyectos, el socialdemócrata defendido por Ramos Latour o el comunista defendido por el Che Guevara. En todo caso, no es dato menor, que el 15 de diciembre de 1957, ya en la Sierra Maestra, Hart escriba lo siguiente a Manuel Urrutia:

"Con estas líneas va la confianza de que, aunque la situación ha variado algo desde nuestra última conversación, no por ello dejará usted de aceptar el más alto honor a cubano alguno en la hora presente: el de aparecer como candidato a la primera magistratura del Estado de una juventud que lo está dando todo a cambio sólo de la honra de ser fiel a la tradición mambisa. Es decir, a la tradición puramente democrática y en modo alguno comunista de nuestros libertadores".

Esta mezcla de lealtad y pragmatismo fue la que permitió a Hart, casado con Haydée Santamaría, sobrevivir a todas las purgas imaginables. Entre 1959 y 1960, siendo ya Ministro de Educación, Hart nunca utilizó un lenguaje marxista. En cambio, en 1961, en plena Campaña de Alfabetización, iniciaba sus informes con citas de Marx y hablaba de erradicar el "humanismo burgués" y abrazar la "concepción científica del marxismo-leninismo". Cuando en 1965, se forma el nuevo Partido Comunista de Cuba, en una coyuntura tremendamente desfavorable para la corriente pro-soviética, representada por Blas Roca y Carlos Rafael Rodríguez, Hart deja el Ministerio de Educación en manos de José Llanusa y es nombrado Secretario de Organización del nuevo partido.
De esa época data una interesante correspondencia con el Che Guevara, quien ya desplazado de la clase política cubana, se preparaba para lanzar sus guerrillas en el Congo y Bolivia. Guevara era muy mal visto por la cúpula comunista habanera y soviética, por sus críticas a la falta de solidaridad de la URSS con los movimientos descolonizadores del Tercer Mundo. En una amistosa carta a Hart, de diciembre de 1965, recogida por vez primera en los Apuntes filosóficos (2012) de Guevara, éste lo felicita por su nombramiento -el encabezado es disfrutable: "Mi querido Secretario: Te felicito por la oportunidad que te han dado de ser Dios; tienes 6 días para ello"- y le propone un gran proyecto editorial desde las publicaciones del nuevo PCC, que rescate al marxismo revisionista occidental, empezando por Proudhon y siguiendo con Kautsky, Luxemburgo, Hilferding y Trotski.
Pero a Guevara le interesa entonces, también, el pensamiento liberal, clásico y moderno. Dentro de los textos a editar por aquel ambicioso proyecto estarían Adam Smith, los fisiócratas, Marshall, Keynes, Schumpeter y otros pensadores económicos del siglo XX. Las palabras finales de Guevara dejaban traslucir la certeza de que era una fantasía pensar algo así, incluso en aquella Cuba, más heterodoxa de la que vendría después. Pero también trasmitían el grado de aislamiento de Guevara en esa nueva clase política, donde Hart se afincaría en las décadas siguientes: "te escribí a tí porque mi conocimiento de los actuales responsables de la orientación ideológica es pobre y, tal vez, no fuera prudente hacerlo por otras consideraciones (no sólo la del seguidismo, que también cuenta)".


lunes, 10 de noviembre de 2014

Marx después del muro



Se cumplen por estos días, veinticinco años de la caída del Muro de Berlín y del fin de los socialismos reales en Europa del Este. A aquel invierno de 1989 sobrevinieron, en dos o tres años, la desintegración de la URSS y el colapso del bloque soviético. Veinticinco años que han refutado los vaticinios más idílicos de entonces, que hablaban de “últimos hombres”, “fines de la historia” o albores del reino definitivo  de la libertad. 
              Uno de los augurios contrariados, en las décadas que han seguido a la caída del Muro de Berlín, es el de la decadencia, junto con los regímenes comunistas y las economías planificadas, de la teoría marxista. No exageran quienes afirman que la obra de Karl Marx se ha vuelto más importante para las ciencias sociales e, incluso, para la esfera pública de Occidente, de lo que era entre los años 70 y 80, antes de la desintegración de la URSS.
            Desde fines de los 90 y, especialmente, a partir de la crisis económica mundial de 2008, se han escrito decenas de biografías y estudios sobre Marx y algunos de ellos se han convertido en auténticos best sellers del mercado global del libro. En 1999, el británico Francis Wheen escribió una espléndida biografía de Marx, que completó, en 2006, con una historia de la escritura de El Capital.
            Más recientemente, un académico norteamericano, el historiador de la Universidad de Missouri, Jonathan Sperber, escribió otra biografía, Karl Marx. A Nineteenth Century Life (2013), que reforzó la imagen mundana, de caballero victoriano, que atribuyó Wheen al pensador alemán. En sentido contrario a Wheen y Sperber, el biógrafo de Friedrich Engels, Tristram Hunt, en su libro Marx’s General (2013), prefirió concentrarse en la vida conspirativa y revolucionaria de los fundadores del marxismo.
            Historiadores, filósofos y sociólogos como Eric Hobsbawm, Terry Eagleton y Göran Therborn también dedicaron libros a Marx y al marxismo en los últimos años, que hemos comentado en este blog. Pero ninguno de ellos ha tenido el éxito del volumen del joven economista francés, Thomas Piketty, Le Capital au XXI siècle (2013), que aparece este año, en español, en el Fondo de Cultura Económica. Paul Krugman y Joseph Stiglitz han consagrado a Piketty como la nueva estrella de la economía global.
            Piketty se inspira en Marx para sostener que, en la actualidad, la acumulación de capital es mayor que el crecimiento real de la economía global, por lo que, a su juicio, el aumento la desigualdad social y la disparidad en la distribución del ingreso son constantes. El éxito del libro de Piketty trasciende, por lo visto, el mercado de los diagnósticos de la crisis de 2008 y afirma la vigencia del pensamiento de Marx en el siglo XXI.
            A esta lista de estudiosos de Marx, en las últimas décadas, habría que agregar la nutrida corriente de pensamiento, autodenominada “neomarxista” (Zizek, Rancière, Badiou, Hardt, Negri, Butler, Laclau, Buck-Morss, Bosteels…), que ha colonizado teóricamente los estudios culturales, sobre todo, en la academia norteamericana. Nunca antes la idea comunista había ejercido tanto atractivo en la juventud universitaria de Estados Unidos.
            Esta paradoja de un revival del marxismo después del comunismo se explica no sólo por la última crisis del capitalismo sino por la ausencia de un poder comunista mundial, como el de la era soviética, que, por su estructura totalitaria, restaba popularidad a esa teoría. El capitalismo global y la universalización de la democracia favorecen esta vuelta a su gran crítico, en el siglo XIX, y confirman a Marx como una marca de la cultura occidental.

             

viernes, 7 de noviembre de 2014

La madre de todas las polémicas

Ahora que tanto se escribe sobre las "polémicas culturales" de los años 60, en Cuba, tal vez convenga regresar al origen de todos aquellos debates. Un origen ideológico -muchas veces lo "cultural" funciona, en los estudios cubanos, como eufemismo de lo ideológico o, estrictamente, de lo político-, que, luego de aniquilar toda posibilidad de un proyecto liberal, republicano o democrático, dentro del campo intelectual revolucionario, se reducía a dos alternativas: el comunismo pro-soviético u otro tipo de socialismo, más cercano a las tradiciones de la izquierda nacionalista o populista latinoamericana o a la social democracia europea. La primera vez que, dentro de la esfera ideológica revolucionaria, aparece nítidamente esta contradicción es en la polémica epistolar que sostuvieron el Che Guevara, ya comandante del Ejército Rebelde, y René Ramos Latour, líder de la clandestinidad del Movimiento de 26 de Julio y sustituto, en Santiago de Cuba, de Frank País, luego del asesinato de éste, en el verano de 1957.
Las divergencias entre los dirigentes del Llano (Faustino Pérez, Armando Hart, Enrique Oltuski, Frank País, René Ramos Latour…) y de la Sierra (los dos Castro y Guevara, fundamentalmente) estallaron desde antes de la muerte de País, pero se agudizaron a fines de año, cuando la dirigencia urbana pactó con políticos "auténticos" y "ortodoxos", exiliados en Miami, como el ex presidente Carlos Prío Socarrás y los líderes de la ortodoxia Roberto Agramonte y Manuel Bisbé. A nombre del 26 de Julio, Felipe Pazos y Léster Rodríguez firmaron el Pacto de Miami, con esos y otros políticos de la oposición pacífica, como Manuel Antonio de Varona y José Miró Cardona. A pesar de que Castro había firmado el Manifiesto de la Sierra, con Pazos, en marzo del 57, que proponía más o menos lo mismo que el Pacto de Miami, y de que los representantes del 26 de Julio en el exilio, Mario Llerena y Raúl Chibás, tenían instrucciones de negociar con aquellos políticos, los jefes de la Sierra montaron en cólera, reprendieron a los dirigentes del Llano y llegaron a pedir que Pazos y Rodríguez fueran declarados "traidores a la Revolución" y fusilados.
Luego de la desautorización del Pacto de Miami, por Fidel Castro, el 14 de diciembre de 1957, esto escribía el Che Guevara a Ramos Latour:

Pertenezco por mi preparación ideológica a los que creen que la solución de los problemas del mundo está detrás de la llamada cortina de hierro y tomo este movimiento como uno de los tantos provocados por el afán de la burguesía de liberarse de las cadenas económicas del imperialismo. Consideré siempre a Fidel como un auténtico líder de la burguesía de izquierda, aunque su figura está realzada por cualidades personales de extraordinaria brillantez que lo colocan muy por arriba de su clase. Con ese espíritu inicié la lucha: honradamente sin esperanza de ir más allá de la liberación del país, dispuesto a irme cuando las condiciones de la lucha posterior giraran a la derecha (hacia lo que Uds. Representan) toda la acción del Movimiento. Pareciéndome imposible lo que después supe, es decir, que se tergiversaba así la voluntad de quien es auténtico líder y motor único del Movimiento, pensé lo que me avergüenzo de haber pensado.

Ramos Latour, que en octubre había subido a la Sierra a debatir la idea del Pacto de Miami con los comandantes, responde a Guevara:

Supe desde que te conocí de tu preparación ideológica y jamás hube de referirme a ello. No es ahora el momento de discutir “donde está la salvación del mundo”. Quiero sólo dejar constancia de nuestra opinión, que por supuesto es enteramente distinta de la tuya. Considero que no hay en la Dirección Nacional del Movimiento ningún representante de “la derecha” y sí un grupo de hombres que aspiran a llevar adelante con la liberación de Cuba, la Revolución que, iniciada en el pensamiento político de José Martí, luego de su peregrinar por las tierras americanas, se vio frustrada por la intervención del gobierno de los Estados Unidos en el proceso revolucionario. Nuestras diferencias fundamentales consisten en que a nosotros nos preocupa poner en manos de los pueblos tiranizados de “nuestra América” los gobiernos, que respondiendo a sus ansias de Libertad y Progreso, sepan mantenerse estrechamente unidos para garantizar sus derechos como naciones libres y hacerlos respetar por las grandes potencias.

Y agrega:


Nosotros queremos una América fuerte, dueña de su propio destino, una América que se enfrente altiva a los Estados Unidos, Rusia, China o cualquier potencia que trate de atentar contra su independencia económica y política. En cambio los que tienen tu preparación ideológica piensan que la solución a nuestros males está en liberarnos del nocivo dominio “yanqui” por medio del no menos nocivo dominio “soviético”….  En cuanto a mí, puedo decirte que me considero un obrero; como obrero trabajé hasta que renuncié a mi salario por incorporarme a las Fuerzas Revolucionarias de la Sierra, abandonando al mismo tiempo mis estudios de Ciencias Sociales y Derecho Político, que había emprendido con la esperanza de prepararme debidamente para servir mejor a mi pueblo. Soy obrero, pero no de los que militan en el Partido Comunista y se preocupan grandemente por los problemas de Hungría y Egipto, que no pueden resolver, y no son capaces de renunciar a sus puestos e incorporarse al proceso revolucionario que tiene, como fin inmediato, el derrocamiento de una oprobiosa dictadura.

martes, 28 de octubre de 2014

Mañach sobre el fanatismo político

En la larga polémica que siguió al suicidio de Eduardo Chibás, el 5 de agosto de 1951, en la prensa cubana, se discutió todo: la democracia y el populismo, el suicidio y la república, la razón y la locura, la violencia y el civismo. Un momento doctrinalmente rico, ya al final del debate, aparece cuando algunos partidarios de Chibás, como José Pardo Llada y Gustavo Aldereguía, cuestionan a Mañach, que entonces era "ortodoxo", por haber elogiado la política cultural de Aureliano Sánchez Arango, Ministro de Educación del gobierno de Prío Socarrás.
Como recuerda Lela Sánchez Echeverría, hija de Sánchez Arango, en su valioso libro La polémica infinita. Aureliano vs. Chibás y viceversa (2004), escrito en La Habana pero publicado en Miami, la lealtad política de Mañach a Chibás, o sus frecuentes desencuentros públicos con el Director de Cultura, Raúl Roa, no le impedían reconocer el valor de algunas actividades culturales organizadas por esa institución, como el oratorio "Juana de Arco en la hoguera", al pie de la Catedral de La Habana, las exposiciones de pintura y escultura en 1951 o los espectáculos del Ballet de Alicia Alonso, realizados con apoyo gubernamental.
En respuesta a esas críticas, por parte de intelectuales o periodistas afiliados a la oposición "ortodoxa" contra el gobierno de Prío, en Bohemia, el 23 de septiembre de 1951, Mañach expone sutilmente no sólo su rechazo al suicidio de Chibás, que en otros textos presentará como parte de una saludable "dramatización" de la cultura política cubana, sino, también, al falso cargo de corrupción que el líder ortodoxo hiciera contra Sánchez Arango. Se trata de un momento breve de desencanto de Mañach con la Ortodoxia, que vale la pena archivar:

"En efecto, lo que está realmente a debate en toda esta lamentable pero necesaria discusión es si el fanatismo es una actitud política sana. Por fanatismo entiendo lo que se ha entendido siempre: el "celo excesivo por una religión u opinión". Lo que hace "excesivo" el celo en tales casos es que no se limita a ser un fervor por lo que se cree, sino que se acompaña de una prevención cerrada, sistemática, violenta, agresiva, contra todo lo que no sea eso en que se cree, contra toda actitud que no acepte íntegramente lo que pensamos y sentimos, contra toda independencia de criterio para graduar y discernir, para distinguir y reparar".

Y continúa:

"El fanatismo político en que la ortodoxia viene cayendo parte de una premisa correcta: que hay mucha corrupción en la vida política cubana. Pero de esa premisa correcta, el fanatismo oposicionista da un salto a la deducción de que toda esa vida política nuestra está podrida, de que no hay ninguna zona de intenciones limpias, más que aquellas en que nosotros estamos, ni ningún gobernante útil más que los que con nosotros están".

Y concluye Mañach:

"Todo el que participe o tenga siquiera contacto con esa vida política que no es la nuestra es un cómplice miserable de la corrupción o coquetea con ella, todo lo que se diga en elogio de algún aspecto de esa gestión oficial, es una traición, una declaración viva de "actitud equívoca". Y algo más grave: se declara o se piensa que todo argumento contra esa vida política o contra cualquier detalle u hombre de ella, es válido, cualquiera que sea su grado de veracidad intrínseca, cualquiera que sea su demostrabilidad… Eso es lo que llamo fanatismo político. La generalización y la simplificación llevadas al extremo de la ferocidad".  

jueves, 23 de octubre de 2014

Amistades rotas

La Revolución Cubana -y valga por enésima vez la aclaración que entiendo ésta como un proceso histórico efímero y delimitado en el tiempo, entre los años 50 y 70 del pasado siglo, que destruyó el orden social republicano y construyó uno nuevo, comunista- produjo un Estado con una enorme capacidad de intervención en todos los niveles de la vida insular. Un Estado que no sólo intervino negocios particulares y compañías extranjeras sino, también, familias, afectos, sociabilidades, religiones, sexualidades, deseos y temores del individuo.
Una esfera donde explorar la fractura de ese fenómeno, en la historia de Cuba, sería la de las amistades políticas. Como todo espacio público plural, el cubano anterior a la Revolución de 1959 propició un conjunto de afectos y lealtades, que respondían a convergencias ideológicas, estéticas o, específicamente políticas, que se vieron invadidas por aquel Estado. El Leviatán revolucionario, con su lealtad y su afecto supremo al líder y al partido, zanjó las amistades políticas heredadas de la República.
Ya comentamos aquí el caso de la amistad entre José Antonio Portuondo y Lino Novás Calvo, quebrada por el respaldo al nuevo régimen del primero y el exilio del segundo. Pero entre tantas amistades rotas en aquellos años, tal vez haya que reseñar otra, emblemática de la vida pública cubana anterior a 1959, que fue la que sostuvieron dos intelectuales y políticos habaneros, nacidos en 1907, por más de treinta años: Aureliano Sánchez Arango y Raúl Roa.
Sánchez Arango y Roa eran hijos o nietos de mambises. El padre del primero había sido capitán médico en la guerra del 95 y el abuelo del segundo era Ramón Roa y Garí, teniente coronel en la Guerra de los Diez Años, antologador de Los poetas de la guerra y autor de las duras memorias, A pie y descalzo de Trinidad a Cuba (1890). Sánchez Arango y Roa deben haberse conocido en 1925, cuando ambos estudiaban en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana o, incluso, antes, desde el Instituto de La Habana, en 1923, ya que desde entonces el primero estaba relacionado con el Movimiento de la Revolución Universitaria impulsado por Julio Antonio Mella.
A fines de los 20, ambos ya están afiliados al Directorio Estudiantil Universitario y al Ala Izquierda, dos asociaciones de oposición a la dictadura de Gerardo Machado. Esta biografía política común se separa, ligeramente, a principios de los 30, cuando Sánchez Arango ingresa por unos años al Partido Comunista, pero vuelve a conectarse tras la caída de Machado. En 1935, Sánchez Arango y Roa son dos de los principales líderes de la huelga general contra el gobierno de Fulgencio Batista, que fue brutalmente reprimida.
Luego de breves exilios, en los 40, estos dos amigos son profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, el primero de Legislación Industrial y Obrera y el segundo de Historia de las Doctrinas Sociales. Sánchez Arango fue, en aquellos años, uno de los políticos e intelectuales cubanos que con mayor resolución apoyó al exilio republicano español, rechazado en no pocos ambientes universitarios y gubernamentales de la isla. Y aunque era bien visto por el gobierno de Ramón Grau San Martín, que lo envió como su representante a la Conferencia Internacional del Trabajo de Ginebra en 1947, la mayor posición política de Sánchez Arango llegó al año siguiente, con el ascenso presidencial de su amigo desde los tiempos del Directorio antimachadista, Carlos Prío Socarrás.
Cuando Prío lo nombra Ministro de Educación, Sánchez Arango designa a su amigo Roa como Director de Cultura de esa institución. Ambos pertenecieron al gobierno derrocado el 10 de marzo de 1952, y ambos recibieron asilo político en la embajada de México, donde se exilian. El exilio de Roa fue más intelectual que el de Sánchez Arango, quien se dedicó a conspirar y preparar invasiones y traslados de armas, en apoyo a las acciones de la Organización Auténtica radical y la Triple A, contra Batista. Pero hasta 1958, por lo menos, el perfil ideológico de Roa, que leemos en la revista Humanismo, en México, o en sus artículos en El Mundo, es muy afín al de Sánchez Arango, expuesto en "El naufragio del Bonito", la "Carta a la Juventud" y otros textos de los 50, reunidos en el libro Trincheras de ideas y de piedras (San Juan, Editorial San Juan, 1972).
¿Cuándo se quebró la amistad entre Sánchez Arango y Roa? La biografía oficial de Roa, que puede leerse en el Diccionario de la Literatura Cubana (1984) -donde no aparece, naturalmente, Sánchez Arango, aunque fue un político profesional tan intelectual y escritor como Ernesto Guevara o Armando Hart, que encabezaba sus arengas con exergos de Kipling o de Gide- sugiere que el distanciamiento se produjo entre 1957 y 1958, cuando Roa se vinculó al Movimiento 26 de Julio y la Resistencia Cívica, pero es difícil confirmarlo. Más lógico sería que la ruptura de aquella amistad de más de treinta años se produjera a partir del verano de 1959, cuando Roa pasa de representante de Cuba en la OEA a Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Fidel Castro.
Ya para entonces, Sánchez Arango estaba conspirando, nuevamente, con su Frente Nacional Democrático, contra el nuevo régimen. El giro al comunismo de la Revolución, en los meses siguientes, colocó a estos dos amigos en polos opuestos de la política cubana. Es probable que exista, pero no encuentro ninguna alusión a Roa en el voluminoso libro de Sánchez Arango, Trincheras de ideas y de piedras (1972), a pesar de que muchos de sus artículos, escritos en los 60, tratan temas que involucraban centralmente al canciller cubano, como las reuniones de la OEA en San José y Punta del Este, el tratamiento del problema cubano en la ONU o la crisis de los misiles en 1962.
En cambio, Roa, se refirió varias veces a Sánchez Arango en tono despectivo, después de 1959, de un modo parecido a como se referían a Jorge Mañach sus viejos amigos comunistas. Por ejemplo, en una famosa entrevista que le hizo Ambrosio Fornet, para la revista Cuba, en 1968, Roa, llamado a "definir con una frase" a su gran amigo, dice: "Aureliano Sánchez Arango es el más consumado histrión de la generación del 30". No queda tan mal Sánchez Arango, otro amigo suyo, Carlos Prío Socarrás, es definido como "un caco que jamás trascendió la categoría de caca". En otro momento de la entrevista con Fornet, agrega Roa, como para no permitir una interpretación benévola de la palabra "histrión": "el mayor farsante de la generación del 30 es Aureliano Sánchez Arango. ¿Puede alguien dudarlo?"