Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

sábado, 9 de diciembre de 2017

Adolfo Salazar y su Habana negra

El profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, Jesús Cañete Ochoa, ha compilado recientemente los artículos que el musicólogo español Adolfo Salazar, exiliado en la Ciudad de México en los años 30 y fallecido en esta capital, en 1958, escribió sobre la música cubana. Salazar viajó por primera vez a La Habana en 1930, cuando coincidió con su amigo, el poeta Federico García Lorca, quien le sirvió de cicerone en aquella ciudad del Caribe andaluz.
            Lorca llevaba dos meses en La Habana, cuando llegó Salazar en mayo de 1930, invitado por la Institución Hispano Cubana de Cultura, presidida entonces por el antropólogo Fernando Ortiz. Entre Ortiz, su discípula Lydia Cabrera y Lorca debieron haber tendido todas las alfombras por las que Salazar paseó su refinado sentido del ritmo y la armonía. A través de ellos conoció a los grandes músicos cubanos (Pedro Sanjuán, Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla, Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig, Rodrigo Prats…), pero también a sus mejores críticos, como los jóvenes Alejo Carpentier y Juan Pérez de la Riva, cuya amistad con Lorca se documenta en el prólogo de Cañete Ochoa.
            Salazar regresó a Madrid, Lorca fue asesinado en Granada y, pocos años después, luego del levantamiento franquista contra la República Española, el musicólogo regresó de vuelta a la isla, camino a su exilio mexicano. Ya para entonces había escrito la serie de crónicas deslumbrantes sobre La Habana y su música negra, para El Sol de Madrid, y su importante opúsculo sobre García Caturla, que aprovechará Carpentier en su gran ensayo La música en Cuba, editado por el Fondo de Cultura Económica en 1946.
            Las crónicas habaneras de Salazar para El Sol recuerdan lo mejor del género en Cuba y España, lo mejor de Casal y Baroja, de Ortega y Mañach. Empieza a narrar su contacto con la ciudad desde el camarote del barco, por cuya claraboya “entra una luz suave y un frescor que no era ya de mar, sino un frescor vegetal, amanecer de tierra”. Cuando Salazar se asoma a cubierta ve la “línea soberbia del Malecón, vanguardia en la perspectiva de la gran ciudad que es La Habana”.
            El musicólogo, que tiene apenas 40 años, advierte el dolor de los españoles mayores que lo acompañan, que conocieron aquel puerto cuando, tres décadas atrás, formaba parte de su imperio. Comprende ese dolor, pero simpatiza más con la nueva generación cubana, orgullosa de su independencia y genuinamente interesada en todo lo que llega de la península. Entre la “técnica superior del anglosajón y la técnica a ras de suelo, tan ultrademocrática del pueblo cubano”, Salazar cree percibir un espíritu intermedio, que es el hispánico.
            La música negra cubana, a su juicio, era la desembocadura de tres afluentes: África, España y Estados Unidos. Sus manifestaciones eran tan diversas como sus propios elementos formativos. Había música negra en los plantes rumberos de los solares, en las danzas para piano de Lecuona o en las composiciones sinfónicas de Roldán y Caturla. Aún así, en sus artículos en revistas habaneras como Musicalia y Pro-Arte Musical, de los años 30, Salazar privilegiaba la música culta, como esfera donde se decidía la vitalidad de aquel “trueque sonoro”.
            Para fines de la década, cuando mueren, demasiado jóvenes, Roldán y Caturla, y Sanjuán se traslada a Estados Unidos, Salazar advierte un “callejón sin salida” en la música negra de concierto en La Habana. Aquel diagnóstico, que intentaron resistir algunos críticos, fue suscrito por Carpentier en La música en Cuba, cuando hacía este apunte, válido también para la literatura y la política: “el nacionalismo nunca ha sido una solución definitiva. La producción musical culta de un país no puede desarrollarse, exclusivamente, en función del folklore”.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Jorge Mañach y la Revolución de 1959



La editorial Casa Vacía que dirige el ensayista cubano Duanel Díaz, en Estados Unidos, ha publicado recientemente la antología La cura que quisimos. Artículos sobre la Revolución Cubana (2017) de Jorge Mañach. La selección corre a cargo del incansable crítico Carlos Espinosa Domínguez, quien, en las últimas décadas, ha realizado una labor de rescate editorial, especialmente de la obra periodística dispersa de Lino Novás Calvo, Gastón Baquero y Jorge Mañach, que nunca agradeceremos lo suficiente.
Esta antología reúne algunos artículos -no todos- centralmente dedicados a la Revolución Cubana, que Mañach escribió entre 1954, cuando se posiciona a favor de la amnistía de los asaltantes del cuartel Moncada, y el verano de 1960, poco antes de exiliarse en San Juan, Puerto Rico, donde murió en junio de 1961. Casi todos los textos aparecieron en Bohemia y Diario de la Marina, aunque hay alguno, como "El drama de Cuba" (1958), publicado originalmente en Cuadernos para la Libertad de la Cultura, u otro, como la entrevista que concediera a Bohemia Libre pocos días antes de morir, en la que respaldó la invasión de Bahía de Cochinos.
Los artículos exponen con claridad la oposición de Jorge Mañach al régimen del 10 de marzo de 1952, encabezado por Fulgencio Batista, y su adhesión sincera a la Revolución de mediados de los 50. Una Revolución que vio siempre como último capítulo de la anterior, la de 1933 contra la dictadura de Gerardo Machado, y que, a su juicio, debía encauzarse a través de formas republicanas y democráticas de gobierno. A pesar de la genuina simpatía que Mañach sintió por la figura de Fidel Castro -y también por la de Camilo Cienfuegos y otros líderes revolucionarios, fuera del 26 de Julio o de la Sierra Maestra, como José Antonio Echeverría-, aquella Revolución, en su mente, era algo ideológica e institucionalmente muy distinto al castrismo o al comunismo.
No creo, por tanto, que lo más importante de estos textos, leídos desde el saber historiográfico acumulado en las últimas décadas, sea el testimonio de alineamiento y luego desencanto con el "castrismo", como sostiene Duanel Díaz en el prólogo. Fuera de unos pocos "batalladores de las ideas", en la franja más inmovilista del régimen cubano, nadie escamotea el respaldo de Mañach a la Revolución y nadie desconoce que su oposición al gobierno revolucionario, como la de tantos otros liberales o demócratas del periodo republicano, se inició en cuanto se convenció de la edificación de un sistema comunista en Cuba.
Lo más importante de la lectura del Mañach revolucionario en el siglo XXI, a mi juicio, es precisamente el frustrado intento de articular una crítica liberal dentro de la Revolución. Estas prosas de Mañach no eran mera certificación de un entusiasmo sino también objeciones elegantes a un poder político que, desde un inicio, amenazaba con limitar derechos civiles. De ahí que a pesar de detectar una renovación de la "fe" en la nación o de la "virtud" republicana, critique los fusilamientos, el amago de condenar a muerte a su enemigo Otto Meruelo, el peligro de una reforma agraria demasiado estatista, el arribismo de los nuevos jacobinos y hasta el uso indiscriminado del "para qué" en la retórica de Fidel Castro, que podía llegar a "modos tan radicales de aspirar a la justicia social, que la libertad acabaría por salir mal parada". Luego de esta frase, por cierto, citaba muy campante Camino de servidumbre de Friedrich Hayek.
Mientras reaccionaba contra la explosión de La Coubre como un acto hostil de Estados Unidos, en su artículo "Déjennos en paz", Mañach reconocía que las mayores "incomodidades" de vivir bajo el nuevo régimen provenían de la "intolerancia, los rudos simplismos de procedimientos, los excesos de la justicia sobre la caridad, los dislocamientos de fortuna y a veces de doctrina". Incluso, en un artículo favorable como "El ángel de Fidel", daba voz a la crítica por medio del diálogo con su amigo "conservador" -¿Baquero?, ¿Ichaso?-, quien odiaba los "ataques a los ricos, el antiamericanismo innecesario, la infiltración comunista y los despojos inmerecidos".
Pienso que para aquilatar la creciente inquietud de Mañach, en La Habana, en el primer semestre de 1960, habría que leer también otros artículos de aquellos meses, no incluidos en esta antología, donde se plasma su rechazo al comunismo, como "Entre Camus y Reyes", "El testamento de Camus", "Compromiso con la verdad entera", "Una vieja voz por la libertad" y "José Martí: rompeolas de América", su último texto en Bohemia Libre. La ausencia de estos textos en la antología no impide, sin embargo, detectar los límites de la comprensible identificación inicial de Jorge Mañach con la Revolución Cubana, antes de su deriva comunista.
No puedo terminar este comentario sin decir que la adición del ensayo de Gastón Baquero, "Jorge Mañach o la tragedia de la inteligencia en la América Hispana", que Duanel Díaz lee como "una mirada sobre toda la trayectoria" del autor de Indagación del choteo, "culpando a sus continuos afanes públicos del fracaso o, por lo menos del menor alcance, de su obra literaria", era innecesaria. Innecesaria, digo, por la interpretación simplista del generoso ensayo de Baquero, que Díaz antepone en el prólogo. Luego del veredicto de que Mañach fracasó como escritor por culpa de su vocación pública, en la segunda página de la antología, el epílogo de Baquero funciona, en realidad, como una coletilla.
El efecto es similar a cuando en los años soviéticos, cada vez que se mencionaba a Jorge Mañach en Cuba, había que contraponerle algún juicio desfavorable de Raúl Roa, Juan Marinello, Alejo Carpentier, Martín Casanovas o Mirta Aguirre, que lo caracterizara como un intelectual burgués que traicionó a la Revolución. Como si el lector no pudiera enfrentarse a la voz de Mañach sin una mediación ideológica de sus editores, sean estos comunistas o anticomunistas. Mi sugerencia al lector de esta antología es que lea primero los artículos de Mañach, compilados por Carlos Espinosa, luego el epílogo de Baquero y, por último, el prólogo de Díaz.
El mismo reproche, que Baquero expresa con la sutileza de que carece el prologuista, podría hacerse y se hizo al poeta de Magias e invenciones. A mi entender se trata de un reproche equivocado en ambos casos, porque ni Mañach ni Baquero entendieron la "literatura" o, más específicamente, el "ensayo", al margen del periodismo o de la intervención del intelectual en la esfera pública. En el plano político, esa jerarquización de Baquero sobre Mañach resulta, cuando menos, sectaria, ya que si el poeta no comulgó con el primer fidelismo fue por su simpatía hacia el régimen batistiano. Simpatía que, como la de Mañach con la Revolución, tampoco careció de fisuras, que es lo que cuenta en la vida intelectual.



sábado, 25 de noviembre de 2017

Abusar de las Kristevas y las Sontags



Hoy, en El Cultural de La Razón, Daniel Rodríguez Barrón reseña el libro póstumo del admirado ensayista mexicano, Sergio González Rodríguez, Premio Anagrama de Ensayo 2014, fallecido en abril de este año. El libro se titula Teoría novelada de mí mismo (2017) y no lo publica Anagrama, como sus ensayos emblemáticos -El centauro en el paisaje (1992), Huesos en el desierto (2003), El hombre sin cabeza (2009) o Campo de guerra (2014)- sino Penguin Random House. Más que unas memorias, el libro parece ser un autorretrato, un inventario de lecturas, obsesiones, miradas fijas o desviadas, que servirían de guía al lector de sus ensayos.
González Rodríguez no fue nunca un ensayista académico: su vida en el periodismo lo protegió de los rituales y las asperezas del texto profesoral. Aún así, Rodríguez Barrón encuentra que, por momentos, su prosa se abría demasiado a referencias o citas de pensadores admirados. Si esa era una limitación del ensayista mexicano, a juicio del reseñista, qué decir de quienes incursionamos en el ensayo desde la academia. La referencia o la cita, utilizadas con moderación, son inevitables, como forma de orientación en el orbe caótico de las ideas.
Más que un medio de protección o un temor a exponer la propia inteligencia, el acto de citar o glosar a un autor admirado, es una ubicación de sí en el desconcierto ideológico, una seña de identidad en medio de la confusión valorativa que crece desde fines del siglo XX.  Reconozco en el gesto de González Rodríguez, de autorizar sus ideas con tesis de grandes filósofos occidentales, una marca de los 70 y los 80, cuando era inconcebible un pensar sin las coordenadas del marxismo, el psicoanálisis o el post-estructuralismo. En todo caso, vale la crítica de Rodríguez Barrón, en buena medida, como testimonio de que la nueva generación parece dejar atrás aquel "sentido trágico de la erudición", que tan bien describió el historiador Anthony Grafton:

"También es un ejercicio que tiene algo de protección. A veces, González Rodríguez abusa de las Kristeva y las Sontag, los Agamben y los Lacan, como si temiera a exponer sus propias teorías sin un supuesto marco crítico, digo supuesto porque en realidad lo suyo es el ensayo literario, libre, imaginativo y especulativo, donde esos espaldarazos (seamos serios: fuera del mundo de la imaginación y las ideas, ¿qué otra realidad tienen esos ídolos?) resultan innecesarios. Más aún, porque este libro es resultado de una experiencia interior, absolutamente personal y única, allí se encuentran todos sus aciertos, e intentar justificarlos es irrelevante para la literatura. Sin embargo -hay que decirlo todo- su gusto por la teoría era el gusto culpable del autodidacta que no se resigna a serlo, y quiere mostrar credenciales, que a la altura a la que había llegado y con su prestigio, eran innecesarias y estrictamente escolares". 

viernes, 17 de noviembre de 2017

Polémica sobre el APRA: la versión de Haya



No sé si siga siendo igual, pero cuando era estudiante de la Facultad de Filosofía de la Universidad de La Habana, en los años 80, y se estudiaban las obras de Mella, raras veces se leía completo el folleto ¿Qué es el ARPA? (1928), dedicado a descalificar el proyecto aprista impulsado por el revolucionario peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, ni la respuesta de éste en el ensayo El antimperialismo y el APRA (1928). El texto de Mella era un brillante panfleto, con algunas críticas pertinentes, como la del apoyo del APRA al movimiento anti-chino en México, y con muchas acusaciones e insultos sin base.
Lo que en realidad era parte de una ofensiva de Moscú y el Partido Comunista Mexicano contra la influencia del APRA en el movimiento obrero y la política mexicana, en el texto de Mella aparecía como un conflicto ideológico irreconciliable. Unos y otros, los comunistas y los apristas, como a fuerzas reconoce Mella, estaban por los frentes amplios, por la eventual colaboración con las burguesías o con la participación estratégica en procesos electorales. Pero lo intolerable del aprismo -y, en general, del naciente populismo latinoamericano- era que intentaba desplazar a la red comunista de Moscú como foro de la izquierda regional.
No es que no hubiera algunas diferencias conceptuales de peso: los comunistas pensaban que el liderazgo de la revolución debía estar en manos del movimiento obrero o, más bien, de las cúpulas comunistas del movimiento obrero, mientras que los populistas daban más importancia a los campesinos, los jóvenes, los intelectuales, las clases medias y las comunidades indígenas, a las que Mella, por cierto, no reconoce como sujetos políticos, ya que, a su entender, el capitalismo había "resuelto el problema racial" haciendo de los indios, campesinos. Pero en teoría, esas diferencias habrían podido acortarse de no haber existido tal conflicto de intereses.
Los reproches de Mella a Haya de la Torre reaparecerán textualmente en los informes del VI Congreso de la Internacional Comunista en Moscú, en el verano de ese mismo año. El cubano, evidentemente, se hacía eco de las directrices moscovitas al presentar a Haya y sus "arpistas" como "falsos" revolucionarios. Especialmente, en los ataques dirigidos a cuestionar el respaldo del APRA a la Revolución Mexicana, a Augusto César Sandino en Nicaragua o al movimiento nacionalista guatemalteco, se hacía evidente aquella disputa territorial por la hegemonía de la izquierda latinoamericana. No se comprende cabalmente el sentido del texto de Mella sin la lectura de la respuesta de Haya de la Torre, en su libro El antimperialismo y el APRA (1928):


--> "Fue entonces cuando Julio Antonio Mella, estudiante desterrado de Cuba y militante comunista, publicó un violento folleto contra el APRA. Mella se había reencontrado conmigo en las sesiones del Congreso Antimperialista Mundial, reunido en Bruselas a principios de 1927. Le conocía desde que llegué desterrado a Cuba de paso a México en 1923, pero los debates de Bruselas, en los que refuté y conseguí el rechazo de su proyecto de resolución sobre las condiciones económicas y políticas de Indoamérica, nos distanciaron definitivamente. Mella era un mozo de gran temperamento emocional y de probada sinceridad revolucionaria. Fue hasta la muerte un luchador puro y antimperialista inflexible. Creo que habría sido uno de los grandes realizadores de la libertad de Cuba, una vez que la experiencia le hubiera demostrado que el comunismo no es el mejor camino para la nueva emancipación de nuestros pueblos. Pero a fines de 1927, Mella, recién llegado de su visita a Rusia, se hallaba poseído de un juvenil fanatismo bolchevique, intransigente y ardido. Su folleto revela bien tal estado de ánimo. En páginas saturadas de agresividad e intolerancia reprochaba al APRA lo que él llama con léxico europeizante su reformismo”.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Dos revoluciones o ninguna




Hubo razones para suponer que Vladimir Putin haría del centenario de la Revolución de 1917 una ceremonia de afianzamiento simbólico de su poder en Rusia y el mundo. Algo parecido a lo que hicieron Sadi Carnot y la Tercera República francesa, en 1889, con la Exposición Universal de París, o Porfirio Díaz con el centenario de la independencia de México, en 1910. Pero no lo hizo. En vez de una gran celebración, Putin optó por levantar un monumento a las víctimas de la represión soviética y por llamar a “pasar la página” de una historia trágica.
En varias ocasiones Putin ha reaccionado contra la pérdida de influencia mundial que experimentó Rusia tras la la caída del Muro Berlín y ha llamado a no renegar de todo el pasado soviético, especialmente, del papel de Moscú en la Segunda Guerra Mundial y la victoria sobre el nazismo. Sus simpatías estaban con los momentos de mayor reconocimiento internacional del estalinismo y no con el periodo bolchevique o con el de la decadencia de Moscú, en tiempos de Leonid Brezhnev, donde él mismo se formó como agente del KGB.
La desideologización de la historia que propone el actual gobierno ruso es un componente de su nueva modalidad autoritaria. El Kremlin advierte que una identificación marcada con la Revolución de Febrero, por su liberalismo, o con la Revolución de Octubre, por su bolchevismo, supondría una interpretación política del pasado que puede volcarse sobre el presente. La juventud rusa podría reconocerse en Kérenski y Miliukov o en Lenin y Trotski y concluir que hace falta una revolución en el siglo XXI, que derroque la nueva versión del zarismo.
Frente a la calculada neutralidad del Kremlin, la historiografía occidental y la propia opinión pública rusa, se dividen y polarizan en torno al legado de las dos revoluciones de 1917. La vieja escuela de la derecha anticomunista de la Guerra Fría, aunque maltrecha, sigue aferrada a una estigmatización del proceso revolucionario, que equivocadamente identifica, en bloque, con el ascenso del comunismo. Su némesis, la historiografía neocomunista, persiste en no reconocer que las bases institucionales y jurídicas del estado totalitario soviético fueron creadas durante los primeros gobiernos de Lenin y Stalin.
Algunos de los libros más recientes sobre la Revolución rusa, como The Russian Revolution. A New History (2017) de Sean McMeekin, aprovechan la rica historiografía sobre aquel evento producida desde la caída del Muro de Berlín. Críticos y partidarios coinciden en reconocerle al libro de Richard Pipes, aparecido en 1990, un papel inaugural en el revisionismo histórico de las últimas décadas. Pero McMeekin y el propio Pipes, en algunas entrevistas, simplifican o distorsionan la tesis central de la gran obra del profesor de Harvard. Por ejemplo, cuando aseguran que no hubo tal revolución sino un golpe de estado, por el cual la minoría bolchevique se hizo de todo el poder del antiguo imperio zarista.
Esa podía ser una explicación de lo que sucedió en octubre, pero la Revolución rusa, de acuerdo con las primeras páginas del libro de Pipes fue un largo proceso de transformación radical de Rusia, que comenzó en 1905 y concluyó a fines de los años 1930, cuando se consolidó el estalinismo. Después de la toma del poder por los bolcheviques en octubre del 17, de la guerra civil, del comunismo de guerra, de la Nueva Política Económica y la muerte de Lenin en 1924, decía Pipes, la “revolución se reanudó en 1927-28 y se consumó diez años más tarde, después de espantosos cataclismos que cobraron la vida de millones de personas”.
Además de la despolitización autoritaria, otra razón del desinterés del Kemlin en la celebración de la Revolución de Octubre podría ser la certeza historiográfica y el consenso mediático de que la toma del poder por los bolcheviques es apenas un capítulo importante de la Revolución, pero no el único ni el más decisivo para la destrucción del antiguo régimen y la construcción del nuevo. En Rusia, como en cualquier otro país revolucionado, dice McMeekin, no hubo nada “inevitable”. De la “revolución” de febrero no se derivaba mecánicamente el “golpe” de octubre, como les llama Pipes. Y de las contradictorias etapas del bolchevismo leninista, a pesar del partido único, la represión y el terror, no se desprendía automáticamente la constitucionalización estalinista de 1936.
La negativa de Putin a celebrar ninguna de las dos revoluciones, ni la democrática de febrero ni la comunista de octubre, ilustra a la perfección el grado cero de la política en el siglo XXI. Los nuevos autoritarismos se caracterizan por una elusión paralela de la democracia y el totalitarismo. Ese atajo les permite instrumentar elementos de los sistemas rivales de la Guerra Fría, sin tener que reproducir plenamente aquellos regímenes. Para lograr sus fines tienen a su favor una esfera pública nacional o global todavía atrapada en la inercia simbólica de las viejas confrontaciones del mundo bipolar.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Nabokov y el liberalismo


 Cierta imagen de Vladimir Nabokov lo presenta como un aristócrata, cuando no como un monarquista, fervorosamente opuesto a la Revolución rusa y el comunismo soviético. Sus reyertas con los intelectuales de Nueva York, que en los años de la Guerra Fría intentaron abrir un flanco de crítica liberal al totalitarismo comunista, sin desdeñar la posibilidad de un socialismo democrático, reforzaron esa imagen. Su incomprensión del pensamiento de la Nueva Izquierda lo llevó a asumir como pro-soviéticos a muchos marxistas, críticos del estalinismo, que defendieron la solidaridad con los disidentes de Europa del Este en los años 50 y 60.
En la reciente antología de entrevistas, cartas y artículos, Opiniones contundentes (2017), editada por Anagrama, se lee con más claridad la política de Nabokov. En mayo de 1962 el Festival Internacional de Edimburgo anunció un encuentro de escritores. El London Times publicó la lista de invitados, dentro de la que figuraban Vladimir Nabokov, Jean Paul Sartre, Bertrand Russell y, por si fuera poco, Iliá Ehrenburg, uno de los mayores propagandistas de la Unión Soviética en Occidente, que había recibido de manos de Stalin el Premio Lenin de la Paz en 1952. Al leer la noticia, Nabokov escribió una carta al London Times en la que decía que “jamás accedería a participar en ningún festival ni congreso” con esos colegas y que “sentía una suprema indiferencia hacia los problemas del escritor y el futuro de la novela”, tema del debate en Edimburgo.
Pero en 1967 se publicó en The Sunday Times un artículo que acusaba al padre de Nabokov, Vladimir Dimitrievich Nabokov, y a todos los emigrados rusos de reaccionarios y conservadores. El escritor envió una carta de protesta al diario londinense en la que recordaba que las investigaciones realizadas en Berlín, tras el asesinato de su padre, en 1922, concluyeron que el atentado había sido obra de monarquistas rusos, de extrema derecha, coordinados por Vasily Biskupky y Piotr Shabelsky-Bork, quien luego se asociaría con el ideólogo del nazismo Alfred Rosenberg. Nabokov padre murió intentando salvar la vida de Pavel Miliukov, verdadero blanco del atentado, que había sido Primer Ministro del Gobierno Provisional en 1917.
Luego de establecer que “a su padre le disparó un monárquico porque sospechaba que era demasiado izquierdoso”, Nabokov hacía una defensa vehemente del liberalismo ruso de la Revolución de febrero y, en especial, del Partido Constitucional Democrático de Rusia, los llamados kadetes. Agregaba que la ideología de su padre era el “liberalismo clásico de Europa Occidental” y recordaba que en su larga trayectoria como abogado y periodista, en publicaciones como Rech y, luego, Rul, durante el breve exilio alemán, había actuado siempre a favor de los derechos de asociación y expresión, contra la censura y contra el antisemitismo, en ascenso en Rusia y toda Europa a principios del siglo XX.
La carta de Nabokov sobre su padre, en el Sunday Times, en enero del 67, adelanta algunos pasajes de su autobiografía, Habla, memoria, aparecida ese mismo año. En ambos textos reitera Nabokov que el liberalismo de la Revolución de febrero constituyó lo mejor del exilio antibolchevique en Berlín y París. Un exilio que, a su juicio, no se podía confundir con el “monarquismo de los reaccionarios recalcitrantes, los grupos de las Centurias Negras, los incondicionales de nuevos y mejores dictadores, turbios periodistas que afirmaban que el nombre verdadero de Kerenski era Kirschbaum, nazis en ciernes, fascistas auténticos, progromistas y agents-provocateurs”.